CHAPTER 1: El rostro en la Plaza Mayor
Part 1
Mi mejor amigo de la universidad me ofreció un contrato de 45.000 euros para catalogar el archivo histórico de su aristocrática familia en Madrid.
Tres semanas después de llegar al Barrio de Salamanca, encontré a un joven sin hogar en la Plaza Mayor que tenía exactamente su mismo rostro.
El chico llevaba un colgante de plata con la fotografía de dos bebés recién nacidos y una medalla de bautismo fechada en noviembre de 1998.
Cuando le pregunté a mi amigo sobre la existencia de un hermano gemelo, mi cuenta bancaria fue congelada y fui acusado falsamente de robar un manuscrito valorado en 28.000 euros.
Lo que comenzó como la búsqueda de la verdad sobre una familia de la alta sociedad destruyó mi vida por completo en cuestión de días.
Madrid se desplegaba ante Gabriel Sola como un lienzo vibrante, una explosión de color y movimiento muy diferente a la serena monotonía de su Galicia natal. Había llegado a la capital hacía solo unas semanas, con el corazón lleno de la promesa de una nueva vida.
El aire en el Barrio de Salamanca olía a una mezcla extraña de jazmín y dinero antiguo.
Su viejo amigo de la universidad, Rodrigo de Obregón y Falcó, heredero de un marquesado con más de tres siglos de historia, le había tendido una mano.
Un contrato de 45.000 euros para catalogar los inmensos archivos familiares de los Obregón. Para Gabriel, un archivista e historiador, era el trabajo soñado.
Había pasado las últimas tres semanas inmerso entre legajos polvorientos y documentos encuadernados en cuero, en la mansión de los Obregón.
El contraste con su vida anterior no podía ser mayor.
Hoy, necesitaba un respiro. Los pergaminos y los retratos de antepasados le daban vueltas en la cabeza.
Decidió perderse entre la multitud en el corazón de la ciudad. La Plaza Mayor era el lugar perfecto.
El sol de la tarde bañaba la piedra rojiza de los edificios, haciendo brillar los balcones y las pizarras de los tejados. El bullicio de la gente era una sinfonía de voces, risas y el repiqueteo de las copas en las terrazas.
Un acordeonista tocaba una melodía alegre en un rincón, y los turistas se agolpaban alrededor de los artistas callejeros. Gabriel caminaba sin rumbo fijo, absorbiendo la energía del lugar.
De repente, una figura capturó su atención.
Un joven estaba sentado en el suelo junto a una de las columnas, apoyado contra la pared, con una gorra de béisbol hundida sobre los ojos. Su ropa, aunque limpia, estaba raída y desgastada, y una manta doblada descansaba a su lado.
No fue la situación lo que le impactó. Fue su rostro.
Una punzada de incredulidad le atravesó. Gabriel se detuvo en seco, sus pies anclados al pavimento adoquinado.
Era una cara que conocía bien, una cara que había visto miles de veces en fotografías y en persona. Los mismos pómulos marcados, la misma línea de la mandíbula, incluso la forma de las cejas y el color de los ojos, oscuros y profundos.
Era el rostro de Rodrigo.
El corazón de Gabriel comenzó a latir con fuerza contra sus costillas. Se frotó los ojos, creyendo que la fatiga o el sol le estaban jugando una mala pasada.
Volvió a mirar. No, no era un espejismo.
Era Rodrigo, o alguien idéntico a él, pero desaliñado, con una barba incipiente y una expresión de cansancio profundo. ¿Un hermano? ¿Un familiar lejano?
Nunca Rodrigo había mencionado un hermano. Ni sus padres, Doña Mencía y el difunto Marqués. El árbol genealógico que Gabriel estaba catalogando no incluía a nadie más que a Rodrigo como heredero único.
El joven levantó la vista, notando la mirada fija de Gabriel. Sus ojos se encontraron.
Eran idénticos a los de Rodrigo. No había duda.
El joven le sostuvo la mirada por un momento, sin hostilidad, solo con una curiosidad sombría.
Gabriel sintió una mezcla de culpa y asombro. Se acercó con pasos lentos, como si temiera asustar a una criatura salvaje.
“Disculpa”, dijo Gabriel, su voz apenas un susurro por encima del bullicio. “¿Te llamas…?”
