CHAPTER 1: El barro de la aristocracia
Part 1
“Quítate ese hedor a estiércol antes de dirigirme la palabra, muerte de hambre,” me gritó mi primo Mateo mientras escupía sobre las botas gastadas de mi tutor.
Mi tío y mi primo creían que yo era solo un huérfano insignificante limpiando las cuadras de su finca en Jerez de la Frontera.
No sabían que yo conocía el verdadero origen de los 450.000 euros con los que compraron sus títulos hipotecarios.
Cuando Mateo intentó golpear a la yegua de carreras con su fusta, el animal reaccionó y yo intervine, dejándolo en ridículo frente a los compradores del hampa local.
Aquella noche, mi primo me entregó una orden judicial de desahucio y amenazó con destruirme si no abandonaba la finca en veinticuatro horas.
Pero mi viejo mentor me había dejado un último consejo grabado a fuego: busca el rastro en los establos, porque los caballos nunca olvidan lo que los hombres ocultan.
El sol de la mañana ya quemaba en los tejados de teja árabe del cortijo.
El olor a heno recién cortado y el dulzor del pienso de avena se mezclaban con la humedad terrosa del suelo de las cuadras.
Alba, la yegua de pura raza española, agitó su cola negra, haciendo vibrar el aire con un suave silbido. Yo cepillaba su pelaje blanco con movimientos lentos y meditados.
Cada pasada era una promesa silenciosa, un vínculo entre nosotros.
Ella confiaba en mí.
En el rincón, Javier Prieto, el capataz de Mateo, recogía montones de alfalfa con un gesto pesado. Su rostro curtido por el sol reflejaba una preocupación que iba más allá del calor.
“Hoy no es buen día, Diego,” murmuró sin levantar la vista. “Han venido los del norte.”
Los “del norte” eran un eufemismo. Eran los emisarios de Santi “El Lobo” Navas, el prestamista clandestino de caballos de carrera, y sus chalecos de seda bajo la camisa de lino no engañaban a nadie. Estaban aquí para ver a Alba.
Y Mateo Alarcón, mi primo, quería lucirse.
Un carraspeo agudo rompió la relativa calma. Mateo entró en la cuadra principal, su sonrisa forzada y su voz engolada resonando bajo las vigas.
Vestía un traje de montar impecable, de un blanco inmaculado, que contrastaba con el polvo y el olor a animal de nuestro entorno. Sus ojos de depredador se clavaron en mí, luego en Alba.
“Morales, ¡apúrate!” espetó, ajustándose los guantes de piel de cordero. “Estos señores no tienen todo el día para ver a la joya de la corona.”
Los tres hombres que lo acompañaban se mantuvieron en silencio, sus miradas frías recorriendo el espacio. Uno de ellos, un tipo corpulento con un tatuaje de serpiente en el cuello, no apartaba los ojos de la yegua.
Intenté ignorar el sarcasmo. Alba bufó, sintiendo la tensión. Su piel se estremeció bajo mis dedos.
“Está casi lista, Mateo,” respondí, mi voz monótona. No había necesidad de acelerar un trabajo que requería paciencia y precisión.
Mateo se acercó a grandes zancadas, su fusta de montar golpeando rítmicamente contra su bota. El sonido, un chasquido seco, hizo que Alba tensara las orejas.
“¡Casi lista, dice!” se burló. “Siempre con tus historias, mozo de cuadras. Como si la yegua fuera a salir corriendo. Quítate de en medio, que la enseño yo.”
Me apartó de un empujón inesperado, interponiéndose entre Alba y yo. Su mano enguantada acarició el cuello de la yegua de una manera que no me gustó. Demasiado posesiva, demasiado brusca.
Alba movió la cabeza con nerviosismo.
El tipo de la serpiente soltó una risa seca. “Interesante ejemplar, Alarcón. ¿Le da problemas de carácter?”
Mateo sonrió, una sonrisa ancha y falsa.
“Un poco de temperamento jerezano, nada más,” respondió, haciendo girar la fusta con estudiada elegancia. “Nada que un poco de mano dura no resuelva, ¿verdad, Alba?”
Y entonces, sin previo aviso, levantó la fusta.
No la usaría para un golpe real, pero el gesto, la intención… era inconfundible. La sombra oscura de la fusta se cernió sobre el flanco de Alba.
La yegua, que había estado inmóvil, dio un relincho agudo. Sus ojos se volvieron blancos de pánico. En un instante de terror y furia, sus patas traseras se alzaron.
El cortijo entero pareció temblar.
Mateo no esperaba tal reacción. Retrocedió torpemente, tropezando con un cubo de agua que había dejado yo. La fusta se le escapó de la mano.
