CHAPTER 1: El calor de las sombras
Part 1
“No te dejes llevar por la compasión, Lucía, ese anciano ya es solo un cadáver”, me dijo mi mejor amigo Mateo mientras los administradores cerraban la cámara fría del Palacio de Santillana.
El duque Don Gonzalo de la Vega yacía inerte tras recibir un disparo durante la gala del patrimonio, y el notario de la familia acababa de certificar su muerte legal para desbloquear ochenta y cinco millones de euros.
Recordando que Don Gonzalo había financiado el hospital de mi hermana Sofía antes de que ella falleciera hace cuatro meses, me colé a medianoche en la cripta helada y abracé su cuerpo rígido para darle mi propio calor.
Después de tres horas en la penumbra, entre el frío de mis huesos, sentí un latido débil debajo de su pecho.
Pero revivir al patriarca no trajo la justicia que buscaba, sino una verdad destructiva que cambiaría mi vida para siempre.
El eco de los disparos aún resonaba en las paredes del Salón de los Tapices. Los invitados de la alta sociedad madrileña, ataviados con sus mejores galas, se dispersaban en un torbellino de pánico y murmullos.
Copas de champán rotas brillaban bajo la luz de los candelabros.
Lucía Mendoza, archivera del palacio y testigo muda de la tragedia, sentía el aliento frío del invierno filtrarse por las rendijas de los ventanales góticos. La noche de la gala del patrimonio había terminado en un reguero de sangre y confusión.
Don Gonzalo de la Vega, duque de Santillana y señor del palacio, había caído.
Su figura imponente yacía ahora sobre un lienzo de terciopelo, mientras los médicos forenses trabajaban con una prisa desacostumbrada. Su rostro, habitualmente adusto, estaba cubierto por una sábana blanca.
El notario Esteban Ramos, un hombre de cincuenta y ocho años con un traje de corte impecable, se inclinó sobre una mesa auxiliar. Su bolígrafo rasgó el papel con una firmeza que no se correspondía con la solemnidad del momento.
“Certifico la muerte provisional del duque Don Gonzalo de la Vega”, anunció con una voz que intentaba ser grave, pero que revelaba un brillo inusual en sus ojos.
Una hoja de papel con membrete ducal cambió de manos. Era el certificado provisional que desbloqueaba la inmensa fortuna familiar, estimada en ochenta y cinco millones de euros.
Los administradores se apresuraron a cumplir las órdenes. El cuerpo del duque debía ser trasladado a la cripta familiar. Allí permanecería, aislado del mundo exterior, hasta la autopsia oficial.
La cripta, un laberinto de piedra bajo el palacio, era un lugar que Lucía conocía bien. Guardaba los secretos y los restos de generaciones de la Vega.
Ella se mantuvo al margen, observando la escena con el corazón encogido. Cuatro meses. Solo cuatro meses habían pasado desde que Sofía, su hermana pequeña, había fallecido.
El recuerdo de la sonrisa de Sofía, de su vitalidad desbordante, le quemaba en el pecho.
Don Gonzalo había sido el único que extendió una mano. Había financiado el hospital donde Sofía recibió sus últimos cuidados, un gesto que Lucía nunca podría olvidar.
En medio del caos y el dolor, se aferraba a esa bondad. Ese anciano, a pesar de su reputación de hombre frío y calculador, había mostrado compasión cuando nadie más lo hizo.
Esa noche, Lucía no podía permitir que el duque se fuera solo, envuelto en el frío gélido de la cripta. Sentía que le debía un último acto de gratitud.
Una decisión se formó en su mente, arriesgada y desquiciada.
Esperó a que la mayoría del personal de servicio se retirara, a que los últimos flashes de los paparazzi se desvanecieran en la distancia. El palacio se sumió en un silencio denso, roto solo por el crepitar ocasional del mármol frío.
A medianoche, con una linterna de mano y el corazón latiéndole desbocado, Lucía se deslizó por un pasadizo secreto. Era una vía que solo los archiveros conocían, un atajo directo a las profundidades de la cripta.