El joven sacudió la cabeza, su gorra casi deslizándose.
“No, no importa”, respondió, su voz áspera, como si no la usara a menudo. “No tengo dinero, si es lo que buscas.”
“No, no es eso”, dijo Gabriel rápidamente, sintiendo el rubor subir por sus mejillas. “Es solo que… te pareces muchísimo a alguien que conozco.”
El joven frunció el ceño. Una sombra de algo indescifrable cruzó sus ojos.
“Mucha gente me lo dice”, musitó.
Gabriel se arrodilló un poco, intentando ponerse a su altura, sin invadir demasiado su espacio.
“¿Podría saber tu nombre?” preguntó, con más determinación.
El joven dudó un instante, luego suspiró.
“Mateo”, dijo. “Me llamo Mateo.”
Gabriel sintió un escalofrío recorrer su espalda. Mateo. No era un apellido Obregón. Pero el parecido era inquietante.
“Soy Gabriel”, se presentó. “Trabajo para la familia de Obregón.”
Los ojos de Mateo se abrieron ligeramente, y por un instante, Gabriel vio un destello de algo parecido al resentimiento o quizás al dolor.
“¿Los Obregón?”, preguntó Mateo, su voz teñida de amargura.
Asintió Gabriel.
“Sí, los conozco bien.”
Mateo llevó una mano a su cuello, como si estuviera a punto de rascarse, pero en lugar de eso, sus dedos se posaron sobre un colgante. Era una cadena de plata sencilla, casi oculta bajo el cuello de su camiseta.
Un pequeño relicario cuelga de la cadena.
Mateo lo sacó, casi por inercia, y lo abrió. No era una foto suya, ni de una novia.
En el interior, Gabriel vio dos diminutas fotografías en blanco y negro, tan gastadas que los bordes estaban borrosos. Mostraban a dos bebés recién nacidos, acurrucados uno al lado del otro, con sus diminutos rostros casi idénticos.
Justo debajo de las fotos, grabada en la plata, había una fecha: “Noviembre 1998”.
Debajo, en un grabado más pequeño, había una medalla de bautismo. La misma fecha. Los mismos dos bebés.
La Plaza Mayor siguió bullendo a su alrededor, pero el sonido se había desvanecido para Gabriel. El aire de la tarde de Madrid se volvió frío. Sus ojos se fijaron en las dos caras idénticas de los bebés.
Las dos caras que eran idénticas a Rodrigo.
Part 2
Las dos caras que eran idénticas a Rodrigo.
La imagen de esos bebés, tan pequeños y vulnerables, idénticos a mi amigo, pero uno de ellos ahora un joven sin hogar, me golpeó con la fuerza de un rayo. ¿Cómo era posible? ¿Cómo podía Rodrigo no haber mencionado jamás a un hermano, y menos a un gemelo? La dinastía Obregón siempre había sido tan celosa de su reputación, tan meticulosa con su árbol genealógico.
Dejé a Mateo con una sensación de vértigo y una promesa implícita de que volvería. Necesitaba respuestas, y la única persona que podía darlas era Rodrigo.
Esa noche, encontré a Rodrigo en su club privado, un santuario de terciopelo y madera oscura donde la élite madrileña susurraba sus secretos. Él estaba enfrascado en una conversación con unos banqueros, pero me hizo un gesto impaciente para que me acercara.
“Gabriel, ¿ocurre algo?”, preguntó, con un tono que dejaba claro que no tenía tiempo para trivialidades.
No anduve con rodeos. “Rodrigo, necesito hablar contigo. Es sobre la Plaza Mayor.”
Su ceño se frunció. “No entiendo. ¿La Plaza Mayor? ¿Qué tiene que ver eso?”
“Me encontré con alguien”, dije, mi voz más firme de lo que esperaba. “Alguien que se parece… exactamente a ti. Se llama Mateo.”
Un silencio denso cayó sobre nosotros, más pesado que el humo de los puros que flotaba en el aire. Los ojos de Rodrigo, normalmente tan inexpresivos, se endurecieron.
“Estás equivocado”, dijo con una frialdad que me heló la sangre. “No tengo hermanos.”
“Pero vi…” Comencé, intentando describir el relicario, la fecha.
