CHAPTER 1: La perla en el mármol.
Part 1
Mi mejor amiga, la famosa influencer Aitana Serrano, me arrancó el collar frente a decenas de celebridades en una mansión de La Moraleja y se burló de mi única perla.
El hilo de seda se rompió y la perla rodó por el suelo de mármol hasta detenerse en los zapatos de Mateo Galán, el productor más poderoso de la televisión española.
Cuando él se agachó a recogerla y leyó la minúscula inscripción grabada en el nácar, la copa de champagne se le cayó de las manos.
Esa pequeña perla no era bisutería barata, sino el único objeto que me dejó mi abuela al morir, y la prueba oculta de una tragedia ocurrida en el mundo del espectáculo en 1994.
El aire en la fastuosa mansión de La Moraleja vibraba con el murmullo de voces, el tintineo de copas y la risa fingida que tan bien conocía. Llevaba horas intentando ser invisible, una sombra más entre los destellos de los focos de los fotógrafos y el brillo de los vestidos de alta costura. Mi papel de estilista y asistente personal de Aitana Serrano me había convertido en una experta en pasar desapercibida.
Pero esta noche, Aitana no quería que lo fuera.
Había estado riendo ruidosamente con un grupo de modelos y presentadores en la zona VIP, el centro de todas las miradas. De repente, sus ojos, tan azules y fríos, se posaron en mí.
Me tensé. Era su señal.
“¡Pero mira quién tenemos aquí!”, exclamó, con esa voz dulzona que usaba para sus vídeos, pero que ahora sonaba cargada de una intención maliciosa.
Los rostros de su séquito se giraron hacia mí, sus sonrisas congeladas por la curiosidad.
Aitana se abrió paso entre ellos, su vestido de lentejuelas creando una estela brillante. Se detuvo justo delante de mí, ignorando mi incómodo silencio.
“Valeria, cariño”, dijo, sus ojos escaneando mi sencillo vestido negro y el único detalle que me atrevía a lucir: el collar de perla que mi abuela me había dejado.
Era la única herencia que conservaba de ella. Un pequeño nácar de valor incalculable para mí, pero que para cualquiera otro no parecía más que bisutería.
“¿Esa perla? ¿Todavía con eso puesto?”, soltó, su voz era lo suficientemente alta como para que la mesa contigua, donde se sentaban importantes directivos de televisión, nos oyera.
Sentí un rubor ardiente subir por mi cuello. Las miradas se clavaron en mí como agujas.
“Aitana, por favor”, susurré, intentando desviar su atención.
Pero ella ya había echado el anzuelo. Extendió una mano adornada con anillos de diamantes y agarró el collar con brusquedad.
“Valeria, querida, ¿no te cansas de esa perla de imitación? Ya sabes que me molestan las cosas baratas”, dijo, más para el público que para mí.
Mis dedos se aferraron al cordón de seda, intentando proteger el collar, pero su fuerza era superior.
Con un tirón seco y un chasquido que se sintió demasiado fuerte en el silencio súbito que se había creado a nuestro alrededor, Aitana arrancó la perla de mi cuello.
El hilo se partió. La perla, liberada, cayó al suelo de mármol.
Rodó, pequeña y brillante, pasando junto a los zapatos impolutos de la gente, un camino de luz en el suelo oscuro. Mi corazón dio un vuelco. No podía creerlo.
La gente murmuró. Algunas risitas nerviosas se extendieron entre los más cercanos.
Vi cómo la perla seguía su camino, esquivando un tacón, rebotando suavemente en la punta de un zapato de charol.
Se detuvo, finalmente, justo al lado de unos elegantes zapatos de vestir de cuero. Eran los de Mateo Galán.
El magnate de la televisión, que hasta ese momento había estado inmerso en una conversación con el Ministro de Cultura, interrumpió su frase a medias. Su mirada, inicialmente desinteresada, se posó en la pequeña perla.
La recogió con la punta de sus dedos, con la misma curiosidad con la que se examina un objeto extraño. Su copa de champagne, aún llena, descansaba en su otra mano.
