CHAPTER 1: El trapo viejo y la lluvia
Part 1
«Sal de la fiesta inmediatamente, das vergüenza con ese trapo viejo», me gritó mi esposo Gonzalo frente a 300 vecinos de nuestro pueblo.
Me echó del Pazo de los Alarcón, la histórica finca donde celebraba su recepción de negocios, entre los cuchicheos de la élite local.
Lo que Gonzalo no recordó en su arrogancia es que ese pazo centenario no le pertenecía a él, sino al fideicomiso de mi familia.
Sin embargo, cuando descubrí hasta dónde había llegado su engaño junto a su socio, me vi obligada a pagar el precio más alto para hacer justicia.
Aquella misma noche lo perdí todo para siempre.
El Pazo de los Alarcón resplandecía bajo la luz de cientos de velas y focos discretos, sus piedras centenarias ahora más doradas que nunca. Los 300 invitados, la flor y nata de San Martín del Valle y algunos empresarios de la capital, llenaban los salones y los patios empedrados. Era la gala anual de la empresa de Gonzalo, un evento que él consideraba crucial para su imagen.
Jimena Navarro, mi yo de hace diez años, apenas reconocería este lugar. El mismo pazo donde había correteado de niña, ahora era un escenario de cristal y murmullos elegantes, lejos de su recuerdo de veranos tranquilos.
Yo me encontraba cerca de la fuente central del patio principal, el sonido del agua intentando, en vano, ahogar el tintineo de las copas. Llevaba el vestido que mi abuela Lucrecia había remendado con tanto cariño para mí, una pieza de lana suave, de color verde musgo, que había sido suyo. No era lujoso, pero era cómodo y estaba lleno de historia.
Me sentía fuera de lugar entre el satén y la seda, pero el abrazo cálido de la lana me tranquilizaba. No entendía la necesidad de tanto lujo.
Gonzalo, mi esposo desde hacía ocho años, avanzó hacia mí con una expresión tensa. Su sonrisa forzada, con la que había saludado a decenas de invitados, se desvaneció al verme. Su traje oscuro, diseñado a medida, lo hacía parecer una estatua.
Sus ojos, normalmente llenos de un brillo ambicioso, ahora chispeaban con una ira contenida.
No dijo nada al principio, solo se detuvo a pocos metros. Escudriñó mi vestido con una mirada de puro desprecio, como si intentara encontrar el defecto más grande, el remiendo más visible.
El barullo de la fiesta pareció menguar, aunque solo fuera en mi mente. Sentía todas las miradas clavadas en nosotros, en el silencio que se había instalado entre la pareja anfitriona.
Luego, Gonzalo tomó aire, y sus palabras, amplificadas por el leve murmullo de fondo, resonaron con una claridad brutal.
«Jimena, ¿qué haces vestida así?».
Su voz era baja al principio, casi un siseo, pero el desdén era audible.
Se acercó un paso más. El aroma de su colonia cara era abrumador.
«¿No te das cuenta de que estamos recibiendo a gente importante?».
Negué con la cabeza, confusa. Había creído que estaría contento de verme.
«Es el vestido de la abuela Lucrecia, Gonzalo. Tú sabes que…».
No me dejó terminar. Su rostro se enrojeció. La máscara de anfitrión perfecto se había roto.
«¡Es un trapo viejo!», espetó, y esta vez, su voz subió varios decibelios, lo suficiente para que las mesas cercanas enmudecieran.
Un silencio incómodo se extendió. Los cuchicheos cesaron por completo. Cerca de nosotros, Don Ramiro Benítez, el inversor de Vigo que Gonzalo tanto se esforzaba por impresionar, observaba la escena con una sonrisa apenas perceptible. Su copa de vino se detuvo a medio camino de sus labios.
«Estás avergonzándome, Jimena».
Su tono era acusatorio, público. Sentí cómo el calor subía a mis mejillas. No de vergüenza por el vestido, sino por su crueldad.
«No estoy…».
«¡Sal de la fiesta inmediatamente!», me gritó entonces, las palabras resonando por el patio empedrado, rebotando en los arcos centenarios del pazo.