Rodrigo me interrumpió, su voz ahora un susurro peligroso. “Gabriel, te lo repito: no tengo ningún hermano. Y menos aún un pordiosero vagabundo. Has debido de confundirte o has visto a alguien con un parecido casual.”
Su tono no invitaba a la discusión. Era una orden. “Ahora, por favor, tengo asuntos importantes que atender. Te pido que dejes de lado estas fantasías y te centres en tu trabajo.”
Me despedí con una sensación de incredulidad y una creciente alarma. Algo no encajaba. La negación de Rodrigo era demasiado tajante, demasiado forzada.
A la mañana siguiente, me levanté con la determinación de investigar por mi cuenta. Primero, necesitaba desayunar. Cuando intenté pagar el café con mi tarjeta, el camarero me informó que había sido denegada. Lo intenté de nuevo, y de nuevo. Confundido, revisé la aplicación de mi banco.
Mis ojos se abrieron de par en par. La pantalla mostraba un mensaje inequívoco: “Cuenta bloqueada por actividad sospechosa. Solicitud judicial por presunto fraude.”
Mis 28.000 euros, el fruto de años de trabajo, se habían volatilizado. Fui acusado falsamente de robar un manuscrito.
CAPÍTULO 2: El archivo de la Notaría Montero
El cajero automático de la calle Velázquez escupió mi tarjeta de crédito con un pitido seco.
En la pantalla iluminada leí el mensaje en letras rojas: *Operación denegada. Cuenta bloqueada por orden judicial.*
Mis ahorros de toda la vida, los 28.000 euros que había tardado seis años en juntar como archivista en Santiago de Compostela, habían desaparecido de mi alcance.
Caminé a toda prisa hasta una cafetería cercana y llamé a Javier Beltrán.
Javier era el oficial auxiliar en la Notaría Montero, el despacho que gestionaba los bienes patrimoniales de los Obregón desde hacía cuatro décadas.
Nos conocíamos de la facultad de Historia y sabía que él guardaba los duplicados de las escrituras familiares.
“No deberías llamarme a este número, Gabriel,” dijo Javier con la voz temblorosa al otro lado de la línea. “Rodrigo de Obregón estuvo aquí ayer por la tarde con su abogado.”
“Han congelado mis cuentas, Javier,” respondí apoyándome contra la barra de la cafetería. “Me acusan de robar un manuscrito que ni siquiera he tocado. Necesito saber qué está pasando.”
Escuché el sonido de unas hojas de papel al pasar y un largo suspiro de desesperación.
“Pásate por el callejón de San Ginés en veinte minutos,” murmuró Javier antes de colgar bruscamente.
El callejón estaba húmedo y en penumbra cuando llegué.
Javier me esperaba junto a la salida de incendios del teatro, con el cuello de la gabardina subido y las manos metidas en los bolsillos.
Me sacó una carpeta de plástico amarillo de debajo del brazo y me la empujó contra el pecho.
“Si alguien se entera de que te he dado esto, perderé mi licencia y terminaré en la cárcel,” dijo Javier mirando a ambos lados de la calle.
Abrí la carpeta con los dedos helados.
Dentro había un informe médico impreso en papel de papel carbón, amarillento por el paso del tiempo.
El membrete era claro: *Clínica Nuestra Señora del Loreto, Madrid. Registro de partos del 14 de noviembre de 1998.*
“Léelo bien,” susurró Javier.
Mis ojos bajaron por la columna mecanografiada hasta detenerme en el nombre de Doña Mencía de Obregón.
Debajo de la casilla del estado clínico no había un solo registro.
Había dos partos consecutivos con tres minutos de diferencia: dos niños varones sanos, registrados con un peso de dos kilos y ochocientos gramos cada uno.
El árbol genealógico oficial de la Casa de Obregón solo reconocía el nacimiento de Rodrigo.
“Nacieron dos,” dije en voz baja, sintiendo un escalofrío por la espalda. “Rodrigo tiene un hermano gemelo vivo.”
“Y la notaría borró la existencia de ese segundo bebé de todas las escrituras oficiales,” confirmó Javier antes de alejarse a pasos agigantados.
CAPÍTULO 3: El precio del silencio dinástico
Con la carpeta amarilla escondida bajo la chaqueta, me dirigí directamente al despacho de Don Ignacio Montero en la calle Serrano.