Se enderezó, la perla sostenida entre el pulgar y el índice. Sus ojos, acostumbrados a escanear documentos de millones de euros, se estrecharon ligeramente.
Hubo un instante. Solo un instante.
Su rostro, antes sereno y seguro, se tiñó de una palidez repentina. Pareció vaciarse de toda expresión, como si un interruptor se hubiera apagado en su interior.
Sus labios se abrieron un poco, pero no salió ningún sonido.
Entonces, la copa de champagne resbaló de su mano y se estrelló contra el mármol con un estruendo ensordecedor. El cristal se hizo añicos, esparciendo burbujas y esquirlas por el suelo.
Todos se giraron para mirar el desastre. Aitana soltó un pequeño grito.
Mateo Galán no parecía registrar el ruido, ni el líquido que manchaba su impoluto traje. Su mirada seguía fija en la pequeña perla que aún sujetaba.
Apenas audible, en ese silencio repentino y tenso, lo escuché pronunciar unas palabras.
“S.G. 1994”, dijo, con una voz extraña, casi un susurro ahogado.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Era la primera vez que escuchaba a alguien leer la inscripción de mi perla en voz alta.
Pero Mateo Galán recuperó la compostura con una velocidad asombrosa. Parpadeó, como si regresara de un lugar lejano.
Su boca se torció en una sonrisa forzada, casi un tic nervioso.
“Vaya, vaya. Pero qué baratija más curiosa”, espetó, su voz intentando sonar despreocupada mientras metía la perla en el bolsillo interior de su americana.
“Una baratija sin valor, sin duda. Pero me la quedo como recuerdo de la velada”, añadió, mirando directamente a Aitana con una intensidad que no entendía.
En ese momento, vi cómo su mano se cerraba con una fuerza brutal alrededor del bulto que la perla hacía en su bolsillo, apretando el nácar con tal violencia que temí que se deshiciera en polvo.
Part 2
Después de ese tenso momento, el caos de la fiesta continuó, pero para mí, todo se había silenciado. Mateo Galán se excusó rápidamente, dejando a un ayudante para que se ocupara de los cristales rotos. Se fue sin volver a mirarme, pero su figura imponente se esfumó como si un imán lo estuviera arrastrando lejos. Aitana, por su parte, me lanzó una mirada de reproche que prometía una larga y desagradable conversación. El resto de la noche se hizo eterno. Me moví como un fantasma, ayudando con los abrigos y asegurándome de que Aitana tuviera todo lo que necesitara, mientras ella evitaba mi mirada, sumida en un silencio que rara vez rompía. Yo, por mi parte, no me atrevía a preguntarle por la perla. Sabía que era inútil.
Mientras esperábamos al chófer al final de la gala, Aitana me arrinconó en un pasillo apartado, su voz un susurro furioso que apenas ocultaba la rabia.
“Valeria, ¿qué demonios fue eso?”, siseó, con la cara roja de la furia contenida. “Me has puesto en un aprieto. Esa estúpida perla… ¿No entiendes que no puedes llamar la atención así delante de gente importante? ¡Estás aquí para que yo brille, no para montar numeritos y arruinar mi imagen!”
No tuve tiempo de responder, ni siquiera de defenderme. Me subió al coche con un empujón y no me habló en todo el camino de vuelta al piso que compartíamos. En la oscuridad del vehículo, solo podía pensar en la expresión de Mateo Galán al leer “S.G. 1994”. ¿Quién era Sofía Galán? ¿Y por qué el magnate se había puesto así, como si hubiera visto un fantasma del pasado? Aquella perla, tan pequeña e insignificante para el mundo, había desatado algo enorme.
Cuando llegué a mi pequeña habitación, la confusión y la rabia de Aitana se mezclaron con mi propia angustia. Me quité el vestido y lo arrojé a la silla. Luego, como si una fuerza invisible me guiara, me dirigí al viejo arcón de madera que mi abuela había guardado en un rincón de mi habitación. Era un mueble antiguo, heredado de ella, que nunca había explorado a fondo, lleno de cosas que pensaba que eran solo recuerdos sentimentales.