La gente nos miraba fijamente, algunos con curiosidad, otros con incomodidad. Conocía a casi todas esas caras: vecinos de toda la vida de San Martín del Valle, amigos de la infancia, las familias más influyentes del pueblo. Nadie dijo nada. Nadie se movió.
Ni una sola de las 300 personas intervino.
Sentí una punzada de dolor más profunda que la humillación. Me había casado con este hombre frente a todos ellos.
«Vete. Vete a cambiarte, o simplemente vete. No quiero verte así».
Su mano se levantó y señaló la salida, la pesada puerta de madera maciza que daba al camino de acceso. El gesto fue definitivo, implacable.
El aire de la noche, que hasta entonces había sido templado, se volvió frío de repente. Una fina llovizna comenzó a caer, diminutas agujas de agua que apenas se sentían, pero que prometían intensificarse.
Di media vuelta, el orgullo herido y la incredulidad ardiendo en mi pecho. Cada paso que daba por el empedrado del patio, me alejaba del epicentro del glamour y la falsedad. Mis viejos zapatos de tacón bajo se sentían pesados.
Escuché el regreso gradual de los murmullos, el tintineo de las copas, como si la función hubiera sido interrumpida brevemente y ahora continuara. Como si yo fuera una mancha borrada.
Al cruzar el umbral del gran portalón de madera, el viento se coló bajo mi vestido. El remiendo de mi abuela Lucrecia se sentía ahora como un escudo protector, no una marca de vergüenza. La lluvia ya caía con más intensidad, empapando mi cabello suelto y mis hombros.
No miré atrás. Sabía que Gonzalo no me seguiría.
Caminé por el sendero de grava que conducía a la verja principal del pazo, cada paso resonando en el silencio relativo de la noche. El sonido de mis pasos era el único latido. El agua de la lluvia se mezclaba con las lágrimas silenciosas que resbalaban por mis mejillas.
El Pazo de los Alarcón, la casa de mi infancia, la herencia de mi linaje, quedaba atrás, cada vez más pequeño a medida que me alejaba.
El recuerdo me golpeó con la fuerza de un rayo, no por primera vez, pero esta vez con una claridad cristalina que lo cambió todo. Mientras la lluvia lavaba la humillación, una verdad inalterable se manifestó en mi mente.
Los papeles.
Las escrituras.
Mi abuela Lucrecia, con su sabiduría ancestral y su desconfianza hacia los hombres ambiciosos, había sido muy clara.
Había creado un fideicomiso.
Y el Pazo de los Alarcón, con sus trescientos años de historia y cada uno de sus vastos terrenos, no estaba a nombre de la empresa de Gonzalo Osuna.
Estaba a mi nombre exclusivo, Jimena Navarro.
Era intocable.
Part 2
La mañana siguiente amaneció gris y pesada, el cielo de San Martín del Valle cubierto por una niebla persistente. La claridad mental sobre la propiedad del pazo, esa revelación en medio de la lluvia, me había infundido una falsa sensación de seguridad. Creí que, al menos, mi herencia estaba a salvo. Qué ingenua fui.
Salí del pequeño hostal donde había pasado la noche, sintiendo el frío de la mañana calándose hasta los huesos. Mi intención era ir a casa, al pazo, a enfrentar a Gonzalo, a mostrarle los papeles del fideicomiso. Pero apenas llegué a la plaza del pueblo, mi camino se detuvo en seco.
Allí, pegado en el tablón de anuncios de la iglesia, junto a los horarios de misas y los bandos municipales, había un cartel. Un panfleto tosco, impreso con letras grandes y amarillentas, que anunciaba una infamia.
«Jimena Navarro sufre un brote psiquiátrico», rezaba el titular, con una tipografía chillona. Debajo, un texto aún más hiriente me acusaba de haber «dilapidado más de 80.000 euros de los ahorros familiares en extraños y caprichosos gastos». No había firma, pero el estilo, la crueldad, era inconfundiblemente de Gonzalo.
A pocos metros, vi a la panadera, Doña Elena, susurrando con el carnicero mientras señalaban el cartel con disimulo. Sus miradas se cruzaron con la mía. No había lástima, solo una mezcla de curiosidad y un juicio silencioso. La vergüenza de la noche anterior palideció ante la vergüenza de ser etiquetada públicamente como una demente y una derrochadora.
