CHAPTER 1: El Pestillo Secreto en la Puerta
Part 1
“Está durmiendo”, dijo Javier, mi yerno, con una sonrisa tensa mientras intentaba bloquear la vista de la escalera. Sabía que algo no andaba bien. Había conducido 400 kilómetros desde Sevilla hasta la mansión en la Costa Brava para visitar a mi hija Claire, y la casa de cuatro plantas, normalmente vibrante, estaba extrañamente silenciosa un viernes por la tarde. “Ella se ha sentido un poco indispuesta”, añadió Doña Elena, la madre de Javier, con una frialdad que helaba el aire. Cuando intenté acercarme a su habitación, noté el pequeño pestillo plateado en la parte exterior de la puerta de Claire, y el teclado numérico a su lado, extrañamente apagado. Mi corazón dio un vuelco: no estaba durmiendo.
El viaje desde Sevilla había sido largo, casi cuatro horas, pero la promesa de ver a mi hija Claire, mi única hija, me llenaba de energía. Había extrañado sus llamadas, sus mensajes, su risa. La última vez que habíamos hablado, sonaba distante, casi apática. Me había preocupado.
Al llegar a la Costa Brava, el sol de la tarde bañaba la costa, haciendo brillar las aguas del Mediterráneo. La mansión de cuatro plantas de Javier Muñoz-Costa se alzaba imponente sobre los acantilados, un testimonio de la fortuna que su familia había amasado. Siempre me pareció un lugar hermoso, aunque un poco demasiado grande, demasiado frío para mi Claire, una artista de corazón.
Aparqué mi modesto Seat en la amplia calzada de adoquines, justo detrás del reluciente Porsche de Javier. El césped estaba inmaculadamente cortado, las buganvillas trepaban por los muros de piedra, pero había algo… un silencio. Un silencio antinatural para una casa que solía resonar con los juegos de mi nieta Sofía o la música suave del estudio de Claire.
La puerta de caoba se abrió antes de que pudiera llamar. Javier, mi yerno, apareció con una camisa de lino impoluta y una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
“Thomas”, dijo, con un tono que intentaba ser cálido, pero se sentía forzado.
Lo abracé, un gesto que él correspondió con rigidez.
“¿Y Claire? ¿Está en casa?”, pregunté, notando que su mirada se desviaba hacia las escaleras que subían al segundo piso, donde estaban los dormitorios principales.
“Ella… sí, está en casa”, respondió Javier, y su sonrisa se tensó aún más. Intentó bloquear mi vista de la escalera, un gesto que no pasó desapercibido para mí.
En ese momento, apareció Doña Elena Costa, la matriarca de la familia de Javier. Su cabello plateado, perfectamente peinado, y sus ojos de hielo me saludaron con su habitual frialdad distante. Siempre me había despreciado, considerándome de una clase inferior.
“Thomas”, dijo, con un asentimiento breve, apenas un movimiento de cabeza.
“Elena. ¿Cómo está Claire?”, insistí, mi inquietud creciendo con cada segundo de esta extraña bienvenida.
“Ella se ha sentido un poco indispuesta”, añadió Doña Elena, su voz carente de cualquier atisbo de preocupación. “Ha tenido días difíciles”.
Sentí un escalofrío. Indispuesta. ¿Qué significaba “indispuesta”? Claire nunca había sido de salud débil. Era vibrante, llena de vida.
“Necesito verla”, declaré, intentando moverme hacia las escaleras. “He conducido 400 kilómetros. Estoy preocupado.”
Javier se interpuso, su cuerpo bloqueando el camino. “No es un buen momento, Thomas. Está descansando. El médico le ha recomendado reposo absoluto.”
“¿Qué médico?”, pregunté, mi voz subiendo un poco. “No me lo ha mencionado. ¿Le pasa algo grave?”
Doña Elena resopló, ajustándose el chal de seda. “Un poco de depresión, nada que no se resuelva con un buen descanso. Ya sabes cómo son los artistas, tan sensibles.”