Me senté en el suelo y abrí la tapa, el olor a naftalina y recuerdos me envolvió. Dentro, bajo algunas viejas sábanas de lino, encontré un montón de fotos, cartas… y un sobre grueso, amarillento por el tiempo, con un sello de una discográfica ya olvidada. Saqué su contenido con manos temblorosas.
Era un contrato. Un contrato de grabación de 1994.
Capítulo 2: El archivo de los olvidados
El papel amarillento crujió entre mis dedos mientras desplegaba las hojas guardadas en el fondo del arcón de madera.
Era una carpeta de cuero desgastado que mi abuela siempre mantenía bajo doble llave. En el margen superior de la primera página, con letra manuscrita a tinta azul, figuraba un listado de doce títulos musicales registrados en el otoño de 1994.
Reconocí de inmediato los tres primeros temas. Eran las mismas sintonías que sonaban a diario en las cabeceras de los programas con mayor audiencia de la televisión nacional, producidos por Galán Media.
Mi teléfono sonó sobre la mesa de la cocina, sobresaltándome. El nombre de Aitana parpadeaba en la pantalla.
“Valeria, ven ahora mismo al plató central”, dijo sin saludar en cuanto descolgué. “Tengo entrevista en directo en veinte minutos y el vestido de seda verde tiene una arruga en el bajo. Trae la plancha de vapor.”
Quince minutos después cruzaba los pasillos de la productora con el maletín de estilismo colgado al hombro. Los platós olían a cable caliente, laca y café reseco.
Aitana estaba sentada frente a los espejos de camerinos mientras dos maquilladoras trabajaban a cuatro manos sobre su rostro. Ni siquiera me miró a los ojos cuando entré; solo señaló el perchero con un gesto impaciente de la barbilla.
“Apúrate”, murmuró mientras revisaba sus notificaciones de Instagram. “No puedo salir a cámara hecha un desastre por culpa de tu lentitud.”
Me arrodillé junto al perchero para alisar la caída del tejido. Mientras aplicaba el vapor sobre la tela, levanté la vista hacia el espejo del fondo del pasillo.
Al otro lado del cristal polarizado de la sala de realización, una figura permanecía inmóvil. Mateo Galán estaba de pie junto a la mesa de mezclas, con los brazos cruzados y la mirada fija en mí.
No observaba a la estrella de la pantalla ni a las cámaras que preparaban el tiro de luz. Sus ojos negros seguían cada uno de mis movimientos con una frialdad rígida.
Capítulo 3: La trampa del titular
A las diez de la noche, las luces del plató se apagaron y el equipo comenzó a recoger el material.
Aitana no volvió al camerino. Salí al aparcamiento privado de la emisora y la vi junto a un coche deportivo negro, conversando entre risas con Javier Delgado, el redactor estrella de las revistas de prensa rosa.
Ella apoyaba la mano en el hombro del periodista mientras le enseñaba la pantalla de su teléfono móvil en tono confidencial.
A la mañana siguiente, mi teléfono comenzó a vibrar sin pausa desde las siete. Tenía catorce llamadas perdidas de números desconocidos y docenas de mensajes en las redes sociales.
Abrí la aplicación de noticias locales. La portada del portal de prensa rosa más leído del país lucía una fotografía mía tomada de espaldas a la salida de los estudios, junto a un titular con letras rojas:
“Cazafortunas en los estudios: una extrabajadora del equipo de estilismo intenta extorsionar a la dirección de Galán Media con documentos manipulados.”
El artículo citaba fuentes cercanas al entorno de Aitana Serrano, asegurando que yo había sido despedida por mala praxis y que buscaba empañar la reputación de la cadena reclamando derechos falsos.
Escuché pasos apresurados en el pasillo exterior de mi edificio, seguidos de tres golpes secos y metálicos en la puerta principal.
Capítulo 4: El desalojo silencioso
Al abrir la puerta me encontré con el propietario del piso, un hombre mayor con un manojo de llaves apretado en el puño.