Más carteles. En la farmacia. En la entrada del estanco. En el bar de la esquina. Por todas partes, la mentira de Gonzalo se extendía como una plaga, tiñendo mi reputación. La gente del pueblo, que me conocía de toda la vida, me evitaba o me ofrecía miradas furtivas, llenas de una compasión teñida de escepticismo. ‘Pobrecita Jimena’, oía, ‘siempre fue tan callada, ¿quién lo diría?’.
No pude soportar sus ojos. Mi único refugio, mi ancla en el mundo, era mi hermano mayor, Tomás. Su taller de carpintería, en una callejuela apartada, siempre había sido mi santuario. El olor a madera y serrín era para mí un bálsamo.
Lo encontré inmerso en su trabajo, concentrado en dar forma a un mueble con sus manos fuertes y callosas. Le conté la humillación de la noche, el vestido, la expulsión, y ahora los carteles infames que manchaban mi nombre por todo San Martín. Las palabras me salían atropelladas, teñidas de rabia e incredulidad.
Tomás me escuchó sin interrumpir, sus ojos oscuros y penetrantes no se apartaron de los míos. Cuando terminé, dejó su cepillo sobre la mesa de trabajo, el silencio de la madera llenando el espacio. Su expresión era grave, pensativa.
«Esto no es solo por despecho, Jimena», me dijo, su voz calma pero firme. «Gonzalo no hace esto por una rabieta de marido. Él te quiere inhabilitar. Sospecho que hay algo más gordo detrás de todo esto. Algo que requiere tu incapacidad mental urgentemente. Y creo que tiene que ver con dinero».
Capítulo 2: Las deudas del pazo
El olor a viruta de pino fresco llenaba el taller de mi hermano Tomás.
Tomás cerró la puerta de madera maciza con cerrojo y echó las persianas de metal para bloquear los rumores que recorrían el pueblo.
Puso sobre el banco de trabajo una carpeta azul arrugada.
“Esto no es solo soberbia, Jimena”, dijo Tomás, golpeando el papel con el índice. “Gonzalo está ahogado”.
“¿De qué hablas?”, pregunté, alejándome de la luz del ventanal.
“Gonzalo firmó un pagaré personal por €450.000 con Don Ramiro Benítez hace dos semanas”, respondió Tomás, desplegando la última hoja. “Tiene 48 horas para liquidar esa deuda”.
Miré las cifras impresas en tinta negra. La firma de Gonzalo aparecía al pie de cada página, firme y torcida.
“Él no tiene ese dinero”, dije en voz baja. “Nuestra cuenta corriente no llega a esa cifra”.
“Por eso ofreció el Pazo de los Alarcón como garantía”, afirmó mi hermano. “Prometió transferir la propiedad completa a una sociedad de Ramiro”.
“El pazo no es suyo”, dije. “Es del fideicomiso de la abuela. Mi nombre es el único que figura en la escritura original”.
Tomás levantó una última hoja impreso en papel timbrado.
“Gonzalo redactó un documento de cesión total de derechos patrimoniales”, dijo Tomás. “Asegura que tú le has cedido el control legal de todo el patrimonio”.
“Jamás he firmado nada semejante”, respondí, sintiendo un escalofrío helado en la espalda.
“El documento ya está en la notaría de la comarca”, murmuró Tomás. “Solo falta validar la firma para que ejecuten el embargo”.
Capítulo 3: El bloqueo invisible
Salí del taller de carpintería a primera hora de la mañana y me dirigí a la sucursal del banco en la plaza mayor.
Los vecinos se apartaban a mi paso, murmurando tras los cristales de los escaparates.
Al entrar en la oficina, el director, Don Fernando, me hizo pasar a su despacho sin saludarme.
“Buenos días, Fernando”, dije, apoyando el bolso en sus rodillas. “Necesito retirar €500 de mi cuenta personal de ahorros”.
El hombre tecleó en el ordenador sin mirarme a los ojos.
“No puedo autorizar esa operación, Jimena”, dijo con tono plano.