Alba, descontrolada, pataleó con fuerza.
Su instinto era huir. En ese momento de caos, vi la abertura. Mateo estaba desequilibrado, su cuerpo en el aire por una fracción de segundo.
Sin pensar, puse mi pie en su camino. No fue una patada, solo un estorbo. Una palanca.
Mateo aterrizó con un chapoteo indigno. Su traje blanco, su orgullo de noble, se hundió en un montón de estiércol fresco que Javier acababa de rastrillar.
El silencio fue espeso. Los hombres del norte intercambiaron miradas, y una mueca de desprecio se dibujó en el rostro del hombre de la serpiente. El ambiente se heló.
Mateo se levantó, el hedor a excremento y humedad aferrándose a su ropa. Su rostro estaba rojo, una mezcla de rabia y humillación que le desfiguraba.
No me miró a mí. Miró a los hombres, que ya le daban la espalda. El negocio estaba roto.
“¡Tú!” gritó, su voz apenas un siseo ronco. “¡Me has destrozado! ¡Me has humillado delante de ellos!”
Un par de sirvientes que observaban desde la distancia se encogieron, intentando desaparecer. Javier se apartó, fingiendo revisar un cabestro.
“Te arrepentirás de esto, Diego Morales,” prometió Mateo, sacudiéndose el estiércol con movimientos frenéticos. “¡Lo juró por la sangre de mis ancestros!”
Salió de la cuadra a zancadas, sus botas resonando con una furia impotente. Lo escuché gritar órdenes a Javier, exigiendo que Alba fuera encerrada y que yo desapareciera.
La tarde se deslizó con una lentitud sofocante. La tensión era palpable. Nadie me habló. Me sentí como si el propio aire de la finca me rechazara.
Casi al anochecer, cuando las sombras se alargaban por los patios empedrados, Mateo regresó. Ya no llevaba el traje blanco; ahora vestía una camisa de lino oscuro que apenas ocultaba la mancha amarillenta en su hombro.
Llevaba algo en la mano: un sobre de papel grueso, color crema, con un sello lacrado y el membrete de un bufete de abogados de Jerez.
Su mirada era una promesa helada.
“Aquí lo tienes, perro,” dijo, extendiéndome el sobre con la punta de los dedos, como si temiera tocarme. Su voz era baja, pero cargada de veneno. “La justicia, en su más pura expresión.”
Tomé el sobre. Pesaba más de lo esperado. Al tacto, sentí varios pliegos dentro.
“Tienes veinticuatro horas,” continuó, acercándose, su aliento a brandy y rabia golpeándome la cara. “Veinticuatro horas para largarte de esta finca para siempre. Si no, te juro que desearás no haber nacido.”
Abrió el sobre sin que yo lo pidiera, sacando un documento con letras negras y un sello notarial que parecía oficial.
“Orden judicial de desahucio inmediato,” leyó en voz alta, su voz triunfante y cruel. “Por ocupación ilegal y falso arrendamiento de propiedad. Te destruiré, Diego. Haré que te pudras en la calle.”
Me entregó los papeles, su mirada fija en mis ojos. El sonido de su respiración entrecortada era lo único que se oía en el patio oscuro.
“Y si crees que tus trucos te salvarán,” añadió, torciendo la boca, “entonces no conoces a un Alarcón. Esto es solo el principio de tu fin.”
Me dio la espalda y se marchó, su figura oscura perdiéndose en la noche.
Me quedé allí, solo, con el sobre pesado en mis manos. El viento frío de la noche trajo el olor familiar de los caballos y el recuerdo del consejo de don Beltrán.
“Busca el rastro en los establos, Diego. Los caballos nunca olvidan lo que los hombres ocultan.”
Miré el documento. Las letras danzaban ante mis ojos, pero había algo extraño en la caligrafía, en el diseño del sello.
Y entonces lo vi.
Justo debajo de la firma, donde la tinta se había corrido ligeramente, había un detalle diminuto, casi imperceptible, en el timbre del juzgado de Jerez.
Part 2
El timbre oficial del juzgado de Jerez no era nítido. La tinta estaba manchada y el papel, arrugado en los bordes, parecía haber sido despegado de otro documento. Eran antiguos, claramente reutilizados, y la fecha impresa… no coincidía con la realidad. Era un papel viejo, una trampa burda para quien supiera fijarse.
Sentí un escalofrío que me recorrió la espalda. Mateo no había conseguido una orden judicial real. Era un farol, un montaje para asustarme y forzarme a salir. Pero, ¿por qué? ¿Qué ganaba con todo esto?