Detrás de él, en el rellano de la escalera, dos fotógrafos con cámaras de teleobjetivo intentaban enfocar hacia el interior del pasillo.
“No voy a tolerar esto ni un día más, Valeria”, dijo el arrendador sin bajar la voz, señalando a los reporteros. “El vecindario no tiene por qué soportar cámaras en la puerta. Tienes dos horas para recoger tus cosas y entregarme las llaves.”
“Tengo el alquiler pagado hasta fin de mes”, respondí levantando la mano para tapar el visor de un objetivo.
“Te devuelvo la fianza ahora mismo en transferencia”, cortó él sacando el teléfono del bolsillo. “Quiero el piso vacío antes del mediodía.”
Metí toda mi ropa en dos maletas de tela y acomodé el arcón de madera de mi abuela en el centro. Salí a la calle bajo la lluvia fina de noviembre con el equipaje a cuestas.
Intenté marcar el número de Aitana cuatro veces consecutivas. En la quinta llamada, una locución automática me informó de que mi línea había sido bloqueada.
Un vehículo blindado de color oscuro se detuvo junto a la acera. La ventanilla trasera bajó apenas unos centímetros y el chófer privado de Aitana me tendió un sobre blanco.
“La señorita Serrano pide que no vuelva a ponerse en contacto con ella ni a acercarse a sus lugares de trabajo”, dijo el chófer antes de arrancar.
Capítulo 5: La visitante de la residencia
Dentro del sobre blanco no había dinero ni explicaciones, solo una nota escrita a máquina con una dirección en el barrio de Salamanca y una hora fija para esa misma tarde.
A las cuatro me presenté ante la verja de hierro de un edificio señorial convertido en residencia geriátrica privada. El aire del recibidor olía a flores frescas y cera para muebles.
Una enfermera me guio por un pasillo enmoquetado hasta un salón privado donde una mujer anciana permanecía sentada frente a un ventanal, cubierta con una manta de lana.
Doña Beatriz Galán, la tía paterna de Mateo y antigua actriz de teatro, giró la cabeza despacio al oír mis pasos. Sus manos temblaban ligeramente sobre el apoyabrazos de la silla.
“Te pareces tanto a Sofía que me da escalofríos verte entrar”, murmuró la anciana con la voz quebrada. “Siéntate, niña. Llevo treinta años esperando este momento para aliviar esta culpa.”
Me acerqué a la silla y saqué la pequeña fotografía en blanco y negro que guardaba en la billetera.
“En 1994, mi hermano y su auditor de confianza, Rodrigo Blanco, le arrebataron la voz a tu abuela”, continuó Doña Beatriz secándose una lágrima con un pañuelo de encaje. “Le hicieron firmar un contrato abusivo aprovechando su enfermedad. Le quitaron hasta el nombre artístico para dárselo al catálogo de la empresa.”
La anciana me tomó de la mano con una fuerza imprevista.
“El grabado de esa perla que tenías en el cuello era la clave que mi hermano intentó destruir”, susurró. “Pero cometieron un error contable en la redacción que Rodrigo Blanco no pudo corregir.”
Capítulo 6: El maletín de la discreción
Dos horas después de salir de la residencia, recibí un mensaje de texto de un número fijo con una cita urgente para la mañana siguiente en una cafetería discreta del Paseo de la Castellana.
Llegué diez minutos antes. En la mesa del fondo me esperaba Rodrigo Blanco, el veterano auditor contable de Galán Media, impecablemente trajeado y con un maletín de cuero negro sobre la silla contigua.
Pidió dos cafés con leche sin mirarme a los ojos y colocó sobre la mesa de mármol un sobre manila voluminoso.
“Dentro hay cien mil euros en billetes no marcados, Valeria”, dijo abriendo ligeramente la solapa para mostrar los tacos de papel moneda. “Sin impuestos, sin registros y sin intermediarios.”
Miré el sobre y luego sus manos arrugadas que sujetaban la taza de porcelana.
“¿A cambio de qué exactamente, señor Blanco?”