El aire se volvió cada vez más pesado y frío a medida que descendía. El olor a humedad y a siglos de historia impregnaba cada rincón.
Las antorchas automáticas se encendieron con un suave zumbido, revelando una hilera de sarcófagos de piedra. Al final de la sala, sobre una losa de mármol, yacía el cuerpo del duque.
Estaba envuelto en un sudario de lino blanco, la temperatura de la cámara fría ya había comenzado su trabajo.
Lucía se acercó, sus pasos amortiguados por la oscuridad. La imagen de Don Gonzalo, inerte y desprovisto de su habitual autoridad, le heló la sangre.
Con manos temblorosas, descorrió el sudario. El rostro del duque estaba pálido, casi cerúleo, sus facciones endurecidas por el frío.
Un nudo se formó en la garganta de Lucía. Era un rostro que había visto miles de veces en los retratos, pero nunca tan vulnerable.
Lentamente, con una mezcla de respeto y una desesperada necesidad de conexión, Lucía se recostó junto a él. Abrazó su cuerpo rígido, pegando su propio costado al del duque.
Quería que su calor, el calor de un alma agradecida, alcanzara al hombre que había sido su benefactor. Quería infundirle vida, aunque fuera solo en espíritu.
Las horas se arrastraron. El frío calaba hasta los huesos de Lucía, pero no se movía. Se aferraba a la idea de que su presencia, su simple acto de amor, era lo correcto.
En la penumbra helada, un sonido inconfundible llegó a sus oídos. Voces.
¿Quién podría estar en la cripta a esa hora?
Los susurros se hicieron más claros, amplificados por las paredes de piedra. Una voz familiar, inconfundiblemente la de Mateo Trujillo, su amigo de la infancia y asesor financiero del duque, resonó en la oscuridad.
“Sí, Carla”, dijo Mateo, su voz teñida de una falsa cordialidad que Lucía conocía bien.
“El notario ya lo ha certificado. Es cuestión de horas para que la firma final del traspaso de la finca se formalice.”
Lucía sintió que un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío le recorría la espalda. Sus oídos se agudizaron, intentando discernir cada palabra.
Carla. Carla Valenzuela, la inversora inmobiliaria marbellí que había estado rondando el palacio durante semanas.
La voz de Mateo continuó, más clara ahora. “No te preocupes por el precio, el duque lo dejó claro en su testamento: el palacio se vende. Y, con él fuera de juego, la venta por doce millones de euros es un hecho consumado.”
Doce millones de euros.
La cripta, el palacio, la herencia de los Santillana. Todo se estaba negociando en ese mismo instante, mientras el cuerpo del duque aún yacía inerte a su lado.
Lucía contuvo la respiración. Sus ojos se fijaron en el rostro pálido de Don Gonzalo.
Mateo estaba aquí. En la cripta. Negociando la venta del hogar de los de la Vega, el lugar que Sofía había admirado, mientras el duque apenas había sido declarado muerto.
No solo eso, sino que también estaba hablando del notario, de la “firma final del traspaso”.
Era un trato. Un trato a sus espaldas.
El sonido de unas pisadas alejándose lentamente confirmó sus peores sospechas.
Las voces se desvanecieron. Lucía se quedó sola de nuevo, el cuerpo de Don Gonzalo a su lado.
Pero el frío que ahora sentía no venía de la losa de mármol, sino de una revelación devastadora que se abría paso en su mente: la traición.
Part 2
El susurro de Mateo se hizo más frío, más calculador.
“No te preocupes, Carla. El ‘accidente’ ha salido a la perfección. Abrí la puerta al tirador, tal como habíamos planeado. Nadie sospechará de un empleado tan leal. Con el duque fuera de juego, la sucesión se acelera y la finca es nuestra en cuestión de horas”.
Un nudo gélido se formó en mi estómago. No era solo la venta del palacio. Era un asesinato. Mateo, mi amigo de la infancia, el confidente, había sido parte de ello. Me había engañado a mí y a todos.