Con los papeles arrugados en mi mano, busqué a don Beltrán. Lo encontré en el establo secundario, donde guardaba a los caballos más viejos y enfermos. Él estaba sentado en un taburete de madera, observando el vacío con su mirada perdida.
“Don Beltrán,” dije, con la voz áspera por la rabia contenida. Le extendí el documento. “Esto es falso. Los sellos son viejos, están reutilizados.”
El anciano tomó los papeles con sus manos temblorosas y los examinó con calma. Sus ojos, que a veces parecían ausentes, ahora brillaban con una lucidez inusual. No mostró sorpresa, solo una profunda tristeza.
“Lo sé, Diego,” murmuró. “Es una patraña. Mateo no sabe hacer las cosas bien.”
Me quedé en silencio, esperando. Sabía que había algo más. La forma en que lo dijo, la resignación en su voz.
“No es solo eso,” continuó don Beltrán, levantando la vista para mirarme directamente. “Mateo… ha vendido la finca. O, mejor dicho, ha vendido los derechos sobre ella.”
Mi corazón se encogió. “¿Vendido? ¿A quién? ¿Y por qué?”
“A un grupo de Jerez. Los llaman ‘El Sindicato de Apuestas’. Gente de Santi ‘El Lobo’ Navas. Por 600.000 euros. Para saldar sus deudas de juego, me temo. Quieren usar estas tierras para lavar su dinero, con el pretexto de los caballos de carreras.”
No podía creerlo. La finca, nuestro hogar, vendida a la mafia del juego. Y Mateo creyendo que podía saldar sus deudas con eso.
“Pero… ¿cómo? ¿Cómo hizo eso sin que nadie lo supiera?” pregunté, mi mente dando vueltas. “Las escrituras, los documentos…”
Don Beltrán suspiró, un sonido pesado que parecía arrastrar el peso de los años.
“Las firmas del contrato de cesión de la finca… pertenecen a una cuenta fantasma en Gibraltar,” confesó el viejo, sus ojos clavados en mí. “Una cuenta que Mateo creó hace años. Creía que nadie la encontraría.”
Luego, con un gesto lento y deliberado, se inclinó. Su mano, huesuda y arrugada, se deslizó por debajo del pesebre de madera, justo donde los caballos solían comer su heno. Tanteó un momento, y luego sacó un pequeño objeto.
Era una llave de latón, antigua y corroída por el tiempo, con un diseño extraño y un número grabado que apenas se distinguía.
“Toma esto, Diego,” dijo, entregándomela. “La necesitarás.”
CAPÍTULO 2: Los sellos de la codicia
Caminé hacia la oficina del capataz con las suelas de mis botas haciendo crujir la grava de la entrada.
La luz de flexo de la oficina de Javier Prieto iluminaba el viejo escritorio de roble repleto de fichas de registro de los caballos.
Javier no levantó la mirada cuando empujé la puerta de madera. Tenía un bote de pomada antiséptica entre los dedos y una gasa manchada de un fluido amarillento.
“Diego, no deberías estar aquí a estas horas,” murmuró Javier sin mirarme a los ojos.
“La yegua no se desmandó sola esta tarde, Javier,” dije, apoyando las dos manos sobre la mesa. “¿Qué le pasa a Alba en el lomo?”
Javier suspiró y dejó la gasa sobre la mesa de metal. Sacó una ficha médica del archivo y la deslizó hacia mi lado.
“Mateo me ordenó cambiar la gualdrapa del sudadero hace tres semanas,” dijo Javier en voz baja.
Miré el documento impreso. Había un informe veterinario firmado en la parte inferior con una fecha de hace quince días.
“Le puso ácido fénico diluido en el cuero de la silla,” continuó el capataz, mirando fijamente la ventana que daba a las cuadras. “Cada vez que la yegua trota con peso, el calor hace que el líquido traspase el sudadero y le queme la piel viva.”
“Mateo quería que reaccionara violentamente frente a los compradores,” dije, sintiendo un nudo frío en el estómago.
“No solo eso,” respondió Javier, bajando aún más la voz. “Buscaba que la yegua agrediera a alguien para justificar su sacrificio por peligrosidad. Alba está asegurada por 2.000.000 de euros en una póliza británica contra accidentes y rabia.”
Me quedé mirando el frasco de cristal sobre la mesa.
“Tú le curaste las quemaduras en secreto,” dije.
“Si Mateo se entera de que te he mostrado este registro, me echa esta misma noche sin liquidación,” contestó Javier.
Sostuve el papel bajo la luz del flexo. Mateo no pretendía vender la yegua para pagar sus deudas; pretendía matarla y cobrar el seguro antes de fin de mes.
