CHAPTER 1: El grito bajo las bóvedas
Part 1
“No la toquéis”, ordenó el heredero de la comunidad desde el altar, mientras la multitud sofocaba un grito.
Lucía atravesó el templo de piedra descalza, con la túnica rasgada y los pies sangrando sobre el mármol frío de la gran nave.
Hacía tres años que la Hermandad del Alba Pura la había dado por muerta tras expulsarla a las montañas de Guadarrama.
Los guardias armados bajaron los bastones al reconocer su rostro, desobedeciendo por primera vez las órdenes directas del Consejo de Ancianos.
Mateo, su expareja y ahora líder designado de la secta, retrocedió en el sillón ceremonial con los labios temblorosos y una culpa inocultable en la mirada.
Lucía no venía a pedir clemencia, sino a recuperar a la persona que le arrebataron antes de que el último ritual fuera irrevocable.
***
El aire pesado del templo sagrado, normalmente denso con el incienso dulce y las oraciones murmuradas, ahora vibraba con un silencio casi violento. Cientos de ojos se clavaron en Lucía, que avanzaba sin vacilar por la nave central. El eco de sus pasos descalzos contra el mármol pulido era el único sonido audible, un ritmo lúgubre que contrastaba con la pomposidad de la ceremonia que acababa de interrumpir.
La gran sala de piedra estaba adornada para la consagración. Velas gruesas parpadeaban sobre pedestales dorados, proyectando sombras danzantes sobre los antiguos frescos de los muros. El Padre Esteban Ruiz, el anciano fundador de la Hermandad del Alba Pura, estaba sentado en un trono lateral, su rostro demacrado por la edad y el ayuno, pero su mirada aguda se posó en Lucía con una mezcla de sorpresa y repulsión.
Justo en el centro del altar, Mateo Navarro, su expareja, vestía las túnicas más finas de la Hermandad, con la corona de ramas de olivo que marcaba su ascenso como nuevo líder. Su postura, antes orgullosa y firme, se había desmoronado. Sus ojos, antes llenos de una ambición calculada, ahora reflejaban un terror primario al verla.
Un escalofrío de reconocimiento recorrió a la multitud. Algunos susurraban. Otros se tapaban la boca con las manos, los ojos muy abiertos, incapaces de creer que la “hereje” expulsada hubiera regresado de la muerte.
Dos guardias, fornidos y con bastones de madera tallada, estaban apostados cerca del altar. Al ver a Lucía, sus rostros se contrajeron en una mezcla de asombro y alarma. Habían sido testigos de su expulsión. Conocían las estrictas órdenes del Consejo.
Uno de ellos, un hombre de rostro adusto y cicatrices en la mejilla, levantó su bastón con un gesto automático, listo para interponerse en el camino de la intrusa.
Pero su compañero, más joven y con una barba rala, le puso una mano firme en el brazo. Sacudió la cabeza, con los ojos fijos en Mateo, que seguía paralizado en su sillón.
El primer guardia frunció el ceño, confundido. Miró a Mateo, buscando una señal, una confirmación. Los labios del nuevo líder se movían, pero no salía sonido alguno. Una fina capa de sudor perlaba su frente.
El joven guardia bajó su bastón lentamente. Luego, el otro también lo hizo, con una expresión de desconcierto que no era ajena a varios de los miembros más antiguos de la Hermandad.
Una orden secreta, un mensaje susurrado hacía tiempo, parecía flotar invisible entre ellos.
Lucía los pasó de largo, el roce de sus túnicas apenas audible. No les dedicó ni una mirada. Su camino era claro, su objetivo, inquebrantable.
Mateo intentó levantarse, pero sus piernas flaquearon. Se tambaleó, aferrándose al brazo del sillón ceremonial como un náufrago.
El Padre Esteban, recuperado del shock, golpeó su bastón contra el suelo de mármol. El sonido seco resonó por toda la nave.
“¡Guardias! ¿Qué hacéis? ¡Detened a esa mujer! ¡Es una profanadora, una hereje!” Su voz, aunque temblorosa por la edad, llevaba el peso de años de autoridad inquebrantable.
Los guardias dudaron de nuevo, mirando a Mateo, luego a Lucía, luego al fundador. Parecían atrapados entre dos lealtades invisibles.