Escuché el sonido metálico de la puerta de la cámara frigorífica cerrarse con un golpe seco, que resonó en el silencio sepulcral de la cripta. Sus pasos se alejaron, dejándome sola con la macabra verdad y el cuerpo del hombre al que acababa de traicionar.
El aire helado de la cámara me golpeó con renovada intensidad, pero el frío en mi corazón era mucho más profundo. Mis manos temblaban mientras me incorporaba, sintiendo la rabia y la incredulidad bullir en mi interior.
Mateo. Todo este tiempo.
Respiré hondo, tratando de calmar el temblor de mis manos. Apenas había luz en la cripta, solo las tenues antorchas automáticas.
Me acerqué de nuevo a Don Gonzalo. La traición de Mateo había eclipsado todo, pero el duque yacía allí, y mi instinto me decía que algo no encajaba.
Con el oído pegado a su pecho, y el pulso agitado, intenté detectar cualquier signo de vida. Algo. Lo que fuera.
Y entonces, lo sentí.
Débil. Casi imperceptible. Un latido de apenas veinte pulsaciones por minuto, como el aleteo de un insecto atrapado. Y una respiración leve, tan sutil que pensé que era el viento.
Mis dedos se deslizaron por su cuello, buscando la arteria carótida. El pulso, aunque débil, estaba ahí.
La desesperación se mezcló con una nueva y terrible esperanza.
Descorrí un poco más el sudario, revisando su piel pálida. Y ahí, justo debajo de la oreja, en la zona donde el disparo había sido superficial según los forenses, encontré una marca diminuta.
Una perforación tan fina que apenas era visible. Como la huella de una aguja hipodérmica.
El horror se apoderó de mí. No estaba muerto. No había muerto por el disparo.
Estaba vivo, pero su cuerpo estaba inerte. Bajo los efectos de algo.
Habían intentado matarlo, sí, pero no con una bala. Estaba paralizado.
CAPÍTULO 2: La prensa de la corte
Empujé la pesada puerta de hierro del pasadizo de servicio, dispuesta a correr hasta la garita de entrada y llamar a Urgencias.
Al desembocar en la arquería del patio central, una sombra cruzó el corredor de piedra.
Mateo estaba allí apoyado contra una columna, sosteniendo una tablet iluminada.
“¿A dónde vas con tanta prisa, Lucía?”, preguntó con voz pausada.
Antes de que pudiera responder, estiró el brazo y me quitó el teléfono del bolsillo con un movimiento seco.
Traté de recuperarlo, pero él me dio un empujón firme en el pecho que me hizo retroceder dos pasos.
“Mira esto antes de cometer una estupidez”, dijo, girando la pantalla hacia mi rostro.
El encabezado de un conocido portal de noticias de Madrid brillaba con letras rojas sobre fondo blanco.
“Tragedia y desvarío en el Palacio de Santillana: una empleada sufre un brote psicótico tras la pérdida de su hermana e intenta profanar la capilla ducal.”
“He enviado esa nota a diez periódicos hace cinco minutos”, murmuró Mateo con una sonrisa helada.
“Nadie va a creer a una chica desequilibrada que afirma que un muerto respira.”
Tres guardias de seguridad privada aparecieron por el fondo del pasillo con las linternas encendidas.
“Señores, por favor”, les dijo Mateo, señalándome con lástima fingida. “Acompañen a Lucía al archivo del sótano y manténganla allí hasta que llegue el equipo médico que he contratado.”
Intenté gritar y correr hacia el teléfono fijo de la recepción, pero dos de los guardias me sujetaron firmemente por los brazos.
CAPÍTULO 3: El libro de cuero negro
El chasquido de la cerradura resonó en el sótano como un golpe de martillo.
Me quedé a oscuras entre las estanterías de roble donde se guardaban los mapas y legajos del siglo XVIII.
Pasé la mano por los muros de piedra húmeda hasta encontrar la antigua reja de ventilación que conectaba con el vestidor privado del duque.