CAPÍTULO 3: El corrosivo en la montura
El sonido de varios motores diésel rompió el silencio de la madrugada en el patio central del cortijo.
Mateo bajó de un todoterreno negro vistiendo un traje gris a medida. A su lado caminaban dos hombres maduros con maletines de piel y chaquetones oscuros.
“¡Morales!” gritó Mateo, atravesando el pasillo de los establos con pasos largos.
Salí de la paridera de las parideras con un cubo de agua en la mano y me detuve frente a él.
“Te dije que tenías veinticuatro horas para desaparecer de mi propiedad,” dijo Mateo, sacando un folio sellado de su bolsillo interior.
“Este cortijo no es tuyo, Mateo,” respondí de forma pausada.
Uno de los abogados de Sevilla dio un paso al frente y desplegó un documento oficial ante mi rostro.
“Queda notificado el embargo preventivo por valor de 180.000 euros sobre la totalidad de la cabaña equina,” declaró el abogado con voz monótona. “Existen impagos acumulados por costes de mantenimiento y veterinario desde hace cuatro años.”
Mateo sonrió y apoyó su mano sobre el pilar de madera del establo.
“¿Crees que por haber tapado tus antecedentes en Marbella vas a darme lecciones de ley?” preguntó Mateo alzar la voz para que lo oyeran los mozos.
Los dos abogados miraron fijamente a mi dirección.
“Cuéntales a tus mentores de qué vivías en la costa,” continuó Mateo, dando un paso hacia mí. “Diles cómo falsificabas los libros de orígenes y las genealogías de los purasangre para los rusos de Puerto Banús antes de venir a esconderte a Jerez.”
“Tus papeles son falsos, Mateo,” dije sin alterar la voz, mirando directamente a los folios. “Incluso los sellos de esta notificación judicial están caducados.”
Mateo apretó los dientes y dio un paso hacia atrás, haciendo una señal rápida con la mano a sus abogados.
“Mañana a primera hora viene la comitiva judicial con los camiones,” dijo Mateo antes de darse la vuelta. “Y tú vas a ver cómo me llevo a la yegua.”
CAPÍTULO 4: Sombras de Marbella
Me refugié en el cobertizo de paja tras la salida de Mateo y sus abogados.
La luz de la luna entraba en haces diagonales entre los listones de madera de la pared.
La puerta del cobertizo se abrió sin ruido y la figura de Javier Prieto se recortó contra la penumbra.
“Tienen razón sobre lo de Marbella, ¿verdad?” preguntó Javier, cerrando la puerta tras de sí.
“Eso quedó atrás hace seis años,” respondí sin mirarlo mientras ordenaba los sacos de pienso.
Javier metió la mano dentro de su chaqueta de trabajo y sacó una libreta con tapas de hule negro, atada con una goma elástica gruesa.
“He sacado esto del cajón del escritorio de Mateo mientras sus abogados revisaban los libros de la finca,” dijo Javier, tendiéndome el cuaderno.
Tomé la libreta y retiré la goma. Las páginas estaban llenas de anotaciones manuscritas con sumas y fechas.
“No le debe dinero al banco ni a la junta de Andalucía,” explicó Javier en voz baja. “Los 600.000 euros de la deuda principal los firmó con Santi ‘El Lobo’ Navas.”
Leí los nombres anotados en los márgenes. Los pagarés vencían a finales de este mismo mes.
“El Lobo no acepta retrasos en los pagos,” dijo Javier, mirando hacia la entrada del cobertizo. “Si Mateo no entrega el dinero de la fianza antes del viernes, El Lobo enviará a su gente a tomar el control físico de la finca.”
“Mateo cree que venderá la finca a los inversores antes de que eso ocurra,” comenté, pasando las hojas.
“Mateo no sabe que El Lobo ya tiene hombres vigilando las carreteras de acceso desde ayer,” contestó Javier.
CAPÍTULO 5: La libreta del prestamista
Regresé a la cuadra de Alba con la llave de latón que me había dado don Beltrán metida en el bolsillo del pantalón.
La yegua relinchó bajito al oírme llegar y apoyó su hocico sobre mi hombro.
Busqué el pesebre de madera de roble al fondo del establo número cuatro. El polvo acumulado en la base de piedra revelaba una pequeña ranura disimulada bajo una pletina de hierro.
Introduje la llave de latón y la giré noventa grados a la izquierda. Un chasquido seco resonó en el comedero.
La tabla inferior cedió, dejando al descubierto una caja de cinc envuelta en paño de engrase.
Extraje el paquete y desplegué la tela sobre la paja seca.