Su tono despectivo hacia la profesión de mi hija me hizo hervir la sangre, pero me contuve. Mi prioridad era Claire.
“No voy a irme sin verla”, dije, con una firmeza que parecía sorprender a Javier. Él dudó, intercambiando una mirada con su madre.
“Está en su habitación, en el segundo piso”, concedió Javier finalmente, con un suspiro de derrota calculada. “Pero por favor, no la agites. Necesita paz”.
Ascendí los escalones de mármrmol, mi corazón latiendo con una mezcla de ansiedad y furia. El silencio me envolvía. Ni un sonido de música, ni un murmullo de conversación, ni siquiera el leve tintineo de Sofía jugando con sus muñecas. La casa parecía contener la respiración.
Al llegar al rellano del segundo piso, busqué la puerta del dormitorio de Claire. Era la última del pasillo, una imponente puerta de madera maciza, diferente a las demás. Al acercarme, mi vista se posó en algo que me detuvo en seco.
No era solo una puerta cerrada.
En la parte exterior de la puerta de Claire, justo debajo de la manilla, había un pequeño pestillo plateado. No era parte de la ferretería original; parecía añadido. Estaba claramente asegurado, manteniendo la puerta cerrada desde fuera.
A su lado, un teclado numérico, de esos que se usan para abrir puertas de seguridad. Mis ojos lo recorrieron. Estaba completamente apagado. Oscuro. Sin ninguna luz que indicara que estaba activo.
Mi corazón dio un vuelco, un golpe helado de pánico. No estaba durmiendo. No. Nadie pone un pestillo por fuera en la habitación de alguien que está “descansando”. Mucho menos un teclado numérico desactivado. Esto no era para mantener a Claire dentro. Esto era para mantenerla *encerrada*.
Me volví hacia Javier y Doña Elena, que habían subido los primeros escalones y me observaban con una expresión ahora indescifrable.
“¿Qué significa esto?”, exigí, mi voz apenas un susurro de rabia contenida. Señalé el pestillo, el teclado. “¡Esto no es para que Claire descanse! ¿Qué le habéis hecho?”
Javier avanzó, su cara pálida. “Thomas, es por su propio bien. A veces se… se agita. Necesita protección.”
“¿Protección de qué? ¿De sí misma?”, espeté.
Golpeé la puerta de Claire con la palma de la mano, con más fuerza de la que pretendía.
“¡Claire! ¡Soy yo, papá! ¡Abre la puerta!”
Un momento de silencio, denso y pesado, siguió a mi grito. Luego, desde el interior, un sonido tenue. No era el ruido de alguien que se despereza.
Era un gemido ahogado.
Un quejido débil, como si alguien estuviera tratando desesperadamente de hablar, o de llorar, pero con la voz rota y contenida.
Part 2
El gemido me heló la sangre. No era un lamento de sueño, sino de dolor, de debilidad extrema. Me volví hacia Javier, con los ojos inyectados en sangre.
“¡Abrid la maldita puerta ahora mismo, o juro por Dios que llamaré a la policía!”, grité, mi voz resonando en el pasillo silencioso.
Javier vaciló, mirando a su madre, que ahora parecía más preocupada por el escándalo que por Claire. Doña Elena asintió con un movimiento apenas perceptible. Con manos temblorosas, Javier tecleó un código en el teclado numérico. Un clic metálico resonó en el silencio, y el pestillo plateado se abrió con un chasquido.
La puerta se deslizó lentamente, revelando la oscuridad de la habitación. Un aire viciado, denso y pesado, se escapó del interior. El cuarto estaba casi a oscuras, con las persianas bajadas por completo. Me abrí paso, empujando la puerta para abrirla del todo, y lo que vi me destrozó el alma.