Saqué del bolsillo un manojo de llaves maestras que conservaba por mi trabajo de archivera.
Forcé el pasador de hierro de la rejilla con un llavín de hierro forjado hasta que el metal cedió con un crujido sordo.
Gateé a través del estrecho conducto hasta salir detrás de un tapiz en la planta noble.
El vestidor de Don Gonzalo olía a tabaco caro y perfume de sándalo.
Sobre la mesa de noche descansaba la chaqueta de terciopelo azul que el duque llevaba puesta antes del tiroteo.
Palpé los bolsillos interiores buscando algún documento y mis dedos tocaron una libreta pequeña encuadernada en cuero negro.
Encendí una vela del candelabro de la pared para revisar las páginas escritas con la caligrafía apretada de Gonzalo.
En las últimas hojas aparecía una lista de transferencias bancarias firmadas por Mateo Trujillo.
Un total de 4,5 millones de euros habían sido desviados desde la cuenta de la Fundación Médica De la Vega hacia una entidad privada en Ginebra.
Escuché voces elevadas que venían del Salón de los Espejos, justo al final del pasillo.
CAPÍTULO 4: El desliz del notario
Me pegué a las cortinas del pasillo para observar el interior del gran salón.
Mateo estaba de pie junto a una mesa de caoba junto a Carla Valenzuela, la inversora inmobiliaria de Marbella.
“Firmemos el contrato de precompra por doce millones de euros ahora mismo”, decía Mateo, entregándole un bolígrafo de oro.
En ese momento, el bastón con empuñadura de plata de Doña Beatriz golpeó con fuerza el suelo de mármol.
La anciana de ochenta y dos años avanzó desde el fondo de la estancia, erguida y con la mirada fija en el notario.
“Detengan esa firma inmediatamente”, ordenó Doña Beatriz con voz firme.
El notario Esteban Ramos se limpió el sudor del cuello con un pañuelo de seda.
“Doña Beatriz, el señor duque ha fallecido y el certificado provisional está correctamente emitido”, justificó Ramos, dando un paso atrás.
“Quiero ver el informe definitivo de la autopsia”, exigió la anciana, apoyando ambas manos en su bastón.
El notario, visiblemente alterado por la presión, levantó los brazos de forma atropellada.
“¡El documento cumple estrictamente con la cláusula de renuncia que usted firmó tres días antes del incidente, Don Gonzalo!”, exclamó Ramos.
El salón se quedó en un silencio absoluto.
Carla Valenzuela soltó el bolígrafo sobre la mesa y miró al notario con el ceño fruncido.
“¿A quién le está hablando, Ramos?”, preguntó Doña Beatriz con voz helada. “Gonzalo supuestamente murió esta noche, no hace tres días.”
CAPÍTULO 5: La descarga del cielo
Un estruendo ensordecedor sacudió los cimientos del Palacio de Santillana.
Un rayo cayó directamente sobre el pararrayos de la torre norte, iluminando los ventanales con un resplandor blanco e hirviente.
La luz eléctrica de la estancia se apagó de golpe mientras el chisporroteo del transformador del sótano resonaba por los conductos.
En la cripta subterránea, la sobrecarga eléctrica viajó a través de las tuberías metálicas del sistema de refrigeración.
Una descarga de alta intensidad atravesó la mesa de piedra sobre la que yacía el cuerpo del duque.
Las lámparas de emergencia del pasillo se encendieron con un tono rojizo.
Desde el fondo de la escalera de la capilla se escuchó un gemido profundo y rasgado.
Era el sonido de unos pulmones luchando por tomar aire tras horas de parálisis tóxica.
Los sirvientes presentes en el pasillo se congelaron en su sitio.
Corrí hacia la entrada de la capilla antes de que Mateo pudiera reaccionar.
baje los peldaños de dos en dos hasta llegar a la cámara fría.
Don Gonzalo estaba sentado sobre la losa de mármol, temblando convulsivamente y con los ojos muy abiertos.