Dentro había tres carpetas de papel timbrado firmadas por un notario de Madrid y un documento de registro ganadero con sello oficial.
Leí el texto principal con la linterna del teléfono. La finca no pertenecía a la familia Alarcón desde hacía más de una década.
Don Beltrán había constituido un fideicomiso ganadero irrevocable vinculando la titularidad de los terrenos a la propiedad legal de la yegua Alba y su descendencia.
Cualquier venta, hipoteca o embargo sobre los terrenos del cortijo requería la firma del albacea del fideicomiso.
Mateo había vendido opciones de compra sobre una tierra de la que no poseía legalmente ni un solo metro cuadrado.
Apreté los documentos contra mi pecho al comprender la trampa en la que Mateo se había metido solo.
CAPÍTULO 6: El fideicomiso de la yegua
A las ocho de la mañana, tres todoterrenos blancos se detuvieron frente a la vivienda principal de la finca.
Mateo bajó del vehículo del centro acompañado por dos hombres uniformados con chalecos reflectantes y un cerrajero con una caja de herramientas.
“Abran la puerta de la residencia,” ordenó Mateo, señalando la entrada del piso superior donde vivía mi mentor.
Subí las escaleras de piedra de dos en dos hasta ponerme delante del umbral del cortijo.
“Don Beltrán está enfermo, Mateo,” dije, bloqueando el pomo de la puerta con la mano derecha. “No puedes entrar aquí sin una orden judicial expedida por el juzgado de primera instancia.”
“Tengo una orden de lanzamiento administrativo tramitada por el consistorio,” gritó Mateo, empujándome del hombro para apartarme.
El cerrajero dio un paso adelante con un taladro eléctrico.
La puerta de madera se abrió desde dentro y don Beltrán apareció en el umbral, pálido y apoyado firmemente en su bastón de empuñadura de plata.
“Fuera de mi casa, Mateo,” dijo el viejo con voz áspera pero firme. “Eres una vergüenza para el apellido de esta familia.”
Mateo avanzó un paso y agarró a don Beltrán del solape de su chaqueta de lana.
“Te vas a la calle hoy mismo, viejo inútil,” le gritó Mateo a centímetros de su rostro.
El rostro de don Beltrán se volvió completamente gris en un segundo. Su bastón cayó al suelo de losas haciendo un eco metálico.
El viejo se llevó la mano al pecho, abrió la boca buscando aire y se desplomó hacia delante.
Lo atrapé antes de que su cabeza diera contra el primer escalón de piedra. Mateo dio tres pasos hacia atrás con la cara desencajada.
Don Beltrán exhaló un largo suspiro tembloroso en mis brazos y sus ojos quedaron fijos en el cielo raso del pasillo.
CAPÍTULO 7: La última respiración de Beltrán
El médico de urgencias recogió sus aparatos y firmó el certificado de defunción en el velador de la entrada.
A las cuatro de la tarde, el cuerpo de don Beltrán descansaba sobre la cama de su dormitorio cubierto por una sábana blanca.
Me quedé a solas en la estancia vacía mientras abajo se oía el murmullo de los mozos y el trajín de las herramientas.
Me acerqué a la cama del viejo mentor y levanté la esquina del colchón de lana.
Encontré una carpeta de cuero marrón sin cerrar. Dentro había un mazo de cartas con sellos postales de Gibraltar y copias de extractos bancarios.
Comencé a leer las fechas y los conceptos de las transferencias.
Don Beltrán no había sido una víctima indefensa acorralada por los leguleyos de Mateo.
Hacía seis meses que el viejo había contactado directamente con Santi “El Lobo” Navas para informarle de las debilidades financieras de Mateo.
Fue don Beltrán quien le facilitó a la mafia la lista completa de las propiedades no registradas de la familia para que presionaran a Mateo con intereses del 40 por ciento.
El viejo había planificado minuciosamente la ruina de su propio sobrino antes de enfermar.
Me senté en el borde de la silla de madera mirando el rostro inerte de don Beltrán.
Me había utilizado desde el primer día para mantener abierta la brecha entre las dos ramas de la familia.
CAPÍTULO 8: El tablero del viejo
Revisé la última carta del mazo, redactada con la caligrafía apretada y firme de don Beltrán.
Estaba dirigida a un bufete de abogados de Sevilla y adjuntaba un certificado de nacimiento con fecha de treinta y cinco años atrás.
El documento oficial revelaba la verdad que la familia había ocultado durante tres décadas.
Mateo Alarcón no era sobrino de don Beltrán; era su hijo biológico no reconocido, fruto de una relación secreta con la esposa de su hermano fallecido.