Lucía, al escuchar la orden, detuvo su avance a pocos metros del altar. Sus pies sangrantes marcaban un rastro rojizo sobre el mármol, un contraste brutal con la pulcritud del templo. Su túnica, antaño blanca, estaba ahora hecha jirones y cubierta de suciedad de los caminos de la sierra.
Pero en sus ojos no había rastro de debilidad. Solo una furia fría y determinada.
Levantó su mano izquierda. Entre sus dedos, apretado, un pequeño objeto de plástico y metal brilló bajo la tenue luz de las velas. Un pendrive USB.
“No me detendréis”, dijo Lucía, su voz baja pero clara, resonando con una fuerza inesperada en el silencio sepulcral.
Su mirada se encontró con la de Mateo, clavándolo.
“Sé lo que habéis hecho aquí. Sé lo que escondéis”.
Mateo se encogió en su trono, como si el propio aire se le hubiera escapado de los pulmones.
“Entregadme a mi hermana, Alba”, exigió Lucía, “o esto saldrá a la luz”.
Part 2
Mateo, con una fuerza que no parecía tener, se lanzó desde el sillón ceremonial. Bajó los escalones del altar con un tropiezo, sus ojos fijos en el pendrive que Lucía sostenía como un arma. Antes de que el Padre Esteban pudiera repetir su orden, o que el pánico se apoderara de la congregación, Mateo ya estaba junto a Lucía.
La tomó del brazo con desesperación. “Ven conmigo”, siseó, tirando de ella con una fuerza sorprendente hacia una de las capillas laterales que se abrían a un lado de la nave principal.
Lucía se resistió por un instante, pero la urgencia en sus ojos y la necesidad de una explicación la hicieron ceder. Él la arrastró por un corto pasillo, lejos de las miradas curiosas y los susurros que ya empezaban a formarse entre los adeptos.
La pequeña capilla era más oscura, solo iluminada por un par de cirios. Olía a humedad y a cera vieja. Mateo cerró la pesada puerta de madera tras ellos con un golpe seco que resonó en el silencio. Se volvió hacia Lucía, su rostro pálido y sudoroso, y sus manos temblaban mientras se pasaba los dedos por el pelo.
“Lucía, tienes que escucharme”, empezó, su voz apenas un murmullo quebrado. “No sabes lo que estás haciendo. Me arriesgué a que me expulsaran por no dejar que te tocaran. Aquella noche, hace tres años, no te expulsé para castigarte. Te salvé la vida.”
Ella lo miró con escepticismo, sus ojos clavados en los de él. Los rasguños y la suciedad de su viaje por la sierra eran un testimonio silencioso de su determinación.
“¿Salvarme?”, replicó, con una risa amarga. “Me condenaste a la intemperie mientras mi hermana sigue aquí, prisionera de vuestras locuras.”
Mateo negó con la cabeza frenéticamente. “No es como piensas. Alba… Alba está a salvo. Está en la zona restringida, sí, pero no como tú crees. La mantengo allí, aislada, para protegerla del Padre Esteban. Él… él tenía planes para ella. Para el último ritual.”
Su voz se volvió más grave, un tono de miedo genuino. “Quería usarla como sacrificio para ‘purificar’ a la Hermandad. Fui yo quien la escondió, quien le dio acceso a un lugar seguro. Yo soy un rehén de esta estructura, Lucía. Como Alba.”
Lucía sintió una punzada de confusión. ¿Podía ser verdad? ¿Mateo, un cautivo? La imagen no encajaba con el líder ambicioso que había visto en el altar. La culpa en sus ojos parecía demasiado real, pero sus palabras eran un intento desesperado por invertir los papeles.
“No te creo”, dijo ella con firmeza, aunque una semilla de duda había sido plantada.
Mateo pareció encogerse. Metió la mano en el bolsillo interior de su túnica ceremonial y sacó un pequeño objeto. Era una llave de plata, antigua, con un diseño intrincado. La puso en la mano de Lucía.
“Esta es la llave de la cripta subterránea. Ve a buscarla tú misma si no me crees.”
CAPÍTULO 2: Los pagarés del alcalde
El metal frío de la llave plateada pesaba en el bolsillo de mi túnica rasgada.
Descendí por la escalera de caracol que conducía a la verja del subterráneo, con el olor a humedad golpeándome la cara.
Antes de llegar al último escalón, una sombra pesada bloqueó el pasadizo.