Claire estaba en la cama, hecha un ovillo bajo una manta. Pero no era mi Claire. Su cabello, antes brillante y cuidado, estaba enmarañado y sin vida. Su rostro, que recordaba redondo y lleno de vitalidad, estaba demacrado hasta los huesos, con los ojos hundidos en cuencas oscuras. La piel de su cara y sus labios estaba pálida y agrietada, como si no hubiera visto el sol ni bebido agua en mucho tiempo. Había perdido, al menos, doce kilos; estaba irreconocible.
Me precipité hacia la cama, mi mente gritando en negación. “¿Claire? Hija, ¿qué te han hecho?”
Ella intentó moverse, pero solo logró un débil quejido, su cuerpo temblando. Le tomé la mano, sintiéndola fría y huesuda. Fue entonces cuando lo vi: unas marcas rojizas y dolorosas en sus muñecas, como si hubiera estado atada, o intentado liberarse de alguna sujeción. La visión me partió en dos.
Un grito de dolor y rabia salvaje escapó de mi garganta, un sonido primitivo que llenó la habitación y el pasillo. La imagen de mi hija, mi Claire, en ese estado lamentable, me consumió.
Justo en ese momento, como si mis plegarias hubieran sido escuchadas, el sonido de una sirena de ambulancia comenzó a acercarse, rompiendo la quietud de la Costa Brava, cada vez más fuerte, hasta que pareció detenerse justo frente a la mansión. Los paramédicos que había llamado preventivamente, alertado por mi intuición, llegaron en cuestión de minutos, entrando en la habitación y constatando su estado crítico. Confirmaron desnutrición severa y deshidratación, requiriendo atención hospitalaria inmediata.
Acompañé a Claire en la ambulancia, jurando que desentrañaría cada parte de este horrible misterio. Por el espejo retrovisor, vi a Javier y Doña Elena en la entrada de la mansión, sus rostros lívidos, la máscara de preocupación finalmente abandonada, reemplazada por un terror frío. El futuro de Claire, y el destino de su familia, pendían de un hilo.
CAPÍTULO 2: El Secreto de la Receta Falsa
El olor a antiséptico en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital de la Esperanza, en Barcelona, era denso y penetrante.
Claire yacía en la cama número cuatro, casi invisible entre el enjambre de tubos y monitores que pitaban de forma rítmica.
El doctor Ricardo Vidal se acercó a mi lado con una carpeta de plástico azul bajo el brazo. Su rostro mantenía una expresión severa y profesional.
“Señor García, los resultados del panel toxicológico completo acaban de llegar del laboratorio central”, dijo el doctor Vidal, bajando la voz.
“¿Qué le han hecho a mi hija, doctor?”, pregunté, apretando los puños dentro de los bolsillos de mi chaqueta.
El médico abrió la carpeta y señaló una gráfica impresa con picos rojos.
“Hemos encontrado concentraciones extremadamente altas de Lorazepam en la sangre de su hija”, explicó el doctor Vidal. “Es un sedante de acción prolongada. Ella no tiene ninguna receta registrada para este fármaco en el sistema nacional de salud”.
Un escalofrío me recorrió la espalda mientras miraba el rostro pálido de Claire.
“Además, sus niveles de glucosa en sangre al ingresar eran de 32 miligramos por decilitro”, continuó el doctor. “Esa cifra es peligrosamente baja. Indica que no ha ingerido alimentos sólidos en al menos cinco o seis días”.
“Javier me dijo que ella no quería comer por una depresión”, murmurei, sintiendo cómo se me secaba la garganta.
“Esto no es consecuencia de una pérdida voluntaria del apetito, señor García”, interrumpió el doctor Vidal, mirándome fijamente a los ojos. “La combinación de ese sedante en altas dosis con la desnutrición severa provoca un estado de letargo profundo. Ella no podía pedir ayuda porque estaba físicamente incapacitada para reaccionar”.
“La estaban envenenando en su propia casa”, dije con un hilo de voz.