CAPÍTULO 6: El regreso del patriarca
“Lucía…”, articuló Gonzalo con una voz ronca y quebrada por el frío.
Me acerqué rápidamente y le eché por los hombros la manta pesada que guardaba en el mueble auxiliar.
El duque intentó ponerse en pie, pero sus piernas entumecidas cedieron.
Lo sostuve por la cintura, dejando que su brazo derecho se apoyara sobre mis hombros.
“Tranquilo, Don Gonzalo, lo tengo”, le murmuré mientras avanzábamos paso a paso hacia la salida.
Subimos la escalera de caracol muy despacio, escuchando el murmullo tenso que provenía del Salón de los Espejos.
Empujé las puertas dobles con la mano que me quedaba libre.
El impacto visual detuvo cualquier conversación en la sala.
Mateo dio dos pasos hacia atrás, tropezando con una silla de terciopelo.
La inversora Carla Valenzuela ahogó un grito y se llevó las manos a la boca.
Don Gonzalo de la Vega estaba allí, pálido como el mármol, apoyado en la humilde archivera a la que sus empleados acababan de difamar.
“Buenas noches a todos”, dijo el duque, barriendo la estancia con una mirada llena de veneno.
CAPÍTULO 7: El colapso del traidor
Dos patrullas de la Policía Nacional entraron en el patio tras haber sido alertadas por los vecinos debido a la tormenta.
Gonzalo se soltó de mi hombro y se apoyó con firmeza en el respaldo de un sillón.
“Notario Ramos”, dijo el duque con voz implacable. “Repita delante de la autoridad lo que acaba de mencionar sobre la cláusula.”
El notario miró a Mateo buscando una salida, pero el joven gestor le dio la espalda.
Aproveché la confusión para entregarle al inspector al mando el cuaderno de cuero negro que había recuperado del vestidor.
“Aquí están los registros de las cuentas suizas”, dije en voz alta.
El inspector hojeó la libreta y miró fijamente a Mateo Trujillo.
“Esto no es lo que parece”, intervino Mateo, alzando las manos. “Yo solo intentaba proteger el patrimonio familiar de la mala gestión.”
El notario Ramos, al verse acorralado y sin escapatoria legal, se derrumbó sobre la mesa.
“¡Él me pagó quinientos mil euros!”, gritó Ramos señalando a Mateo.
“Mateo me dio la neurotoxina y me ordenó certificar la muerte biológica antes de que llegara el forense”, confesó el notario entre sollozos.
Los agentes rodearon inmediatamente a Mateo y le colocaron las esposas de acero.
CAPÍTULO 8: La tercera verdad
Mientras los agentes redactaban la atestación en el centro del salón, Doña Beatriz tomó el cuaderno de cuero de la mesa.
La anciana comenzó a revisar los anexos de la fundación que Gonzalo había mantenido ocultos al fondo del libro.
De pronto, la mano de la mujer empezó a temblar ligeramente.
“Gonzalo”, dijo Doña Beatriz, levantando la vista hacia su sobrino.
El patriarca no pestañeó.
“¿Qué significa esta orden de cancelación de transferencia firmada hace cuatro meses?”, preguntó la anciana con voz cortante.
Se hizo un silencio espeso en la estancia.
Doña Beatriz se giró hacia mí con una mirada cargada de una pena profunda.
“Aquí consta la suspensión del presupuesto para la fase experimental del tratamiento médico de Sofía Mendoza”, leyó Doña Beatriz en voz alta.
“Trescientos mil euros que estaban destinados al hospital donde ingresaron a tu hermana, Lucía.”
La anciana señaló la línea siguiente del documento.
“El dinero fue retirado el mismo día para pagar el remate de un cuadro de paisaje inglés en una subasta de Sotheby’s en Londres.”
Me quedé completamente inmóvil, sintiendo que el suelo desaparecía bajo mis pies.
CAPÍTULO 9: La voz del hielo
Miré a Don Gonzalo a los ojos, esperando escuchar una negativa, un error de transcripción o una disculpa.