“Firmas este documento de renuncia voluntaria a cualquier reclamación de derechos o apellidos relacionados con la familia Galán”, respondió sacando un bolígrafo de plata. “Y me entregas la perla original grabado hoy mismo. Te vas de Madrid y rehaces tu vida sin problemas financieros.”
El silencio se prolongó entre los dos mientras los camareros servían en las mesas adyacentes.
“Si la productora está dispuesta a entregar cien mil euros en mano en una cafetería”, dije apartando el sobre con un dedo, “significa que lo que me pertenece vale millones.”
Me levanté de la mesa dejando la taza intacta. Rodrigo Blanco apretó los dientes y volvió a guardar el dinero en el maletín con un gesto brusco.
Capítulo 7: La cláusula de los treinta años
Esa misma tarde me reuní con un abogado de oficio en una pequeña oficina cerca de los juzgados de Plaza de Castilla.
Sobre la mesa de madera barata desplegamos la copia del contrato original de 1994 que Doña Beatriz me había entregado a escondidas en la residencia.
El abogado utilizó una lupa para examinar el reverso de la última página, donde las cláusulas en letra diminuta apenas eran legibles por el paso del tiempo.
“Aquí está”, dijo deteniendo el cristal sobre el apartado duodécimo. “Mira esto.”
Señaló una frase redactada con lenguaje jurídico denso.
“El derecho de explotación de las obras registradas bajo el catálogo original tiene una vigencia máxima e improrrogable de treinta años a contar desde la fecha de la firma”, leyó el abogado en voz alta. “Salvo ratificación expresa y firmada por la autora o su heredero directo en primer grado.”
Miré el calendario de la pared. La fecha de la firma era el 15 de noviembre de 1994.
“Faltan exactamente tres días para que se cumplan los treinta años”, dije en voz baja.
“Exacto”, confirmó el letrado. “El 15 de noviembre de 2024 a las doce de la noche, si tú no has firmado una prórroga con ellos, toda la propiedad intelectual del catálogo regresa legalmente a ti.”
Capítulo 8: El robo en la pensión
Para no ser localizada por los enviados de la productora, me trasladé a una modesta pensión en una calle estrecha del barrio de Malasaña.
Dejé el arcón de madera y mi pequeña bolsa con las pertenencias personales sobre la cómoda de la habitación número 204 y bajé a la calle a comprar algo de comer en el supermercado de la esquina.
Al regresar quince minutos después, la puerta de la habitación estaba entreabierta.
Entré despacio y encontré la estancia revuelta. Las maletas estaban volcadas en el suelo, la ropa dispersa sobre la cama y el cajón principal de la cómoda totalmente extraído.
El joyero donde guardaba la perla grabada con las iniciales “S.G. 1994” había sido forzado con un cuchillo. La perla ya no estaba.
Bajé corriendo a la recepción de la pensión. El encargado, un hombre joven que evitaba mirarme a la cara, contaba varios billetes de cincuenta euros bajo la barra del mostrador.
“¿Quién ha subido a mi habitación?”, le exigí apoyando las dos manos en la madera.
“Vino una chica joven con gafas de sol grandes y abrigo de marca”, murmuró el chico guardándose el dinero en el bolsillo. “Dijo que era tu socia y que venía a recoger unos documentos de trabajo. Me dio cien euros para que le abriera con la llave maestra.”
Capítulo 9: La confesión grabada
A las nueve de la noche, la lluvia volvía a golpear los cristales de la pensión cuando alguien llamó con suavidad a la puerta de mi habitación.
Era Javier Delgado, el periodista que había firmado el titular difamatorio contra mí dos días atrás. Tenía el pelo mojado y la gabardina empapada.
“No vengo a hacer más preguntas, Valeria”, dijo dando un paso atrás en el pasillo para demostrar que no era agresivo. “Vengo porque me me he dado cuenta de que me han tomado el pelo.”
Sacó un grabador de voz digital del bolsillo de su abrigo y presionó el botón de reproducción.
La voz estridente de Aitana resonó con total claridad en el pasillo vacío de la pensión.