El notario me recibió en su oficina panelada de madera de nogal, con un cigarrillo apagado entre los dedos y una sonrisa helada.
“Señor Sola,” dijo Montero sin levantarse de su sillón de cuero. “Pensé que a estas alturas ya estaría camino de Galicia.”
Dejé caer la fotocopia del informe médico de la Clínica Loreto sobre su escritorio de caoba.
La sonrisa de Montero desapareció al instante.
“En noviembre de 1998,” dije manteniendo la voz firme, “su notaría cobró una minuta extraordinaria de 150.000 euros de la cuenta personal de Doña Mencía.”
Montero miró el documento y luego ajustó sus gafas de montura de oro.
“Ese dinero fue una comisión legal de asesoramiento,” respondió con frialdad.
“Fue el precio por alterar la declaración de herencia y eliminar al segundo hijo de la línea de sucesión,” repliqué dando un paso hacia el escritorio. “Falsificó documentos públicos para enterrar a un recién nacido.”
El notario abrió el cajón superior de su mesa y sacó un teléfono móvil.
“Usted es un archivista de provincias con 28.000 euros congelados y una acusación de hurto sobre su cabeza,” dijo Montero marcando un número de memoria. “Yo soy el notario de las familias más poderosas de este país.”
Apoyó las manos sobre la mesa y me miró a los ojos.
“Si vuelve a mencionar ese papel, no solo perderá su dinero,” continuó Montero en tono pausado. “Pasará los próximos cinco años en Soto del Real por extorsión.”
“Hay un chico viviendo en la calle con la cara de Rodrigo,” dije apretando los puños.
“Y allí es donde va a quedarse,” contestó Montero antes de hablar por el teléfono. “Seguridad, acompañen al señor Sola a la calle.”
Dos hombres con traje oscuro entraron en el despacho antes de que pudiera responder.
Me sujetaron firmemente por los brazos y me arrastraron hacia el ascensor sin que pudiera decir una sola palabra más.
CAPÍTULO 4: El pacto en el callejón
Caminé sin rumbo hasta las inmediaciones del Mercado de San Miguel, donde el aire olía a aceite frito y a lluvia reciente.
Encontré a Mateo sentado sobre un cartón húmedo, en un soportal oscuro a pocos metros de la plaza.
Llevaba la misma chaqueta raída y la medalla de bautismo colgada del cuello.
Me senté a su lado en el bordillo de la acera.
“Sé quién eres,” le dije sacando una botella de agua de mi mochila. “Sé lo de la Clínica Loreto.”
Mateo me miró con sus ojos idénticos a los de Rodrigo, pero llenos de una rabia profunda y desgastada.
Una lágrima le cruzó la suciedad de la mejilla.
“Mi madre me entregó a una institución privada cuando tenía cuatro años,” dijo Mateo con la voz quebrada. “Y a los doce me dejaron en la calle sin un duro.”
“¿Rodrigo lo sabía?” pregunté.
“Rodrigo lo sabía todo,” afirmó Mateo apretando la medalla entre sus dedos. “Él vive en un palacio de quinientos metros cuadrados en el Barrio de Salamanca mientras yo como de la basura de los restaurantes.”
Se giró hacia mí y me agarró la manga del abrigo con desesperación.
“Tienen una caja fuerte en el despacho principal de la mansión,” susurró Mateo. “Allí guardan los bonos al portador y la documentación original que prueba mi origen.”
El odio hacia Rodrigo y hacia su madre me nubló el juicio.
Mi amigo me había destruido económicamente para proteger aquella mentira miserable.
“Hay una gala benéfica esta noche en la mansión,” le dije a Mateo recordando la invitación que vi sobre el escritorio de Rodrigo días atrás.
“Yo conozco las entradas de servicio del sótano,” dijo Mateo dibujando un croquis rápido en el suelo con una piedra. “Si me consigues un pase de camarero, entraré y cogeré lo que es mío.”
“Te conseguiré el pase,” prometí estrechándole la mano.
CAPÍTULO 5: La asfixia económica
Regresé a mi pensión en el centro de Madrid y encontré a mi abogada esperándome en el vestíbulo.
Su rostro estaba pálido y sostenía una notificación judicial impresa en papel oficial.
“Gabriel, la situación ha empeorado,” dijo entregándome el sobre.