“Es mi cuenta de ahorros previa al matrimonio”, respondí. “Ese dinero proviene de mi pensión familiar”.
“La cuenta está bloqueada cautelarmente”, contestó él, girando la pantalla hacia mí. “Tu esposo ha presentado una solicitud de tutela urgente”.
“¿Bajo qué argumento?”, pregunté.
“Alegación de incapacidad legal y deterioro cognitivo severo”, dijo Fernando, cruzando las manos sobre la mesa. “Acompañado de informes preliminares”.
“Eso es una mentira absoluta”, dije.
“A mí no me corresponde juzgarlo”, respondió el director, poniéndose en pie. “Mientras el juzgado no resuelva la petición de Gonzalo, no tienes acceso a un solo euro”.
Salí a la calle Real sin un solo céntimo para comprar pan.
Dos mujeres de la junta parroquial me miraron desde la esquina y cruzaron de acera rápidamente.
Capítulo 4: La voz de la inocencia
Regresé al taller de Tomás con las manos vacías y la cabeza gacha.
En la trastienda, mi sobrino Leo, de siete años, dibujaba con lápices de colores sobre una tabla de roble.
Mi hermano me sirvió una taza de café caliente sin decir una palabra.
“Tía Jimena”, dijo Leo, levantando la vista del papel. “¿Por qué el tío Gonzalo te agarraba la mano por la noche?”.
Tomás se detuvo en seco con la cafetera en la mano.
Me giré lentamente hacia el niño.
“¿De qué hablas, Leo?”, pregunté, bajándome a su altura.
“Hace tres noches”, dijo el niño, mordiendo el lápiz. “Yo estaba buscando mi camión de juguetes en el pasillo del pazo”.
“Sigue, Leo”, murmuró Tomás, acercándose a la mesa.
“Tú estabas dormida en el sillón del despacho”, continuó el niño. “Te habías tomado las pastillas fuertes para el dolor de espalda”.
“¿Y qué hacía Gonzalo?”, pregunté.
“El tío Gonzalo tenía su teléfono con la pantalla encendida sobre la mesa”, dijo Leo con ingenuidad. “Te cogió la mano derecha, la apretó contra una cajita negra y luego tocó la pantalla”.
El silencio en el taller se volvió insoportable.
“Te iluminaba los ojos con la luz del móvil”, añadió el niño. “Pensé que estabais jugando a un juego”.
Capítulo 5: La prueba en la nube
A las dos de la madrugada, Tomás y yo entramos por la puerta posterior de mantenimiento del pazo utilizando sus llaves de trabajo.
La cona principal del edificio estaba a oscuras, olía aún al vino derramado durante la fiesta del día anterior.
Llegamos a la oficina del administrador en la planta baja.
Tomás conectó un disco duro externo al servidor de las cámaras de seguridad que él mismo había instalado dos años atrás.
“Gonzalo creía que los vídeos se borraban cada veinticuatro horas”, murmuró mi hermano, tecleando en la consola. “Pero el sistema guarda una copia de respaldo en la red local”.
Buscó la carpeta correspondiente a la medianoche del martes.
En la pantalla del monitor apareció la imagen en blanco y negro del despacho principal.
Yo aparecía tendida sobre el sofás de cuero, completamente inmóvil por el efecto del analgésico muscular.
Gonzalo entró en la estancia, caminó hacia mí y sacó una tableta digital de su maletín.
Sostuvo mi brazo derecho con fuerza, presionó mi pulgar contra el lector biométrico de la pantalla y luego usó la cámara frontal para escanear mi rostro dormido.
“Falsificación de firma digital mediante coacción física y sedación”, dijo Tomás, guardando el archivo en la memoria USB.
“Ahí está la cesión de derechos”, dije, viendo cómo Gonzalo guardaba el dispositivo y sonreía a la cámara.
Capítulo 6: El precio de las aguas
Nos ocultamos en el despacho para revisar los metadatos del documento digitalizado que Gonzalo había firmado en mi nombre.
Al ampliar los anexos técnicos, el nombre de San Martín del Valle aparecía repetido decenas de veces.
“Mira el anexo tres”, dijo Tomás, señalando una cláusula en letra minúscula.