El alcalde Don Gonzalo Mayorga estaba de pie frente a los barrotes, escoltado por dos agentes de la policía municipal. Su traje gris estaba arrugado y lucía manchas de sudor bajo los brazos.
“Atrás, Lucía”, dijo Gonzalo, levantando una mano temblorosa. “No puedes bajar allí.”
“Gonzalo, aparte a sus hombres”, respondi. “Sabe perfectamente lo que ocurre en este lugar.”
El alcalde trago saliva y dio un paso adelante, acorralándome contra el muro de piedra.
“¿Crees que estoy aquí por fe?”, murmuró con la voz rota. “Mateo tiene dieciocho pagarés a mi nombre. Ciento ochenta mil euros en deudas de juego secretas.”
Me quedé helada en medio de la penumbra.
“Si dejas este recinto con tu hermana, él entregará esos papeles a la fiscalía mañana a primera hora”, continuó Gonzalo, apretando los puños. “Arruinará mi vida y la de mi familia.”
“Está encubriendo un secuestro por dinero”, le dije, mirando a los dos agentes que mantenían la mirada fija en el suelo.
“Estoy salvando mi cuello”, contestó él, haciendo una señal a los guardias. “Bloquead la puerta. Nadie sube y nadie baja.”
Los agentes cruzaron sus defensas frente al acceso subterráneo, cerrándome el paso por completo.
Comprendí en ese instante que Mateo no solo gobernaba la Hermandad, sino que tenía a todo el municipio atado de pies y manos.
CAPÍTULO 3: El rastreador en la sombra
Me escabullí por el pasadizo de servicio hasta alcanzar la estructura de madera del campanario abandonado.
El viento de la sierra de Guadarrama silbaba entre las vigas carcomidas.
En la oscuridad, el teléfono móvil que llevaba oculto en el dobladillo comenzó a vibrar insistentemente.
El número en la pantalla no tenía identificación.
“Lucía, no hables, solo escucha”, dijo una voz firme al otro lado de la línea.
“¿Javier?”, pregunté, conteniendo el aliento. “Llevas tres años sin dar señales de vida.”
“Llevo dos años metido en los servidores de la secta desde Madrid”, respondió mi hermano mayor. “Sé que estás dentro del templo.”
Un trueno lejano resonó sobre el tejado de pizarra.
“Tengo los registros bancarios que Mateo intentó borrar esta mañana”, dijo Javier, mientras se escuchaba el tecleo rápido de sus dedos.
“Voy a bajar a por Alba”, le aseguré, apretando el teléfono contra mi oreja. “Mateo la tiene encerrada en el pabellón de aislamiento.”
“Lucía, abre el archivo que te acabo de enviar al teléfono”, dijo Javier. Su tono de voz era extrañamente frío.
Deslicé el dedo sobre la pantalla e iluminé mi rostro en la penumbra del campanario.
Era el extracto de tres cuentas bancarias en un banco privado de Zúrich con un saldo total de 2,4 millones de euros.
“Es el dinero despojado a los adeptos durante los últimos cinco años”, explicó Javier.
“Mateo los está robando”, dije.
“Mira el titular de la cuenta, Lucía”, sentenció Javier. “No es Mateo. Tampoco es el Padre Esteban.”
El nombre impreso en el encabezado del documento bancario suizo era Alba Morales.
CAPÍTULO 4: Las firmas de la penumbra
El impacto del documento me dejó sin aire en mitad del campanario.
“Tiene que ser un error”, murmure, aferrándome a la barandilla de madera. “Alba es una víctima. Tenía diecisiete años cuando nos separaron.”
“Baja a la oficina del consejo de ancianos”, me ordenó Javier. “Comprueba los registros físicos de las expulsiones. Están en el archivo de madera detrás del altar.”
Bajé por las vigas de servicio, esquivando a los patrulleros que custodiaban los pasillos principales.
La puerta del despacho del consejo estaba entreabierta. La sala olía a cera de vela y papel viejo.
Sobre la mesa de roble descansaba el libro oficial de disciplina de la Hermandad del Alba Pura.
Ojeé rápidamente las páginas amartilladas con el sello de la comunidad.
Detalle a detalle, leí las órdenes de castigo corporal, incomunicación y expulsión dictadas durante los últimos tres años.