El desprecio irracional de Mateo hacia los mozos de cuadra y su obsesión por los títulos de nobleza nacían del rechazo con el que don Beltrán lo había tratado desde niño.
Toda la guerra por la finca no era un conflicto de herencias ni un pleito inmobiliario.
Era la ejecución de un castigo personal que el viejo había diseñado para destruir a su propio hijo antes de morir.
Javier Prieto entró en la habitación en silencio y se detuvo junto a la puerta.
“Mateo está abajo reuniendo a la gente en el patio,” dijo Javier en voz muy baja. “Dice que va a limpiar las cuadras esta misma noche.”
“Mateo no sabe lo que su padre le dejó preparado,” respondí, guardando el certificado de nacimiento en mi bolsillo.
“¿Su padre?” preguntó Javier con el ceño fruncido.
“No importa,” dije, poniéndome de pie. “Asegúrate de que los caballos estén sueltos en los corrales exteriores antes de medianoche.”
CAPÍTULO 9: Fuego en el pajar
El olor a humo penetró en mi habitación a las tres de la madrugada.
Salté de la cama y corrí hacia la ventana del pasillo que daba a la nave central de los establos.
Llamaradas rojas y amarillas salían por las aberturas del tejado del pajar principal. El crepitar de la madera seca se oía desde el patio.
Corrí por las escaleras y crucé la verja de hierro hacia la zona de los boxes.
Dos hombres encapuchados salían corriendo hacia la parte trasera de las naves con latas de plástico vacías en las manos.
“¡Javier!” grité mientras abría de un golpe la puerta corredera de la nave envuelta en llamas.
El calor dentro del pasillo central era insoportable. Los caballos pateaban las puertas de madera produciendo un estruendo ensordecedor.
El humo denso caía desde el techo abombado de tejas.
Javier apareció por la puerta lateral sosteniendo una manguera de presión y una manta mojada sobre la cabeza.
“¡El fuego empezó en el almacén de almiar!” chilló Javier entre la humareda. “¡Las vigas centrales están cediendo!”
“¡Abre los tres primeros boxes del fondo!” le grité, abriendo el candado del establo de la derecha.
Sacamos a cuatro ejemplares hacia el corral exterior mientras el techo del almiar comenzaba a derrumbarse en una lluvia de chispas y ceniza.
Entonces oí el relincho agudo y desesperado de la yegua Alba desde el fondo de la nave a oscuras.
CAPÍTULO 10: La caída de Alba
Corrí hacia el último box sorteando las brasas que caían de las vigas del techo.
Alba estaba acorralada al fondo de su pesebre, con los ojos desorbitados y el sudor cubriéndole los costados.
“¡Tranquila, chica, vamos!” le grité, enganchándole la cabezada de cuerda en el hocico.
La yegua vaciló un segundo, pero cedió al tirón y salió al pasillo envuelto en humo.
Una viga de pino en llamas se desprendió del techo justo frente a nosotros, cortando la salida principal con una pared de fuego.
“¡Por la salida de saltos, Diego!” gritó Javier desde el exterior de la valla de entrenamiento.
Tiré de la cuerda guiando a Alba hacia el portón de madera que daba a la pista de obstáculos.
La yegua avanzó a ciegas, aterrorizada por el chasquido del fuego a sus espaldas.
Al ver el cerco de madera envuelto en chispas, Alba se frenó en seco, se levantó sobre sus patas traseras y saltó a la desesperada por encima de la valla lateral.
El impacto en la caída fue seco y crujiente.
Alba cayó sobre el suelo de piedras del camino exterior y lanzó un gemido desgarrador que me heló la sangre.
Me tiré al suelo junto a ella. Su pata delantera izquierda estaba doblada en un ángulo imposible por debajo del menudillo.
Javier llegó corriendo y se arrodilló a mi lado con la linterna encendida.
“Se ha partido los tendones principales y la articulación,” dijo Javier tras examinar la pata con manos temblorosas. “No volverá a trotar en su vida.”
CAPÍTULO 11: La maniobra del albacea
A las diez de la mañana del día siguiente, me senté en una mesa del fondo en la venta de carretera situada a cinco kilómetros de la finca.
Consuelo de la Vega entró en el local vistiendo un abrigo de visón y gafas oscuras. Se sentó frente a mí sin pedir nada al camarero.
“Tienes cinco minutos, Diego,” dijo Consuelo, manteniendo la espalda rígida. “Mateo me ha dicho que has provocado un altercado en las cuadras.”
Desplegué sobre la mesa de formica los documentos del fideicomiso ganadero y el informe pericial del incendio redactado por el perito de la aseguradora.