El duque se acomodó la solapa de su chaqueta con total parsimonia.
“La pintura era una pieza única del siglo XIX que debía permanecer en la colección de esta casa”, declaró Gonzalo sin alterar el tono.
“La medicina de esa muchacha era un experimento sin garantías de éxito comercial.”
No había un solo rastro de culpa en su rostro.
“Le salvé la vida esta noche”, alcancé a decir con un hilo de voz que me quemaba la garganta.
Gonzalo me miró de arriba abajo como si fuera un mueble estropeado.
“Tus servicios en el palacio han terminado esta misma noche, señorita Mendoza”, respondió el duque fríamente.
“Y te sugiero que no intentes acudir a los medios con historias absurdas.”
El anciano hizo un gesto vago hacia la puerta.
“La nota de prensa sobre tu inestabilidad mental ya está en circulación”, añadió Gonzalo. “Nadie creerá la palabra de una empleada despedida contra la casa de la Vega.”
CAPÍTULO 10: La expulsión de los portones
Los agentes policiales comenzaron a escoltar a Mateo Trujillo hacia el patio exterior.
Al pasar a mi lado, Mateo me miró de reojo con una sonrisa amarga y torcida.
“Te lo dije, Lucía”, me susurró al oído. “En esta casa nadie es inocente.”
Dos guardias privados del palacio me entregaron una caja de cartón mal cerrada con mis pocos objetos personales.
Me empujaron suavemente hacia la puerta trasera que daba al callejón de servicio.
El viento de la madrugada traía una lluvia fina y helada que me empapó el rostro de inmediato.
Escuché el pesado portón de roble cerrarse a mis espaldas con un cerrojo definitivo.
Caminé por el pavimento mojado sosteniendo la caja contra mi pecho para evitar que se deshiciera.
No me quedaba empleo, mi reputación pública estaba destruida y la imagen del benefactor de mi hermana se había disuelto en la nada.
CAPÍTULO 11: La última copa en palacio
En el Salón de los Espejos, Don Gonzalo sirvió dos copas de jerez desde una licorera de cristal de bohemia.
Caminó hasta el ventanal y observó la silueta del palacio iluminada por los destellos lejanos de la tormenta.
“Hemos limpiado la casa de traidores en una sola noche, tía”, dijo Gonzalo, ofreciéndole una de las copas a Doña Beatriz.
La anciana permaneció de pie junto a la chimenea apagada, con los brazos cruzados sobre el pecho.
Miró la copa de vino y luego a su sobrino con absoluto desprecio.
“No has limpiado nada, Gonzalo”, respondió Doña Beatriz sin aceptar la bebida.
“Lo único que has conseguido es matar la última pizca de humanidad que quedaba entre estos muros.”
La mujer dio media vuelta y caminó hacia sus aposentos privados, dejando resonar el golpe de su bastón por el pasillo vacío.
Gonzalo se quedó solo en el centro del salón rodeado de sus valiosas pinturas de colección.
Se llevó la copa a los labios, pero fue incapaz de tragar.
Un frío denso y profundo, nacido en lo más oscuro de sus huesos, se negó a abandonar su cuerpo.
CAPÍTULO 12: La caminata por la villa
Caminé sin rumbo fijo durante horas por las avenidas desiertas del centro de Madrid.
La lluvia me pegaba la ropa al cuerpo y los zapatos me rozaban la piel a cada paso.
Al cruzar la plaza de Callao, me detuve un instante frente a las grandes pantallas publicitarias que iluminaban la fachada de los cines.
En la marquesina digital de noticias locales aparecía de nuevo el titular filtrado por Mateo sobre mi supuesta crisis nerviosa.
La gente madrugadora que esperaba el primer autobús pasaba a mi lado sin mirarme.
No me quedaba dinero para pagar un taxi ni fuerzas para buscar un refugio.
Apreté los puños dentro de los bolsillos de la chaqueta y continué caminando en dirección sur.
Dejé atrás los edificios altos del centro y me adentré en las calles estrechas que descendían hacia el río Manzanares.