“Es una medicación forzada y una malnutrición deliberada”, afirmó el médico. “Como profesional, tengo la obligación legal de remitir este informe de urgencia al juzgado de guardia”.
“Haga lo que tenga que hacer, doctor”, respondí, sintiendo una rabia fría y calculadora extenderse por mi pecho. “Yo me encargaré del resto”.
Salí al pasillo del hospital sacando mi teléfono móvil. Ya no se trataba de una crisis médica ni de un malentendido familiar; era un crimen metódico.
La única pregunta que golpeaba mi mente mientras caminaba hacia la salida era el motivo de semejante crueldad.
CAPÍTULO 3: Los Monstruos en el Cuaderno de Sofía
A las diez de la mañana del día siguiente, regresé a la mansión de la Costa Brava escoltado por una orden judicial de visita para ver a mi nieta Sofía.
Javier no estaba en la vivienda, pero Doña Elena me recibió en el vestíbulo principal, vistiendo un traje de chaqueta gris impecable y una mirada cargada de desprecio.
“Tienes veinte minutos, Thomas”, dijo Doña Elena, cruzándose de brazos junto a la escalera de mármol. “Y la niñera estará presente en todo momento”.
Subí las escaleras en silencio hasta el cuarto de juegos de la tercera planta. Sofía estaba sentada en una alfombra circular, alineando pequeños muñecos de plástico sin emitir un solo sonido.
“Hola, mi amor”, le dije suavemente, arrodillándome a su altura.
La niña levantó la cabeza. Sus ojos oscuros reflejaban un cansancio impropio de sus siete años.
“¿Mamá va a volver?”, preguntó Sofía con voz muy baja.
“Mamá está en el hospital poniéndose buena”, le respondí, acariciándole el cabello. “¿Por qué no me enseñas lo que has estado dibujando estos días?”.
Sofía dudó un segundo, miró de reojo a la niñera que permanecía junto a la puerta, y sacó un cuaderno de tapas rosas con un unicornio dorado de debajo de un cojín.
Pasó las páginas rápidamente hasta detenerse en una hoja arrancada a la mitad.
El dibujo estaba hecho con ceras negras y rojas. En el centro, una figura humana con pelo largo y amarillo estaba encerrada dentro de una jaula con gruesas cadenas.
Fuera de la jaula, dos figuras más grandes sonreían con dientes afilados y ojos completamente rojos. Una vestía un traje azul y la otra llevaba un moño alto.
“¿Quiénes son ellos, Sofía?”, le pregunté, intentando que mi voz no temblara.
La pequeña acercó su rostro al mío y susurró contra mi oído.
“Es papá y la abuela Elena”, murmuró la niña. “Mamá estaba en la casita de su cuarto y no me dejaban darle galletas”.
En ese instante, la puerta se abrió de golpe. Javier entró en la habitación con el abrigo aún puesto y el rostro desencajado por la ira.
“Se acabó el tiempo”, sentenció Javier, caminando a pasos agigantados hacia nosotros. “¿Qué demonios le estás enseñando a la niña?”.
Arranqué la hoja del cuaderno y me la guardé de inmediato en el bolsillo interior de mi americana.
“Son solo los dibujos de tu hija, Javier”, dije poniéndome de pie y colocándome entre él y la pequeña. “Dibujos muy interesantes sobre cómo ves tú a su madre”.
“Eso son fantasías infantiles manipuladas por ti”, espetó Javier, señalándome con el índice. “Si vuelves a acosar a mi familia en mi propia casa, pediré una orden de alejamiento inmediata contra ti”.
“Inténtalo”, le respondí a escasos centímetros de su rostro.
Guardé el papel como un tesoro macabro. Aquellos trazos infantiles no eran una coincidencia; eran la prueba de que Sofía había sido testigo presencial del encierro de su madre.
CAPÍTULO 4: La Cláusula Silenciosa del Testamento
A primera hora del lunes, me reuní en Gerona con Emilio Castro, el notario que había llevado los asuntos jurídicos de la familia de mi difunta esposa durante más de tres décadas.