“Mateo intentó cobrar el seguro de la yegua quemando la nave principal,” dije con serenidad. “Y estos papeles demuestran que la finca pertenece a un fideicomiso vinculado al animal.”
Consuelo tomó los folios y ajustó sus gafas para leer.
“Si mantienes tu aval bancario sobre las operaciones de Mateo,” continué, “Santi ‘El Lobo’ ejecutará los pagarés de 600.000 euros directamente contra tus cuentas en Sevilla.”
El rostro de la mujer perdió el color. Dejó caer los papeles sobre la mesa.
“Mateo me juró que los títulos de la finca estaban limpios de cargas,” murmuró Consuelo con voz temblorosa.
“Te mintió a ti igual que le mintió a las aseguradoras,” respondí. “Si cancelas su respaldo financiero hoy mismo, quedarás fuera de la investigación por estafa.”
Consuelo recogió su bolso de mano con rapidez y se puso de pie.
“Ese muchacho no volverá a ver un solo euro de mi patrimonio,” declaró antes de salir a la carretera.
CAPÍTULO 12: Las llamadas sin respuesta
Mateo caminaba de un lado a otro en el despacho de la vivienda principal con el teléfono móvil pegado a la oreja.
Las ventanas del patio mostraban la estructura negra y chamuscada de la nave de las cuadras.
“¡Coge el teléfono, joder!” gritó Mateo, tirando una carpeta de cuero contra la pared.
Llevaba tres horas intentando contactar con su notario habitual en Jerez, pero la secretaria le había informado de que sus poderes de representación habían sido congelados de forma preventiva.
Presionó de nuevo la pantalla de su teléfono y marcó el número privado de Santi “El Lobo” Navas.
La señal de llamada sonó tres veces antes de cortar y dar paso al contestador automático.
Mateo volvió a marcar el número de la tía Consuelo. Esta vez sonó una locución oficial informándole de que la línea había sido bloqueada para su número.
Salí de la zona de boxes y me detuve frente a la puerta del despacho.
Mateo me vio a través del cristal, abrió la puerta de madera de un golpe y salió al pasillo con los ojos inyectados en sangre.
“¿Qué le has dicho a mi tía Consuelo?” me gritó desde lo alto de la escalera.
“Le enseñé los papeles que don Beltrán dejó guardados,” respondí desde la base de la escalera.
Mateo bajó dos escalones con los puños cerrados.
“Mañana vienen los compradores de Madrid con el dinero en efectivo,” dijo Mateo entre dientes. “Voy a firmar la venta aunque tenga que echarte a tiros.”
“Nadie va a comprar una tierra que ya tiene cobradores asignados, Mateo,” contesté antes de darme la vuelta hacia los establos.
CAPÍTULO 13: El cerco del hampa
A las ocho de la tarde, el sol cayó tras la hilera de eucaliptos del camino de entrada.
Envié un archivo adjunto codificado desde mi teléfono al número personal de Santi “El Lobo” Navas.
El documento contenía la contabilidad real de Mateo, donde figuraba su plan para cobrar los 2.000.000 de euros del seguro de la yegua y huir a Portugal sin abonar un solo céntimo de la deuda de 600.000 euros.
Dos minutos después recibí una respuesta de un solo carácter: un icono de confirmación.
Las luces de la entrada del cortijo se apagaron repentinamente cuando Javier desconectó el cuadro eléctrico principal desde el generador exterior.
La finca quedó sumida en un silencio absoluto, roto únicamente por el viento de levante moviendo las ramas secas.
Una linterna se encendió en el piso superior de la casa. Mateo bajó las escaleras con una palanqueta de hierro en la mano derecha, buscando los últimos pagarés guardados en la caja fuerte de las cuadras.
Caminaba rápido, mirando a izquierda y derecha en la oscuridad del patio.
Entró en la nave principal chamuscada, donde las vigas quemadas proyeptaban sombras largas sobre el suelo de tierra.
Cerré la distancia desde el callejón lateral sin hacer ruido, asegurándome de que nadie más entrara a la propiedad.
CAPÍTULO 14: La sombra en el establo
Mateo avanzó por el pasillo central iluminando las puertas rotas de los boxes con el haz de su linterna.
“Sé que estás aquí, morales,” dijo Mateo con voz alterada, apretando la palanqueta de hierro.
Sali del fondo de la nave a oscuras y me detuve a cinco metros de él, bajo la luz blanca de la luna que entraba por el techo destruido.
“Deja la herramienta en el suelo, Mateo,” dije con tono sereno.
Mateo soltó una carcajada amarga y dio un paso hacia mí al zando la luz hacia mis ojos.