“Ya tengo la puñetera perla”, decía Aitana entre risas en la grabación. “La he sacado del cuchitril donde se esconde esa muerta de hambre. Voy a tirarla al río Manzanares desde el puente para que nadie vuelva a hablar de contratos antiguos.”
Javier detuvo la cinta y me miró con expresión avergonzada.
“Esta llamada la hizo desde su coche mientras yo estaba en el asiento trasero”, explicó el periodista. “Aitana me utilizó para lanzar el montaje de la extorsión. Voy a publicar la verdad mañana a primera hora.”
Capítulo 10: La duda de las plataformas
El reportaje de investigación escrito por Javier Delgado no se publicó en la prensa rosa, sino en la sección de economía de un diario nacional de tirada masiva.
El artículo detallaba las irregularidades contables de Galán Media, la apropiación indebida del catálogo de 1994 y la falsificación de firmas denunciada por la propia familia Galán.
La noticia saltó de inmediato a los teletipos de información financiera.
En la sede central de la productora, la venta corporativa a un gigante estadounidense del streaming —una operación valorada en quince millones de euros— quedó paralizada de forma fulminante.
Los auditores internacionales del fondo de inversión enviaron un burofax de urgencia a Mateo Galán congelando el primer pago de la compraventa hasta que se aclarase la titularidad legal de las canciones.
Mi teléfono volvió a sonar a mediodía. Esta vez era la secretaria personal de Mateo Galán, solicitando una reunión de emergencia en sus oficinas centrales.
Capítulo 11: La cuenta atrás de noviembre
Quedaban solo setenta y dos horas para la medianoche del 15 de noviembre.
Decidí no acudir a la cita en la sede de la productora. Apagué mi teléfono móvil, recogí el equipaje que me quedaba y regresé a la residencia geriátrica del barrio de Salamanca para refugiarme bajo la protección de Doña Beatriz.
En la oficina principal de Galán Media, las luces permanecieron encendidas durante toda la noche.
Rodrigo Blanco entró de urgencia en el despacho de Mateo Galán con un expediente rojo bajo el brazo. Los gritos del director ejecutivo se escuchaban desde el pasillo.
“Si esa chica no firma el documento de extensión antes de las doce de la noche del día quince”, advirtió el auditor con voz temblorosa, “el Registro de la Propiedad Intelectual transferirá la titularidad de forma automática.”
“Localízala”, ordenó Mateo golpeando la mesa de caoba. “Paga lo que pida. Ofrécele medio millón de euros.”
“Está inlocalizable”, respondió Rodrigo Blanco ajustándose las gafas. “Y la inspección de Hacienda acaba de solicitar los libros diarios de los últimos treinta años a raíz del artículo de la prensa.”
Capítulo 12: El silencio del vencimiento
La noche del 15 de noviembre, el ambiente en la planta ejecutiva de la productora era de absoluto silencio.
No hubo ruedas de prensa, ni comunicados oficiales, ni reuniones con abogados de última hora. Las salas de montaje y los platós de televisión continuaron su actividad habitual bajo una tensión palpable.
A las once y cincuenta y nueve minutos de la noche, las impresoras de la asesoría jurídica de Galán Media comenzaron a recibir los documentos emitidos electrónicamente por el Registro General de la Propiedad Intelectual.
A las doce en punto de la noche, el plazo legal de treinta años expiró de forma definitiva sin la firma de ningún heredero que autorizase la prórroga.
Un sistema informático centralizado emitió las notificaciones automáticas a las entidades bancarias y a las plataformas de emisión en línea.
La licencia de explotación del catálogo completo de 1994 quedó revocada al instante. Todos los ingresos por derechos de reproducción generados a partir de ese segundo quedaron retenidos en cuentas judiciales de custodia.
Capítulo 13: El colapso del imperio
Al día siguiente, el efecto dominó de la caducidad del contrato se desplegó sin necesidad de intervenciones policiales ni escándalos en los juzgados.
El fondo de inversión estadounidense retiró definitivamente su oferta de quince millones de euros para la compra de la empresa, alegando riesgo reputacional e incertidumbre sobre los activos principales.