El despacho olía a cuero viejo y papel impreso. El señor Castro reajustó sus gafas de montura metálica mientras leía el informe médico preliminar que le entregué.
“Esto es sumamente grave, Thomas”, dijo el notario, dejando los papeles sobre la mesa de caoba.
“Necesito saber qué ganan ellos con todo esto, Emilio”, le dije, apoyando las manos en el borde del escritorio. “Javier tiene un buen sueldo en la constructora y la casa es de la familia. ¿Por qué dejar morir a Claire?”.
El notario suspiró profundamente y se levantó para cerrar la puerta doble de su despacho. Volvió a su sillón y abrió un cajón blindado.
“Existe un documento que redactó el abuelo materno de Claire hace cuatro años, justo antes de fallecer”, explicó Castro, sacando una carpeta con el sello oficial de la notaría.
“¿El testamento de Don Mateo?”, pregunté.
“Exacto”, asintió el notario. “La masa patrimonial de la herencia está valorada en 3.5 millones de euros, incluyendo fincas urbanas, fondos de inversión y la casa de la Costa Brava”.
El hombre pasó varias páginas hasta detenerse en una cláusula subrayada en rojo.
“Atento a esto, Thomas: el 70% de todo ese patrimonio pasa de forma automática y directa al cónyuge y a los descendientes directos si la heredera principal, es decir Claire, es declarada legalmente incapacitada de forma permanente antes de cumplir los cuarenta años”.
Me quedé congelado en la silla.
“¿Cuándo cumple Claire los cuarenta años?”, pregunté, aunque conocía de sobra la respuesta.
“En exactamente seis meses”, respondió el notario mirando el calendario de pared. “Si Claire llega a los cuarenta años en pleno uso de sus facultades mentales, el control total del dinero y los bienes pasa exclusivamente a su nombre, dejando a Javier sin acceso directo al capital”.
“Javier estuvo aquí preguntando por esto, ¿verdad?”, le espeté.
El notario bajó la mirada un instante antes de responder.
“Hace ocho meses, Javier vino a solicitar una copia compulsada del testamento alegando que necesitaba revisar las cargas fiscales”, admitió Castro.
El rompecabezas quedó resuelto en un segundo.
No querían matarla de inmediato; querían destruirla psicológicamente, sedarla y presentarla ante un tribunal como una enferma mental incapaz de gestionar su vida antes de que el reloj marcara su cuadragésimo cumpleaños.
CAPÍTULO 5: La Jugada Maestra de los Acusadores
Once días después del ingreso de Claire en el hospital, el timbre de mi piso en Barcelona sonó a las ocho de la mañana.
Un agente judicial me entregó una notificación urgente del Juzgado de Primera Instancia número cuatro.
Javier Muñoz-Costa y Doña Elena Costa habían presentado una demanda formal de incapacitación judicial urgente contra Claire García-Muñoz.
Junto a la demanda adjuntaban un informe psiquiátrico privado de hace siete años —de la época en que Claire sufrió una leve depresión postparto— y una docena de declaraciones firmadas por supuestos amigos de la familia que atestiguaban un “comportamiento errático, agresivo y paranoide” de mi hija en los últimos tres meses.
El documento incluía también una petición de medida cautelar para asumir la custodia exclusiva y definitiva de Sofía, acusándome a mí de “manipulación emocional de una menor”.
Fui inmediatamente al despacho de Carlos Soto, un abogado especialista en derecho de familia con el que había contactado días atrás.
Soto leyó la citación frunciendo el ceño mientras daba caladas lentas a su bolígrafo.
“Han jugado rápido y con mucha sangre fría, Thomas”, dijo Soto, dejando el documento sobre la mesa. “Aprovechan que Claire sigue convaleciente en el hospital y no puede declarar por sí misma”.