Solo me quedaba un lugar al que ir en todo Madrid.
CAPÍTULO 13: El umbral de San Isidro
Las primeras luces del alba tiñeron el cielo madrileño de un tono gris metálico.
Llegué ante las altas puertas de hierro forjado del cementerio de San Isidro justo cuando el guardián retiraba la cadena principal.
El hombre me miró con extrañeza por mi ropa mojada, pero no dijo nada y me dejó pasar.
El olor a tierra mojada y a pino impregnaba el aire de la mañana.
En el arcén del camino de entrada vi una pequeña flor silvestre de color amarillo que crecía entre las grietas del asfalto.
Me agaché, la corté con cuidado y la guardé en la palma de mi mano.
Avancé en silencio por la avenida principal entre las filas de cipreses y los panteones de mármol.
El ruido del tráfico de la ciudad era solo un murmullo lejano que apenas traspasaba los muros de piedra.
Sentía un agotamiento físico absoluto, pero mi mente estaba completamente despejada de falsas esperanzas.
CAPÍTULO 14: Frente a la piedra
Me detuve ante una lápida sencilla de mármol blanco en la sección modesta del cementerio.
El nombre de Sofía Mendoza estaba grabado en la piedra junto a las fechas de su nacimiento y fallecimiento.
Me arrodillé sobre la hierba húmeda sin preocuparme por el barro que manchaba mis pantalones.
Coloqué la flor silvestre justo al lado de las letras de su nombre.
Apoyé las palmas de las manos contra la piedra fría y dejé caer la cabeza hacia adelante.
Por primera vez desde que salí del Palacio de Santillana, las lágrimas cayeron sin freno por mis mejillas.
No lloraba por la pérdida de mi puesto de archivera ni por la traición de Mateo.
Lloraba de vergüenza y dolor por haber pasado horas enteras en la oscuridad de una cripta, entregando mi propio calor humano para salvar al hombre que había firmado la muerte de mi hermana.
CAPÍTULO 15: La resaca de la alta sociedad
Al día siguiente, los salones de los clubes privados del barrio de Salamanca solo hablaban de un tema durante el desayuno.
La alta sociedad madrileña celebraba la milagrosa recuperación del duque Don Gonzalo de la Vega tras un desafortunado incidente de salud.
La nota oficial emitida por la casa ducal explicaba que todo se había debido a un grave error de diagnóstico médico, superado gracias a la fuerte constitución del aristócrata.
El nombre de Lucía Mendoza no aparecía en ninguno de los comunicados oficiales.
Mateo Trujillo permanecía en prisión preventiva en el centro penitenciario de Soto del Real a la espera de juicio por intento de homicidio y estafa.
En los juzgados de Plaza de Castilla, el notario Esteban Ramos preparaba su estrategia de defensa intentando eludir la pena de cárcel.
En el Palacio de Santillana, la vida continuaba con la misma frialdad señorial de siempre.
Pero las puertas de la capilla permanecían cerradas bajo llave por orden expresa del propio duque.
CAPÍTULO 16: La mañana siguiente
La lluvia cesó por completo sobre la capital y un sol limpio de mañana empezó a iluminar las copas de los cipreses de San Isidro.
Me puse en pie despacio, sintiendo el aire fresco del amanecer en el rostro.
Me abroché la chaqueta que el viento de la caminata comenzaba a secar.
Miré por última vez la tumba de Sofía y luego me giré hacia el horizonte donde se recortaban los edificios de Madrid.
No tenía dinero, no tenía recomendaciones para conseguir un nuevo trabajo y mi nombre estaba manchado en los periódicos.
Pero al mirar hacia el palacio a lo lejos, comprendí que la sombra de los De la Vega ya no tenía ningún poder sobre mi vida.
La verdad, por amarga y cruel que fuera, me había arrancado la venda de los ojos para siempre.
Salvé la vida del hombre que congeló la mía, comprendiendo demasiado tarde que algunas estatuas de hielo nunca deben ser calentadas.
Leave a Reply