La Agencia Tributaria notificó una inspección fiscal preventiva sobre las cuentas personales de Rodrigo Blanco por el desvío de comisiones no declaradas durante tres décadas, bloqueando sus fondos particulares.
Por su parte, las dos firmas internacionales de cosmética que patrocinaban las redes sociales de Aitana Serrano enviaron burofaxes cancelando sus contratos publicitarios, valorados en doscientos veinte mil euros anuales.
La imagen de la influencer, salpicada por las grabaciones que probaban el acoso y el robo de la perla, se volvió tóxica para las marcas de lujo.
En menos de cuarenta y ocho horas, las marcas retiraron sus productos de la vivienda de Aitana y la agencia de representación borró su perfil de la página web oficial.
Capítulo 14: La resolución de las firmas
Tres semanas después, Mateo Galán presentó su dimisión de forma silenciosa como director ejecutivo de Galán Media mediante una breve nota interna enviada a los empleados.
Sin declaraciones a los medios ni discursos de despedida, abandonó el edificio por el garaje subterráneo y se retiró de la vida pública.
Las principales emisoras de radio y cadenas de televisión nacionales actualizaron sus bases de datos musicales, sustituyendo el nombre de la productora por el de Sofía Galán en los créditos formales de cada transmisión.
A través de mi abogado de oficio, recibí la notificación oficial del banco con la liquidación inicial de las regalías atrasadas correspondientes al último ejercicio acumulado.
El expediente quedó cerrado administrativamente en los despachos del Registro, sin necesidad de que tuviera que sentarme en un banquillo a declarar frente a un tribunal.
Capítulo 15: La nueva administradora
Un tiempo después, utilicé los primeros fondos liquidados para constituir legalmente la Fundación Sofía Galán, dedicada a becar a jóvenes músicos sin recursos en la capital.
Ocupé una pequeña oficina en el centro de Madrid para gestionar el archivo histórico del catálogo musical de mi abuela.
Los antiguos mandos intermedios de la productora, los mismos que meses atrás me ordenaban limpiar los camerinos a toda prisa, me llamaban ahora por mi nombre de pila con una cortesía servil y exagerada al enviar sus informes mensuales.
Una tarde llegó a la oficina una carta certificada escrita a mano por Aitana Serrano.
En la misiva pedía disculpas por lo sucedido, justificaba su comportamiento por la presión de la industria y solicitaba una aportación económica de la fundación para financiar un nuevo canal de contenidos en internet.
Leí la carta en silencio, la doblé en cuatro partes y la archivé en la carpeta de documentos secundarios sin emitir ninguna respuesta.
Capítulo 16: El eco en la noche madrileña
Un tiempo después, recibí una invitación formal impresa en cartulina dorada para la gala anual del espectáculo en la misma mansión de La Moraleja donde todo había comenzado.
Acepté la invitación como administradora del catálogo y acudí vestida con un diseño sobrio de color negro.
En el cuello llevaba la perla original. Había sido recuperada semanas atrás por los equipos de limpieza del alcantarillado cerca del río Manzanares, ligeramente desgastada pero con la inscripción “S.G. 1994” aún perfectamente visible en el nácar.
Apenas crucé el vestíbulo de mármol, varias de las actrices y presentadores que dos años atrás se burlaban de mi presencia se acercaron con sonrisas amplias para elogiar mi trabajo al frente de la fundación.
Me acerqué a la terraza exterior donde las copas de champán brillaban bajo los focos de las cámaras de televisión.
Aitana ya no estaba en la fiesta. Mateo Galán tampoco. En su lugar, un nuevo grupo de productores jóvenes y creadores de contenido ocupaban el centro de los corrillos disputándose la atención de los fotógrafos.
Observé el reflejo de las luces sobre el agua de la piscina mientras los camareros pasaban trayendo bandejas de plata.
El dinero cambió de manos y los nombres en los carteles se renovaron, pero el aire en esta sala sigue oliendo a la misma falsedad que el día que se rompió mi collar.
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