En el pie de cada orden figuraba una firma con trazos rectos y decididos.
No era la caligrafía torpe del anciano Padre Esteban. Tampoco era la firma rápida y caótica de Mateo.
Era la misma letra redondeada que corregía mis cuadernos cuando éramos niñas. La letra de mi hermana pequeña, Alba.
“Ella redactó mi orden de expulsión”, susurré para mí misma, mientras mis dedos temblaban sobre la tinta negra.
Alba no estaba sufriendo los castigos de la secta. Alba era la persona que firmaba los castigos.
CAPÍTULO 5: La celda sin cerrojo
Corrí por el pasadizo inferior hacia el pabellón de confinamiento subterráneo, utilizando el duplicado de la llave que le quité a la guardia de la entrada.
Empujé la puerta de hierro pesado esperando encontrar una celda húmeda y a una joven debilitada por el encierro.
La puerta cedió sin emitir ningún chasquido. El pestillo ni siquiera estaba echado.
La estancia subterránea estaba iluminada por la luz blanca de dos pantallas de alta resolución.
Un aire acondicionado portátil mantenía la temperatura fresca entre los muros de piedra medieval.
Alba estaba sentada sobre un sillón ergonómico de piel, vistiendo un jersey de lana gris de marca y unos auriculares con micrófono.
Sobre la mesa había una taza de café humeante y tres teléfonos móviles alineados.
“Ajusta la transferencia a la cuenta de Ginebra antes de medianoche, Mateo”, decía Alba por el micrófono con voz pausada y dominante. “Y dile al alcalde que no sea imbécil. Sus pagarés no se romperán hasta que firme la recalificación del terreno.”
Se giró despacio al escuchar mis pasos sobre la grava.
Me miró de arriba abajo, observando mis pies descalzos y mi túnica manchada de barro.
“Vaya”, dijo Alba, quitándose los auriculares con extrema calma. “La hermana heroína ha llegado a mi rescate.”
“Alba… ¿qué es esto?”, pregunté, dando un paso hacia atrás.
“Es mi despacho, Lucía”, respondió ella, esbozando una sonrisa fría. “¿Pensabas de verdad que me pasaba los días encadenada al muro?”
CAPÍTULO 6: El corte de señal
Me quedé paralizada frente a mi hermana mientras ella daba un sorbo a su taza de café.
“Todo este tiempo… pensé que te estaban matando”, dije, sintiendo un nudo opresivo en la garganta.
“Pensabas lo que necesitas pensar para sentirte útil”, contestó Alba, apoyando los codos sobre la mesa. “Nunca tuviste visión para las oportunidades.”
De repente, el altavoz del techo comenzó a emitir el murmullo masivo de la nave central del templo.
La ceremonia de clausura e imposición de manos del Padre Esteban acababa de comenzar arriba.
“Tu tiempo se ha acabado, hermanita”, dijo Alba, presionando un botón bajo su escritorio.
En ese mismo instante, las pantallas gigantes del altar de la nave central sufrieron un parpadeo violento.
Arriba, en la gran nave de piedra, la transmisión de la liturgia se cortó abruptamente ante los miles de seguidores presentes.
En lugar del rostro del fundador, las pantallas del templo comenzaron a emitir la señal de vídeo en directo de la celda de Alba.
Se veía claramente la oficina de lujo subterránea, las pantallas con los saldos bancarios y el archivo contable filtrado por Javier.
En la esquina inferior de las pantallas apareció el logotipo rojo de Televisión Española.
Javier había volcado la señal del servidor interno directamente a la emisión de los informativos nacionales en vivo.
El grito colectivo de los cientos de adeptos reunidos en el templo atravesó las paredes de piedra del recinto.
CAPÍTULO 7: La máscara del heredero
Subí atropelladamente los escalones hacia la nave central mientras el pánico se apoderaba del recinto.
Decenas de adeptos corrían hacia las salidas laterales, tirando los candelabros de bronce al suelo.
Mateo estaba de pie junto al altar principal, rodeado por los focos de las cámaras de televisión que habían logrado romper el cordón de seguridad.
El Padre Esteban se había desplomado sobre su sillón ceremonial, con la mirada perdida y la boca abierta por el impacto del escándalo.
Las sirenas de la Policía Nacional resonaban ya en el patio exterior del monasterio de Guadarrama.