Abrí la carta con manos temblorosas.
Rodrigo de Obregón había presentado una demanda civil contra mis padres en Galicia.
Les reclamaba 85.000 euros en concepto de daños e indemnizaciones por la supuesta pérdida de los manuscritos históricos bajo mi custodia.
Habían solicitado el embargo preventivo de la casa de mis padres en Santiago de Compostela.
“Esto es una locura,” dije sintiendo un nudo ahogante en la garganta. “Mis padres no tienen nada que ver con mi trabajo aquí.”
“La familia Obregón está usando todo su poder financiero para ahogarte en costes procesales,” explicó la abogada. “Si no retiras tus averiguaciones y te vas de Madrid hoy mismo, arruinarás a toda tu familia.”
Caí sentado en un sillón raído del vestíbulo.
Rodrigo no solo estaba bloqueando mis ahorros, sino que estaba dispuesto a quitarles la casa a mis padres para mantener su secreto.
Era un acto de una crueldad calculadora que no reconocía en el chico con el que había compartido aula en la universidad.
Miré el reloj de pared del vestíbulo.
Eran las siete de la tarde; la gala benéfica en el Barrio de Salamanca comenzaba en dos horas.
Ya no había espacio para la negociación legal ni para la prudencia.
“Diles que no me voy a rendir,” le dije a la abogada poniéndome de pie.
Llamé a Mateo desde un cabina pública y fijé la hora exacta del encuentro en la puerta trasera de la mansión.
CAPÍTULO 6: La gala en el Barrio de Salamanca
El palacete de la familia Obregón en la calle Serrano estaba iluminado por decenas de focos cálidos.
Lujosos coches negros paraban en la entrada principal dejando a invitados vestidos con trajes de etiqueta y vestidos de alta costura.
Me colé por el acceso de proveedores con una bandeja metálica y una chaqueta de camarero que le había comprado por cincuenta euros a un empleado del catering.
Mateo ya estaba dentro, escondido entre los barriles de vino del almacén del sótano gracias a la puerta que yo le había dejado entreabierta.
“Quédate aquí hasta que suba al despacho,” le dije en un susurro mientras la música de un cuarteto de cuerda resonaba en el piso superior.
Subí por la escalera de servicio evitando a los mayordomos y a los agentes de seguridad privada desplegados por la casa.
Desde el pasillo de la primera planta pude ver el salón principal.
Doña Mencía de Obregón reía junto a un grupo de diplomáticos, luciendo un collar de diamantes que brillaba bajo las arañas de cristal.
Rodrigo estaba a pocos metros, impecable en su esmoquin negro, pero mantenía una expresión ausente y demacrada.
Aproveché el momento en que los invitados se dirigían al comedor para deslizarme por el pasillo privado de la biblioteca.
Entré en el despacho personal de Rodrigo y cerré la puerta de madera masiva con cerrojo.
El silencio del despacho era absoluto.
Caminé hasta el gran lienzo de Velázquez que colgaba detrás del escritorio y lo aparté suavemente hacia un lado.
Detrás del marco descubrí la puerta metálica de una caja fuerte incrustada en la pared.
Estaba entreabierta unos milímetros.
CAPÍTULO 7: La caja fuerte sin llave
El corazón me latía con violencia contra las costillas.
Tiré del pomo de acero fundido y la pesada puerta de la caja fuerte se abrió sin ofrecer resistencia.
Esperaba encontrar fajos de billetes, lingotes de oro o las escrituras de propiedad que Mateo pretendía reclamar.
En lugar de eso, las estanterías metálicas estaban casi vacías.
Solo había dos elementos en su interior: una gruesa carpeta de cartón azul y un sobre blanco sellado.
Cogí la carpeta azul primero.
El membrete leía: *Clínica Psiquiátrica San Juan de Dios. Expediente confidencial de internamiento.*
Al abrirlo, la primera hoja mostraba una fotografía de Mateo a los diez años de edad, junto a decenas de informes médicos firmados por psiquiatras forenses.
Pasé las páginas rápidamente, leyendo fragmentos sueltos que me helaron la sangre.
*Trastorno de conducta psicopático severo… Ausencia total de empatía… Episodios de violencia extrema incontrolable.*
El expediente detallaba cómo, a los once años, Mateo había intentado quemar la casa de servicio con un sirviente dentro y cómo había apuñalado a un perro guardián sin motivo alguno.