“El inmueble del pazo incluye la titularidad de los tres pozos subterráneos de la ladera norte”, leí en voz alta.
“Esos pozos no son solo de la finca”, dijo Tomás con voz alterada. “Son los acuíferos que alimentan el depósito municipal de agua potable”.
“¿Los 2.500 habitantes del pueblo?”, pregunté.
“Si la propiedad pasa a Don Ramiro Benítez, los pozos quedan privatizados”, explicó Tomás. “Ramiro no quiere el pazo para vivir; quiere cortar el agua al pueblo para venderla a su embotelladora”.
El contrato establecía una cláusula de explotación exclusiva por cincuenta años.
Si el ayuntamiento quería seguir recibiendo agua, tendría que pagar a la empresa de Ramiro €120.000 anuales.
“Gonzalo les ha vendido el agua de todos nuestros vecinos para pagar sus deudas de juego”, dijo Tomás.
El contrato expiraba a las doce de la noche del día siguiente.
Capítulo 7: La trampa de la ley
A las ocho de la mañana nos reunimos en secreto con Don Manuel, el único abogado jubilado del pueblo que no trabajaba para Ramiro.
El anciano examinó el vídeo en el ordenador portátil de Tomás.
“El vídeo es una prueba contundente de un delito de falsedad”, dijo Don Manuel, ajustándose las gafas. “Pero la vía penal es lenta”.
“¿Cuánto tardaría un juez en anular la firma?”, pregunté.
“Tres años como mínimo”, respondió el abogado. “Mientras tanto, Ramiro presentará el documento en el registro esta misma tarde y ejecutará la orden de embargo precautorio”.
“Tomará posesión del pazo y de las fuentes de agua mañana por la mañana”, dijo Tomás.
“Así es”, confirmó Don Manuel. “La ley protege la apariencia de legalidad del documento registrado hasta que un tribunal dicte sentencia firme”.
“¿No hay ninguna forma legal de frenarlo hoy?”, pregunté.
“Solo hay una”, dijo Don Manuel, mirándome fijamente. “El fideicomiso de tu abuela tiene una cláusula de salvaguarda comunitaria”.
“¿Qué significa eso?”, pregunté.
“Puedes donar la propiedad entera a una entidad pública sin ánimo de lucro mediante una cesión irrevocable inmediata”, explicó el abogado. “Eso anularía cualquier hipoteca o embargo pendiente sobre la finca, porque la tierra pasaría a ser de dominio público”.
“Si hago eso, perderé el pazo para siempre”, dije.
“Perderás el pazo, la casa de tus antepasados y toda tu riqueza personal”, dijo Don Manuel. “Te quedarás sin nada”.
Capítulo 8: El edificio del concejo
A las siete de la tarde, la sala de actos del ayuntamiento de San Martín estaba abarrotada por más de doscientos vecinos.
Gonzalo vestía un traje gris impecable y se encontraba en el estrado junto a Don Ramiro Benítez.
En las primeras filas se sentaban los concejales y Doña Carmen Castelo, la presidenta de la asociación de vecinos.
“Estimados vecinos”, decía Gonzalo con voz pausada y compungida desde el micro. “Lamento profundamente que hayamos tenido que llegar a esta reunión extraordinaria”.
La gente escuchaba en silencio absoluto.
“Mi esposa Jimena atraviesa un proceso de salud mental muy complejo”, continuó Gonzalo. “Ha tomado decisiones financieras desastrosas que amenazan nuestro patrimonio”.
Don Ramiro asentía solemnemente a su lado.
“Para proteger el futuro del pueblo, la empresa de Don Ramiro asumirá la gestión de las fincas del pazo”, afirmó Gonzalo.
Desde la parte posterior de la sala, Tomás y yo permanecíamos ocultos tras la cortina del proyector municipal.
Tomás conectó el cable de vídeo a la toma central de la pared.
“¿Estás segura de esto, Jimena?”, me susurró mi hermano. “Una vez que proyectemos esto, no hay vuelta atrás”.
“Enciende el equipo”, dije.
Capítulo 9: La proyección pública
Tomás presionó el botón de reproducción en el ordenador.