“¿Crees que ganaste porque el viejo se murió en tus brazos?” preguntó Mateo con desprecio. “Llevo planeando arruinar a Beltrán desde que tenía catorce años. Le quité todo lo que le importaba y ahora me quedo con su tierra.”
“Esta tierra ya no es de Beltrán ni tuya, Mateo,” respondi sin moverme.
“Tengo los títulos hipotecarios firmados por mi abogado,” contestó Mateo, mostrando un mazo de papeles arrugados.
“Beltrán firmó la cesión de cobro absoluta de todos tus pagarés a favor de Santi ‘El Lobo’ tres días antes de morir,” dije heladamente. “La finca ya pertenece al sindicato de apuestas para saldar tu deuda.”
Mateo se quedó petrificado en la penumbra. El haz de su linterna empezó a temblar sobre la pared de piedra.
CAPÍTULO 15: La cerradura echada
Squé de mi bolsillo la copia sellada de la cesión de derechos de cobro y se la arrojé a sus pies.
Mateo miró el papel en el suelo, soltó la linterna y se abalanzó sobre mí con la palanqueta levantada.
“¡Te voy a matar aquí mismo!” gritó descontrolado.
Esquivé el golpe lateral dando un paso a la izquierda y le trabé el pie con la bota. Mateo cayó pesadamente sobre la paja quemada, soltando el hierro.
Se levantó de golpe, respirando con dificultad, y corrió hacia la puerta principal de la nave para salir al patio.
Un chasquido metálico resonó en todo el establo.
El gran portón de hierro de la entrada se cerró de golpe des de fuera. Un candado pesado cayó sobre la aldaba exterior haciendo un ruido sordo.
Mateo golpeó el metal del portón con las dos manos.
“¡Javier! ¡Abre esta puta puerta!” chilló Mateo con voz histérica.
Nadie respondió desde el exterior. El silencio volvió a apoderarse de la nave.
Mateo se giró lentamente hacia la penumbra del fondo del pasillo.
CAPÍTULO 16: Cuentas en la penumbra
Tres figuras altas salieron de las sombras de los boxes del fondo sin hacer ruido sobre la tierra batida.
Vestían chaquetones oscuros y no llevaban armas a la vista. El hombre del centro era Santi “El Lobo” Navas, con su rostro curtido y sus ojos grises fijos en Mateo.
“Buenas noches, Mateo,” dijo El Lobo con voz tranquila y profunda. “Tenemos asuntos de contabilidad que arreglar.”
Mateo dio dos pasos hacia atrás hasta pegar la espalda contra el portón cerrado.
“Podemos llegar a un acuerdo, Santi,” suplicó Mateo con la voz quebrada. “Tengo las escrituras, puedo conseguir el dinero de mi tía en dos días.”
“Tu tía ha retirado las garantias esta mañana,” contesto El Lobo, sacando las llaves del todoterreno de Mateo de su bolsillo. “Y la finca ya compensa la mitad de lo que me debes.”
El Lobo me miró y me hizo una breve inclinación de cabeza hacia la puerta trasera del almacén.
Caminé hacia la salida lateral en silencio.
Detrás de mí escuché a Mateo suplicar en voz alta mientras los hombres de El Lobo le quitaban el reloj de oro, el teléfono y los documentos personales.
No intervino la policía. Esa misma noche Mateo fue escoltado fuera de Jerez sin un solo euro en los bolsillos, obligado a huir del país bajo amenaza directa contra su vida.
CAPÍTULO 17: Dos semanas después
Dos semanas después.
Detuve el coche en la pequeña gasolinera de la autovía A-4, en dirección a Sevilla.
El aire de la tarde era fresco y traía el olor a tierra mojada de los campos de la comarca.
Saqué el teléfono del bolsillo y leí el mensaje de texto que acababa de entrar. Era de Javier Prieto:
“Mateo ha cruzado la frontera por Gibraltar. La deuda de la finca ha quedado saldada en los libros de la gestoría. Nadie volverá a molestar.”
Guardé el teléfono y caminé hacia el remolque enganchado en la parte trasera de mi todoterreno.
En el pequeño prado contiguo a la gasolinera, Alba pastaba torpemente sobre la hierba fresca. Su pata delantera izquierda llevaba un vendaje rígido de compresión.
La yegua levantó la cabeza al verme llegar y emitió un relincho apagado y corto, apoyando el peso sobre sus tres patas sanas.
Me apoyé sobre la verja de madera mirando el horizonte llano de los cortijos de Jerez.
Gané el control de unas tierras vacías y silenciosas, pero el relincho de Alba nunca volverá a sonar igual sin la voz del viejo Beltrán en el establo.
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