Cerré la carpeta con las manos temblorosas y cogí el sobre blanco.
En el frente figuraba mi nombre escrito con la caligrafía clara y elegante de Rodrigo.
Rompí el sello de cera y saqué la carta manuscrita, redactada solo unas horas antes.
“Si estás leyendo esto, Gabriel,” decía la primera línea, “significa que has llegado demasiado lejos.”
CAPÍTULO 8: La carta de la verdad
Me apoyé contra el escritorio de caoba y continué leyendo la carta bajo la tenue luz de la lámpara de mesa.
“Mateo no fue víctima de una injusticia patrimonial,” escribía Rodrigo. “Nació con una patología psiquiátrica destructiva que la medicina no pudo corregir.”
La carta explicaba que a los once años, Mateo atacó brutalmente a Rodrigo en su dormitorio con un tijeretazo en el cuello, dejándolo al borde de la muerte.
Doña Mencía no borró a Mateo para quedarse con la fortuna, sino para evitar que su hijo fuera ingresado en un centro psiquiátrico penitenciario de por vida tras el ataque.
“Mi madre pagó al notario Montero para ocultar su existencia y financiar de forma privada su estancia en la Clínica San Juan de Dios,” continuaba la carta. “Pero Mateo escapó del centro hace tres años tras agredir a dos enfermeros.”
El contenido de la carta daba un giro devastador en el siguiente párrafo.
“Cuando te vi hablar con él en la Plaza Mayor, supe que Mateo te estaba utilizando para llegar a mí,” redactó Rodrigo. “Él sabe que en esta caja fuerte guardo trescientos mil euros en bonos al portador para emergencias familiares.”
La revelación sobre las acciones de Rodrigo me dejó paralizado.
“Congelé tus cuentas bancarias y demandé a tus padres no por codicia ni por odio,” explicaba mi amigo en el papel. “Lo hice para arruinarte temporalmente y obligarte a abandonar Madrid de inmediato. Necesitaba que volvieses a Galicia, lejos de él. Mateo es un manipulador sociópata y sabía que te usaría como ariete para entrar en la mansión.”
“Siento haber tenido que destruirte la vida estos días, Gabriel,” concluía la carta. “Era la única forma de protegerte de un monstruo.”
Un sudor frío me cubrió la frente mientras comprendía la magnitud de mi error.
Había sido el peón perfecto en la trampa de un criminal.
CAPÍTULO 9: La irrupción en la penumbra
El sonido metálico del cerrojo de la puerta sonó a mis espaldas.
Me giré bruscamente soltando la carta sobre la mesa.
La puerta del despacho se abrió despacio y Mateo entró en la estancia, cerrando a su paso.
Ya no llevaba la mirada triste ni las lágrimas del callejón.
Sus ojos mostraban una frialdad absoluta y en su mano derecha sostenía un cuchillo de caza de hoja ancha.
“Eres muy lento leyendo, Gabriel,” dijo Mateo con una sonrisa siniestra.
“Mateo, la caja fuerte… el expediente…” balbuceé dando un paso atrás hacia el ventanal.
“Me diste el acceso perfecto,” dijo Mateo acercándose a la caja fuerte y sacando el fajo de bonos al portador por valor de 300.000 euros. “El pobre archivista engañado por la alta sociedad. Caíste redondito.”
En ese instante, la puerta se abrió de golpe nuevamente.
Rodrigo entró en el despacho, agitado y respirando con dificultad.
“¡Suelta eso, Mateo!” gritó Rodrigo interponiéndose inmediatamente entre su hermano y yo.
“Llegas tarde, hermano,” siseó Mateo guardando los bonos en el bolsillo de su chaqueta. “Iba a dejar vivo al archivista, pero ahora no puedo dejar testigos.”
Mateo se abalanzó hacia mí con el cuchillo alzado.
Rodrigo reaccionó al instante y se arrojó sobre su hermano para desviarle el golpe.
Ambos cayeron al suelo en un forcejeo violento entre los muebles de madera.
Escuché un ahogado gemido de dolor.
Mateo hundió la Hoja del cuchillo profundamente en el abdomen de Rodrigo.