Mateo vio llegar los micrófonos de la prensa y cayó de rodillas sobre el mármol frío.
“¡Yo no quería hacerlo!”, gritó Mateo, cubriéndose el rostro con las manos frente a las cámaras en directo. “¡Ella me obligó!”
Un periodista le acercó un micrófono a la cara.
“¿Quién le obligó, Mateo?”, preguntó el reportero.
“¡Alba!”, chilló Mateo con la voz entrecortada por el llanto. “Ella tiene los papeles del alzamiento de bienes que cometimos en Madrid hace cuatro años. Me amenazó con mandarme a prisión si no firmaba las expulsiones que ella redactaba.”
“Tú eras el líder espiritual”, recriminó un anciano de la secta desde la primera fila.
“¡Yo solo era la cara visible!”, gritó Mateo, golpeando el suelo con el puño. “Ella manejaba el dinero, los chantajes al alcalde y las órdenes de incomunicación. Yo solo firmaba lo que ella ponía en mi mesa.”
Me detuve a pocos metros del altar, viendo cómo el hombre al que una vez amé se desmoronaba en el barro de su propia cobardía.
CAPÍTULO 8: El rostro de la manipulación
Dos agentes de la Policía Nacional aparecieron por el pasillo central escoltando a Alba.
Llevaba las esposas metálicas sujetando sus muñecas por delante de la cintura.
Caminaba con la cabeza alta, con el rostro completamente sereno y sin una sola lágrima en los ojos.
Al pasar junto a mí en el patio exterior del complejo, se detuvo un instante a petición del agente que la custodiaba.
Me acerqué a ella, intentando buscar en sus ojos algún rastro de la hermana que recordaba.
“¿Por qué, Alba?”, le pregunté con el hilo de voz que me quedaba. “¿Por qué destruiste a la familia?”
Alba me miró fijamente y ladeó la cabeza con una mueca de absoluto desprecio.
“Estoy harta de tu moralidad de hermana mayor”, dijo Alba, alzando el tono para que los agentes la escucharan. “Estoy harta de que siempre pretendieras salvarme de todo.”
“Te busqué durante tres años en estas montañas”, le dije, sintiendo las lágrimas rodar por mi piel rasgada.
“Nadie te pidió que me buscaras”, respondió ella con una frialdad helada. “Usé a Mateo porque era un imbécil ambicioso. Usé la secta porque generaba millones sin pagar impuestos. Y fingí estar encerrada para que tú no metieras las narices en mis cuentas.”
Apretó los dientes y dio un paso hacia mi cara.
“Te detesto desde que éramos niñas, Lucía”, añadió en un susurro cargado de veneno. “Y me alegro de haberte arruinado la vida.”
Los agentes la empujaron suavemente hacia el interior del furgón policial y la puerta trasera se cerró con un golpe seco.
CAPÍTULO 9: El cerco del silencio
La lluvia fina de la sierra comenzó a caer sobre el patio de piedra del recinto.
Los furgones de la Policía Nacional abandonaban la propiedad en fila india, llevando a Mateo, al alcalde Don Gonzalo y a los ancianos de la Hermandad.
Luces azules giratorias se reflejaban en los charcos de agua del patio.
Javier salió por la puerta del archivo portando dos maletines negros con sus equipos informáticos.
Se detuvo a mi lado y contempló la nave principal completamente vacía.
“El juez ha dictado el precinto judicial de toda la propiedad”, dijo Javier, ajustándose la chaqueta mojada. “Se acabó, Lucía.”
Los adeptos que quedaban en los alrededores vagaban por el camino de tierra, desorientados y llorando al descubrir que sus ahorros habían desaparecido.
“Ella fue la que firmó mi expulsión, Javier”, dije, mirando fijamente al suelo.
“Lo sé”, respondió mi hermano. “Lo vi en los registros del servidor antes de llamar a la televisión.”
“¿Por qué no me lo dijiste antes de que entrara aquí descalza?”, le pregunté, girándome hacia él.
Javier bajó la mirada y guardó silencio durante unos segundos.
“Porque si te lo decía por teléfono, no habrías entrado a buscar la verdad”, contestó Javier con voz apagada. “Necesitabas verlo con tus propios ojos.”
Me quedé sola en mitad del patio, mientras mi hermano caminaba hacia su coche sin volverse a mirar.