“Pero tenemos el informe del doctor Vidal sobre los sedantes”, protesté, sintiendo un nudo en el estómago.
“Un informe toxicológico demuestra que había fármacos en su organismo, pero sus abogados argumentarán que ella misma los ingirió debido a su estado mental inestable”, replicó el abogado. “La familia Muñoz-Costa tiene recursos, influencia y un apellido de peso en la comarca”.
“¿Qué significa esto para Sofía?”, pregunté.
“Significa que la vista previa para la custodia de la niña y la evaluación de la incapacidad de Claire se celebrará dentro de tres semanas”, dijo Soto mirando la fecha del sello judicial.
“Si no presentamos pruebas directas e irrefutables de que ellos le administraron esas sustancias por la fuerza, el juez nombrará a Javier como tutor legal de Claire y de todo su patrimonio”.
“Tengo el dibujo de la niña”, recordé desesperado.
“Es un indicio emocional, Thomas, pero no una prueba penal concluyente ante un juez de familia”, respondió Soto con frialdad profesional. “Necesitamos algo que rompa su versión por completo. Si no lo encontramos en veintiún días, habremos perdido”.
CAPÍTULO 6: El Viejo Amigo y un Recuerdo Clave
Esa misma tarde me reuní con Lucía Martín en una cafetería tranquila cerca del Parque de la Ciudadela.
Lucía conocía a Claire desde los cinco años y era la única persona de su círculo social que jamás se había dejado impresionar por la fortuna de los Muñoz-Costa.
Le mostré las copias de la citación judicial y el informe notarial sobre la cláusula de los 3.5 millones de euros.
“Esos dos monstruos lo tenían todo planificado”, dijo Lucía, apretando la taza de café con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. “Claire me dijo hace meses que se sentía observada en su propio estudio”.
“¿Su estudio de pintura?”, pregunté. “El que está pegado al dormitorio principal?”.
“Sí”, asintió Lucía, inclinándose hacia adelante sobre la mesa. “Ella notó que alguien entraba por las noches y movía sus lienzos. Pensaba que la criada o Javier querían copiar sus técnicas o vender sus bocetos a sus espaldas”.
Lucía se detuvo en seco y se llevó la mano a la boca.
“¡Dios mío, Thomas!”, exclamó con los ojos abiertos como platos.
“¿Qué pasa, Lucía?”, pregunté impaciente.
“En octubre fuimos juntas a una tienda de electrónica en el centro comercial de Las Glorias”, dijo ella velozmente. “Claire compró una cámara de seguridad en miniatura, de la marca VigilantPro”.
“¿Una cámara oculta?”, pregunté.
“Sí, una redonda, del tamaño de una moneda de dos euros”, confirmó Lucía. “La ocultó dentro de un bote de pinceles en la estantería alta del estudio, enfocando hacia la mesa de trabajo y la puerta divisoria de la habitación. Tenía un sensor de movimiento y grababa directamente en una tarjeta de memoria interna”.
El corazón me dio un vuelco violento.
“¿Esa cámara sigue allí?”, pregunté.
“Claire no volvió a mencionarla, pero jamás la quitó de ese sitio”, dijo Lucía. “Si la cámara estuvo activa durante los meses en que la mantuvieron encerrada, tiene que haber registrado algo”.
Nos miramos en silencio durante unos segundos.
El problema era evidente: la cámara estaba dentro de la mansión de la Costa Brava, una propiedad custodiada con alarmas y bajo el control absoluto de Javier y Doña Elena.
Entrar allí a buscarla sin una orden de registro de la policía era un delito que podía dar al traste con toda nuestra defensa legal.
CAPÍTULO 7: La Voz Desde las Sombras: La Antigua Ama de Llaves
Al día siguiente, a las tres de la tarde, sonó mi teléfono móvil mientras estaba sentado junto a la cama de Claire en la habitación del hospital.
Era un número desconocido.
