Repudiada y echada con desprecio de una exclusiva fiesta en Madrid por su aspecto harapiento, una joven pobre con una vieja guitarra insistía en tocar una misteriosa nana que heló la sangre de la p…

CHAPTER 1: El eco prohibido en las puertas del palacio

Part 1

Repudiada y echada con desprecio de una exclusiva fiesta en Madrid por su aspecto harapiento, una joven pobre con una vieja guitarra insistía en tocar una misteriosa nana que heló la sangre de la poderosa Doña Isabel.

La noche de invierno en el Palacio de los Duques de Alba en Madrid resplandecía con luces doradas y risas huecas de la élite.

Elena, vestida con un abrigo gastado y remendado, se acercó despacio a las verjas de hierro forjado.

Ignorada por los porteros que la tomaron por una mendiga pidiendo limosna, sacó su vieja guitarra española con la tapa golpeada.

Comenzó a puntear las notas de una nana infantil sumamente compleja y melancólica.

Al segundo acorde, Doña Isabel, que brindaba con champán francés en la terraza principal, dejó caer su copa de cristal al suelo.

El recipiente estalló en pedazos contra el suelo de mármol.

La mujer quedó completamente petrificada, mientras el eco de la melodía silenciaba toda la música del salón de baile.

Los invitados se quedaron inmovilizados, mirando hacia la entrada principal con los ojos abiertos de par en par.

¿Qué pasó después de eso se encuentra en el primer comentario, porque fue justo en ese instante cuando la verdad comenzó a filtrarse?

Part 2

Con los ojos anegados en lágrimas, Isabel empujó a los guardias de seguridad.

Gritaba que la dejaran acercarse a la verja.

Antes de que pudiera cruzar el jardín, Rodrigo se interpuso bloqueando el paso.

Ordenó que expulsaran a la intrusa de inmediato.

En el forcejeo con los vigilantes, el desgarrado abrigo de Elena se abrió de par en par.

Quedó a la vista un collar de plata con una luna creciente.

La pieza brillaba bajo la luz de los focos de la entrada.

Isabel exhaló un grito ahogado.

Reconocía la joya exacta que llevaba su hija Clara el día de su misteriosa desaparición hace dos décadas.

Justo en ese momento, Rodrigo intentaba taparle el cuello a empujones.

CAPÍTULO 2: El soborno en el baño de invitados

Rodrigo empujó a Elena por los hombros cruzando el pasillo de servicio hasta encerrarse en el baño de invitados de la planta baja. Las paredes de mármol blanco reflejaban la luz parpadeante del aplique mientras el eco de la fiesta resonaba débilmente tras la puerta blindada.

—¿Cuánto quieres para desaparecer de Madrid para siempre? —escupió Rodrigo, sacando un talón al portador con la cifra manuscrita.

El papel mostraba la cantidad de 15.000 euros firmada desde una cuenta bancaria del BBVA. Los dedos del hombre temblaban ligeramente mientras extendía el documento sobre el lavabo de porcelana.

—No hay suficiente dinero en tus cuentas para pagar lo que robaron hace veinte años —respondió Elena con voz fría.

—Firma este documento de renuncia voluntaria ahora mismo o haré que te detengan por suplantación de identidad y robo en propiedad privada —amenazó Rodrigo, acercando la punta del bolígrafo a la palma de la mano de la joven.

Elena deslizó lentamente la mano derecha hacia el bolsillo interior de su abrigo gastado.

La pantalla del teléfono móvil permanecía encendida, registrando con precisión cada sílaba de la confesión del banquero.

—Escúchate bien, Rodrigo; la policía ya tiene una copia de este audio en la nube —susurró Elena.

El rostro de Rodrigo palideció de golpe, pasando del tono encendido de la rabia a un blanco ceniciento. Unos nudillos firmes golpearon con fuerza la madera exterior de la puerta del baño.

—Abra en este momento por orden judicial; soy la abogada Sofía Benítez y represento a los intereses legítimos de la familia Alcántara —anunció una voz femenina desde el pasillo.