La sangre comenzó a empapar la camisa blanca de esmoquin de mi amigo.
Mateo se puso en pie de un salto, miró el cuerpo herido de su hermano en el suelo y me dedicó una última mirada de desprecio antes de salir corriendo hacia la escalera de servicio.
Me arrodillé junto a Rodrigo, presionando la herida con las manos mientras la sangre me manchaba los brazos.
“Lo siento, Rodrigo… lo siento tanto,” dije llorando sin poder contener el temblor de mi cuerpo.
Rodrigo me miró con los ojos entreabiertos y la respiración débil.
“Te dije… que te fueras a Galicia…” murmuró antes de perder el conocimiento.
CAPÍTULO 10: La sombra de la sospecha
El sonido de las sirenas de la Policía Nacional y de las ambulancias retumbó en la calle Serrano minutos después.
Los servicios de emergencia irrumpieron en el despacho y apartaron mi cuerpo en shock del lado de Rodrigo.
Los sanitarios le aplicaron maniobras de reanimación e inmovilizaron su cuerpo antes de llevarse la camilla a toda prisa hacia el Hospital Universitario La Paz.
Doña Mencía entró en el despacho flanqueada por dos inspectores de policía.
Al verme cubierto de sangre junto a la caja fuerte abierta, su rostro se transformó en una máscara de rabia.
“¡Ha sido él!” gritó la matriarca señalándome con el dedo. “¡Este muerto de hambre se compinchó con un delincuente para robar en mi casa y matar a mi hijo!”
Intenté explicar la verdad a los agentes, pero las palabras salían inconexas de mi boca.
“Tienen la carta… lean la carta que hay sobre la mesa…” supliqué.
Pero la carta de Rodrigo había desaparecido durante el forcejeo, manchada de sangre o pisoteada en la huida de Mateo.
El inspector jefe me colocó las esposas de acero en las muñecas con brusquedad.
“Gabriel Sola,” dijo el agente leyéndome los derechos. “Queda detenido como presunto autor de conspiración para el robo con violencia y tentativa de homicidio.”
Me retuvieron el pasaporte y me trasladaron a la comisaría del distrito de Salamanca.
A la mañana siguiente, mi abogada me visitó en el calabozo para darme las noticias.
Rodrigo había entrado en un coma profundo tras perder más de dos litros de sangre y los médicos temían un daño cerebral irreversible.
Mateo había desaparecido sin dejar rastro, llevándose los 300.000 euros en bonos.
La fiscalía me acusaba de ser el cooperador necesario en el asalto a la mansión.
CAPÍTULO 11: Los ecos en Sabatini
Exactamente nueve días después, la policía me concedió la libertad provisional bajo fianza mientras avanzaba la instrucción del caso.
Caminé en soledad por los Jardines de Sabatini, bajo el suave sol de otoño que iluminaba los setos de la fachada norte del Palacio Real.
Mis cuentas bancarias continuaban totalmente congeladas por la justicia.
Mi carrera profesional como archivista e historiador estaba terminada para siempre; mi nombre aparecía en todos los periódicos como el traidor que había facilitado el ataque a la familia Obregón.
Mis padres en Galicia enfrentaban la ruina económica debido a los costes de mi defensa legal y a los embargos no resueltos.
Me detuve junto al estanque central de los jardines y me apoyé en la balaustrada de piedra.
En el Hospital La Paz, Rodrigo continuaba ingresado en la Unidad de Cuidados Intensivos, conectado a un respirador artificial sin respuesta neurológica.
Mateo disfrutaba de su libertad en algún lugar de Europa con una fortuna robada, impune por sus crímenes gracias a mi ceguera.
Pensé en la ironía de cada una de mis decisiones desde que llegué a Madrid.
Creí ser un héroe moral que desvelaba los trapos sucios de la alta sociedad madrileña.
Creí defender a una víctima indefensa frente a la arrogancia de la aristocracia.
En mi arrogancia virtuosa, me convertí en el arma perfecta de un psicópata desgarrador.
Miré el reflejo del palacio sobre el agua tranquila del estanque, sintiendo el peso aplastante de la culpa sobre mis hombros.
Buscaba desenmascarar a un monstruo entre la alta sociedad y solo logré destruir al único hombre que intentaba salvarme de la oscuridad.
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