CAPÍTULO 10: La caída del altar
Junto a la verja exterior del complejo, decenas de periodistas con cámaras y micrófonos mantenían una guardia permanente.
El furgón policial que transportaba a Alba tuvo que frenar ante la multitud de reporteros que bloqueaban el paso.
Las cámaras se pegaron a las ventanillas oscurecidas del vehículo.
Alba bajó la ventanilla lateral un par de centímetros ante la insistencia de los micrófonos de la prensa nacional.
“¡Alba! ¿Se considera usted una víctima de la secta?”, gritó una periodista.
Alba miró directamente al objetivo de la cámara más cercana y sonrió con una tranquilidad escalofriante.
“No soy ninguna víctima”, declaró Alba con voz clara y audible para todos los medios presentes. “He gestionado una red financiera impecable durante tres años.”
“Su hermana arriesgó su vida para sacarla de allí”, le increpó otro reportero desde la multitud.
Alba soltó una carcajada breve y amarga.
“Mi hermana es una meticona frustrada que no soporta ver que yo soy más inteligente que ella”, respondió Alba sin parpadear. “Ha destruido un negocio millonario por su ridículo complejo de salvadora.”
El furgón aceleró, abriéndose paso entre la multitud de fotógrafos y alejándose por la carretera de la sierra.
Me quedé de pie junto a la verja, escuchando sus palabras retumbar en los altavoces de las unidades móviles de televisión.
El cordón de la policía se cerró definitivamente detrás del vehículo, sepultando cualquier resto de mi infancia.
CAPÍTULO 11: La polvareda de la nave
El monasterio de Guadarrama quedó sumido en un silencio sepulcral tras la partida de los medios y las autoridades.
El viento arrastraba trozos de papel y velas rotas por la explanada de la entrada.
Mateo había sido trasladado directamente al centro penitenciario de Soto del Real, imputado por delitos de extorsión, fraude masivo y falsedad documental.
Alba ingresó en prisión preventiva en el módulo femenino sin derecho a fianza.
Caminé hacia el parking abandonado donde Javier guardaba los últimos cables en el maletero de su vehículo.
El motor de su coche estaba encendido, expulsando un humo blanco en la fría noche de la sierra.
“Tengo que volver a Madrid para declarar ante el juez de instrucción”, dijo Javier, sin mirarme directamente a los ojos.
“¿Quieres que vaya contigo?”, le pregunté, abrazándome a mí misma para combatir el frío.
“No, Lucía”, respondió él, cerrando el maletero con firmeza. “Has hecho suficiente por esta familia.”
Su tono no contenía agradecimiento, sino un cansancio infinito y distante.
“Éramos tres hermanos, Javier”, dije.
“Ya no somos nada”, contestó él, subiéndose al asiento del conductor. “Alba está en la cárcel y tú estás rota. No queda nada que reparar.”
El vehículo de Javier arrancó y descendió por la carretera de curvas, dejándome sola entre la polvareda de la nave abandonada.
CAPÍTULO 12: Las ruinas de la casa vieja
Tres días después.
El coche del alquiler se detuvo frente a la antigua casa familiar en un pueblo casi abandonado de la provincia de Segovia.
Las tejas rojas estaban caídas y la pintura blanca de la fachada se desconchaba por la humedad de los años.
Caminé sobre las hojas secas del jardín hasta cruzar la puerta de madera que nunca tenía echada la llave.
El interior olía a polvo, a madera vieja y a los recuerdos de una infancia que ya no me pertenecía.
En el salón, sobre la mesa de centro, descansaba una carta con el sello oficial de la prisión provincial.
Era una nota breve redactada por Alba desde su celda de aislamiento, entregada por su abogado esa misma mañana.
Tomé el sobre entre mis manos temblorosas y me senté en el suelo de madera crujiente, bajo el retrato familiar teñido de amarillo por el tiempo.
No abrí el sobre. Sabía exactamente qué palabras contenía aquella caligrafía firme y pulcra.
No había reconciliación posible, ni perdón que pudiera borrar la verdad descubierta bajo los muros de la Hermandad.
Miré la fotografía de la niña de doce años que sonreía a mi lado en aquel jardín y la dejé caer sobre el polvo del suelo.
Salvé su cuerpo de las sombras del templo, pero descubrí demasiado tarde que el alma que intentaba rescatar nunca existió.
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