La luz del proyector cortó la penumbra de la sala y la gran pantalla blanca situada detrás de Gonzalo se iluminó de golpe.
La voz amplified de Gonzalo resonó por los altavoces de la sala: *”Sujétale la mano recta, no te muevas”*.
En la pantalla apareció la imagen en alta definición de la oficina del pazo.
Los doscientos vecinos vieron a Gonzalo manipular mi cuerpo aletargado, presionando mi dedo contra la pantalla y usando la luz de su teléfono para escanear mi rostro.
Gonzalo se giró hacia la pantalla con el rostro completamente pálido.
“¡Apaguen eso inmediatamente!”, gritó Gonzalo, abalanzándose sobre el escenario.
Doña Carmen Castelo se puso en pie de un salto, bloqueándole el paso junto a tres agricultores del pueblo.
“¡Déjalo sonar, Gonzalo!”, gritó un vecino desde el fondo.
El vídeo mostró el momento exacto en que la tableta confirmaba la validación de la firma biométrica para la cesión de la finca y los acuíferos.
Un murmullo feroz recorrió el salón de actos, convirtiéndose en gritos e insultos contra el estrado.
Capítulo 10: La caída de los socios
Don Ramiro Benítez se levantó de la silla, apartándose un metro de Gonzalo.
“¡Yo no tengo nada que ver con esto!”, gritó Ramiro hacia la multitud indignada. “¡Este hombre me aseguró que su esposa había firmado voluntariamente!”.
Tomás caminó por el pasillo central hacia la mesa del estrado.
“Mientes, Ramiro”, dijo Tomás con voz firme, mostrando un fajo de folios impresos.
“Son las capturas de tus mensajes de texto con Gonzalo durante los últimos seis meses”, continuó mi hermano.
Tomás leyó en voz alta ante toda la asamblea:
*”Consigue la firma de la mujer como sea antes del viernes o te ejecuto los €450.000 de deuda y te dejo en la calle”*.
La sala volvió a estallar en protestas.
Doña Carmen se acercó a la mesa de la presidencia y golpeó la madera con la palma de la mano.
“Nos ibais a dejar sin agua potable a todo el pueblo”, dijo la mujer, mirando con asco a ambos hombres. “Sois unos miserables”.
Don Ramiro recogió sus papeles a toda prisa, pero dos vecinos corpulentos le cerraron la salida de la puerta principal.
Gonzalo me buscó con la mirada entre la multitud, temblando visiblemente.
Capítulo 11: El regalo amargo
Caminé por el pasillo central hasta subir al estrado municipal.
El público guardó un silencio repentino.
Don Manuel, el abogado, subió tras de mí llevando una carpeta oficial firmada y sellada por el notario de la capital.
“La firma biométrica obtenida mediante delito es nula de pleno derecho”, dije mirando a la cara a mi esposo.
Gonzalo intentó dar un paso hacia mí.
“Jimena, por favor, hablemos a solas”, suplicó Gonzalo en voz baja. “Podemos solucionar esto”.
“No hay nada que hablar”, respondí.
Tomé el bolígrafo que me tendía Don Manuel.
“Para evitar que ningún especulador vuelva a amenazar el agua de San Martín del Valle”, dije en voz alta ante todos los presentes, “renuncio formalmente a mi propiedad”.
Firmé con trazo firme la última página de la escritura pública.
“Cedo de forma irrevocable y permanente el Pazo de los Alarcón y todas sus tierras al pueblo de San Martín”, anuncié. “Para que se convierta en un parque comunal e intocable”.
Gonzalo abrió la boca, incapaz de articular palabra.
Acababa de regalar el patrimonio centenario de mi familia, valorado en más de un millón de euros, quedándome en la ruina absoluta.
Capítulo 12: El veredicto de la plaza
“¡Estás loca!”, me gritó Gonzalo, abalanzándose sobre la mesa. “¡Has regalado todo lo que teníamos! ¡No nos queda nada!”.
Doña Carmen se interpuso inmediatamente, empujando a Gonzalo hacia atrás.
“¡Fuera de aquí, traidor!”, le gritó la presidenta vecinal.
Varios hombres del pueblo tomaron a Gonzalo por los brazos y lo arrastraron hacia la salida trasera del ayuntamiento.