“¿Señor Thomas García?”, preguntó una voz de mujer temblorosa al otro lado de la línea.
“Sí, soy yo. ¿Quién habla?”.
“Soy Carmen… Carmen Rojas, la antigua ama de llaves de la casa de Don Javier”, dijo la mujer, haciendo una pausa para tomar aire. “He visto en la prensa local las noticias sobre la salud de la señora Claire”.
“Carmen”, dije, levantándome de la silla para salir al pasillo. “Javier me dijo que usted había dimitido hace dos meses”.
“Eso es mentira, señor Thomas”, respondió la mujer con firmeza. “Me despidieron de un día para otro sin indemnización porque me sorprendieron intentando llevarle un plato de sopa caliente a la señora Claire a su habitación”.
Apreté el teléfono contra mi oreja.
“Carmen, ¿usted sabe lo que le estaban haciendo?”, pregunté.
“Yo vi cosas muy raras, señor”, confesó Carmen. “La señora Elena traía unas pastillas blancas sin caja y obligaba a Don Javier a mezclarlas con los zumos de la mañana. Cuando la señora Claire se negaba a beber, ellos se la sujetaban de las muñecas”.
Un nudo ardiente se me formó en la garganta.
“Carmen, necesito que declare esto ante el juez”, le supliqué.
“Hay algo más, señor Thomas”, interrumpió la mujer. “El día que me despidieron, Don Javier me entregó un disco duro externo con las grabaciones de las cámaras del circuito cerrado del jardín y los pasillos. Me ordenó que lo llevara a un servicio técnico para formatearlo por completo porque decía que tenía un virus”.
“¿Y lo formateó?”, pregunté conteniento el aliento.
“No”, respondió Carmen con voz firme. “Conozco a esa familia desde hace cinco años y sé de lo que son capaces. Hice una copia completa de todos los archivos en mi propio ordenador antes de entregarle el disco vacío a su yerno. Tengo grabaciones de los últimos cuatro meses”.
La adrenalina me recorrió las venas como una descarga eléctrica.
“Carmen, dígame dónde está”, dije inmediatamente. “Voy a buscarla ahora mismo”.
CAPÍTULO 8: La Trampa para un Traidor
Fijamos el encuentro para las cinco de la tarde en la terraza de una cafetería apartada en el paseo marítimo de Sitges, a 60 kilómetros de la mansión.
Carlos Soto, mi abogado, me acompañó en el vehículo.
Lucía llegó unos minutos más tarde para servir de testigo adicional.
Carmen Rojas estaba sentada en un rincón de la terraza, vistiendo un abrigo oscuro y sujetando un bolso de mano de cuero contra su pecho.
“Aquí está todo, señor Thomas”, dijo Carmen, sacando un disco duro externo envuelto en una bufanda de lana. “Están las imágenes de los pasillos donde se ve a Don Javier cerrando el pestillo por fuera con el teclado numérico”.
Antes de que pudiera coger el dispositivo, el chirrido de unos neumáticos rompió la tranquilidad de la calle.
Un sedán negro con los cristales tintados se detuvo en seco junto al bordillo.
La puerta del copiloto se abrió y Javier bajó a toda prisa, acompañado por un hombre corpulento con chaqueta de cuero. Nos habían estado siguiendo.
“¡Entrégame eso ahora mismo, Carmen!”, gritó Javier, abalanzándose hacia nuestra mesa con los ojos inyectados en sangre. “¡Estás violando un contrato de confidencialidad y te voy a meter en la cárcel!”.
Lucía reaccionó al instante. Se levantó de golpe, tirando su silla de madera y cruzándose en el camino de Javier.
“¡A ella no la tocas, sinvergüenza!”, le gritó Lucía a milímetros de su cara, empujándolo del pecho con ambas manos.
Javier intentó esquivarla, pero la discusión atrajo de inmediato la atención de varios transeúntes y camareros que salieron a la terraza.
“¡Aprovecha, Thomas, vete!”, me chilló Lucía sin soltar la solapa de la chaqueta de Javier.
Agarré el disco duro envuelto en la bufanda, tomé a Carmen fuertemente del brazo y nos echamos a correr hacia el pasaje peatonal adyacente que llevaba hacia el casco antiguo de Sitges.
El hombre de la chaqueta de cuero intentó perseguirnos, pero el lío provocado por Lucía y las mesas volcadas le impidieron el paso en los primeros segundos clave.
Giramos a la derecha por un callejón estrecho de piedras y subimos escaleras arriba hasta llegar a la plaza de la iglesia.
Nos metimos en el coche de mi abogado, que había quedado aparcado en la zona alta.
Soto arrancó el motor y aceleró por la travesía principal en dirección a la autopista C-32.
Miré por el cristal trasero. Javier permanecía de pie en medio de la calle, con el rostro rojo de ira y el teléfono móvil pegado a la oreja.
Teníamos la prueba definitiva en nuestras manos, pero sabíamos que los Muñoz-Costa no se detendrían ante nada ahora que sabían que su secreto estaba al descubierto.
CAPÍTULO 9: El Veredicto del Video y la Pastilla
La sala número dos del Juzgado de Primera Instancia de Barcelona estaba en absoluto silencio el jueves por la mañana.
En la mesa de la acusación se sentaban Javier y Doña Elena, impecablemente vestidos de oscuro, junto a su equipo de tres abogados.
En nuestra mesa, Carlos Soto mantenía el disco duro conectado a la torre de ordenadores del juzgado y una pequeña caja de metacrilato con precinto policial sobre la madera.
La jueza, una mujer de mediana edad y rostro severo, miró los documentos presentados por la parte demandante.
“La acusación solicita la incapacitación civil inmediata de Doña Claire García-Muñoz basándose en los informes de inestabilidad psíquica aportados”, comenzó la jueza.
El abogado de Javier se puso de pie con aire autosuficiente.
“Señoría, la paciente sufre un brote psicótico severo con pérdida de la realidad”, expuso el letrado. “Nuestros clientes solo han intentado protegerla en el entorno familiar”.
Carlos Soto se levantó de inmediato.
“Con la venia de su Señoría”, dijo Soto con voz firme. “Queremos presentar dos pruebas fundamentales antes de que se tome cualquier resolución”.
Soto hizo una señal al doctor Ricardo Vidal, quien subió al estrado de los testigos luciendo su bata médica.
“He realizado el análisis forense de la sustancia encontrada en la mesa de noche del dormitorio de la víctima”, declaró el doctor Vidal. “Es Lorazepam puro de 5 miligramos, un sedante no recetado que induce confusión mental y somnolencia severa. Coincide exactamente con los niveles hallados en la sangre de la paciente”.
El abogado de Javier intentó protestar, pero la jueza levantó la mano para hacer silencio.
“Señoría”, continuó Soto, “procedemos a reproducir el archivo de video recuperado de la memoria interna de la vivienda, correspondiente al pasado 14 de febrero”.
El secretario judicial bajó la pantalla enrollable de la pared y encendió el proyector.
Las imágenes aparecieron en alta definición. La cámara, situada en el bote de pinceles del estudio, mostraba perfectamente la puerta de comunicación con el dormitorio de Claire.
En el video se veía a Javier sosteniendo a Claire por los hombros mientras ella intentaba mover la cabeza de un lado a otro.
Doña Elena apareció en escena sujetando un vaso de agua y le introdujo dos pastillas blancas en la boca a la fuerza, apretándole la nariz hasta que la joven se vio obligada a tragar.
“Si dices algo a la policía o a tu padre”, se escuchó decir con total claridad la voz de Doña Elena en los altavoces de la sala, “le diremos al juez que estás loca y nunca más volverás a ver a Sofía. El dinero de tu abuelo es de esta familia, no tuyo”.
En el segundo 40

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