En la plaza exterior, dos patrullas de la Guardia Civil aguardaban con las luces de emergencia encendidas.
El teniente de la guardia subió los escalones del ayuntamiento y notificó a Gonzalo la apertura de diligencias por falsedad documental y tentativa de estafa.
Don Ramiro Benítez salió escoltado por sus propios escoltas entre los abucheos y silbidos de los vecinos que abarrotaban la plaza.
“Te vas a arrepentir de esto, Jimena”, me dijo Gonzalo antes de ser introducido en el coche patrulla. “¡Te has quedado en la calle!”.
No le respondí.
Miré a la multitud de mis vecinos, que comenzaban a aplaudir silenciosamente en la lluvia.
Capítulo 13: La marcha silenciosa
Doña Carmen Castelo se acercó a mí en los soportales del consistorio.
“Jimena, ven a mi casa esta noche”, me dijo, tomándome las manos frías. “Tenemos sitio de sobra para ti”.
“Gracias, Carmen”, respondí. “Pero necesito recoger unas cosas primero”.
Caminé sola bajo la lluvia constante de San Martín hasta los portones de hierro del pazo.
La finca estaba a oscuras y en silencio.
Subí a la habitación principal, abrí el armario y saqué una vieja maleta de tela.
Solo guardé mi ropa usada, tres libros de mi abuela y un abrigo de lana pesada.
No toque las joyas, ni los cuadros, ni los muebles de valor que ahora pertenecían al municipio.
Al salir por la puerta principal, bajé las escaleras de piedra y me encontré a Doña Carmen esperándome junto a la verja.
Le entregué el manojo de llaves maestras de la propiedad.
“Cuidad bien de los árboles”, le dije.
Giré la espalda al hogar donde nací y no volví a mirar atrás.
Capítulo 14: La noche en el taller
Subí por las escaleras de madera crujiente hasta la pequeña habitación abuhardillada situada encima del taller de carpintería de Tomás.
El cuarto no tenía calefacción, solo una cama estrecha de hierro y una mesa de pino.
Tomás dejó una manta gruesa y una estufa de gas junto a la puerta.
“Gonzalo ha salido en libertad provisional hace media hora”, me dijo mi hermano desde el marco de la puerta. “No puede acercarse a menos de quinientos metros de ti”.
Mi teléfono móvil comenzó a sonar sobre la mesa.
En la pantalla aparecía el número de Gonzalo.
Contesté la llamada y puse el altavoz.
“Jimena, retiro todo lo que dije”, decía la voz desesperada de Gonzalo desde el otro lado de la línea. “Ramiro me va a destruir si no le pago. Cancela la donación al pueblo antes de que la registren mañana por la mañana”.
“El pazo ya no es mío, Gonzalo”, respondí tranquilamente. “Ni tampoco lo es el agua”.
“¡Nos hemos quedado sin nada!”, gritó él. “¡Vas a vivir como una limosnera!”.
Apagué el teléfono, retiré la tarjeta SIM y la partí por la mitad con las manos.
Capítulo 15: La misma noche en San Martín
Eran las doce de la noche y la lluvia golpeaba con fuerza contra el cristal de mi ventana.
Desde la buhardilla del taller se veía la plaza del pueblo, vacía y tranquila bajo las farolas amarillas.
Gonzalo caminaba solo por la acera de la calle Real, repudiado por los mismos vecinos que horas antes le saludaban con reverencia.
Nadie le abrió la puerta; ningún hotel de la comarca le aceptó la reserva.
Miré mis manos vacías apoyadas sobre el marco de madera de la ventana.
No me quedaba una sola propiedad, ni una cuenta bancaria, ni un futuro asegurado.
Mañana tendría que buscar un trabajo en el pueblo para pagar el alquiler de esta pequeña habitación sobre la carpintería.
Sin embargo, el peso insoportable que llevaba en el pecho desde hacía diez años había desaparecido por completo.
Esta noche caminé hacia mi pequeña habitación sin un solo euro en el bolsillo ni un techo propio que me cobije, pero por primera vez en diez años, respiro aire puro sabiendo que mi hogar no le pertenece a ningún traidor.
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