Mi vecino millonario me invitó a la boda de su hija solo para usarme como guardiana sin pago de 11 niños espectrales — contraté a todos los especialistas de Galicia y cené sola mientras su fiesta c…

CHAPTER 1: La invitación de la mansión oculta

Part 1

Mi vecino, Don Rodrigo de Castro, me entregó una invitación bordada en oro para la boda de su única hija en la vieja pazo de San Amaro.

Durante tres semanas trabajé sin descanso limpiando la capilla y preparando el banquete, creyendo que por fin aceptaba mi presencia tras años de disputas.

Pero un estado de cuenta bancario traspapelado me reveló la brutal verdad: no era una invitada de honor, sino la víctima elegida para cuidar y contener a los 11 niños espectrales que habitan el ala oeste de su mansión sin cobrar un solo céntimo.

Esa misma noche gasté mis ahorros en contratar a todos los custodios espirituales y curanderos en 50 kilómetros a la redonda para que nadie pudiera sustituirme.

El día de la boda me senté tranquilamente a cenar marisco en un hotel de lujo mientras el caos devoraba su fiesta.

La invitación llegó con el mensajero a primera hora de una mañana soleada de primavera. El sobre era grueso, de papel crema, sellado con cera y el escudo de los De Castro.

Dentro, la tarjeta no era menos ostentosa. Letras doradas sobre un fondo de seda, bordes calados a mano. Anunciaba la boda de su hija, doña Leonor de Castro, en la capilla familiar del pazo de San Amaro.

Y, al pie, mi nombre. Carmen Vega.

Era la primera vez en años que Don Rodrigo de Castro hacía algo más que un frío saludo. Mi corazón, endurecido por años de silenciosa contienda, sintió un leve temblor.

¿Quizá los viejos rencores por mi denuncia sobre sus terrenos se habían aplacado? ¿Era este un gesto de reconciliación?

Necesitaba creerlo.

Durante los siguientes días, mi sobrino Mateo, un chaval de doce años con una curiosidad desbordante, me ayudó a preparar las pocas pertenencias que llevaríamos.

Él estaba emocionado. Creía que por fin su tía Carmen, la mujer que siempre luchaba por la justicia en el pueblo, sería reconocida por la alta sociedad.

No pude defraudarle.

Acepté la “invitación” de Don Rodrigo a colaborar en los preparativos del pazo. Empecé por la capilla, un lugar sombrío y húmedo, descuidado por años.

Mi trabajo era limpiar cada rincón, cada banco de madera carcomida, cada vidriera cubierta de polvo. Mis manos, acostumbradas a la tierra de mi huerta, se encallecieron aún más con la escoba y los productos de limpieza.

El pazo era un laberinto de pasillos y salones. Cada mañana, mientras los sirvientes se afanaban en el banquete, yo me adentraba en el ala oeste, el sector más antiguo y olvidado.

Una zona siempre fría, incluso en las mañanas más calurosas de Galicia. Una zona donde la luz del sol parecía rehuir las ventanas.

Las primeras dos semanas pasaron entre el sudor y el polvo. Mateo me acompañaba a veces, ayudándome a cargar cubos o a mover objetos pesados.

Cantaba viejas canciones populares mientras yo fregaba, y su voz joven rompía el silencio sepulcral de los salones.

“Tía Carmen, ¿por qué aquí nunca hay nadie?”, me preguntó un día, su voz resonando en un largo pasillo.

“Porque es la zona vieja, mi niño. Nadie vive ya en ella”, le respondí, aunque un escalofrío me recorrió la espalda. Algo en el ambiente de esa ala oeste no me gustaba.

La tercera semana era la más intensa. Los detalles finales, los últimos retoques en la capilla, la organización de los enseres para la ceremonia.

Don Rodrigo me había indicado que un pequeño despacho, contiguo a la capilla, sería el lugar perfecto para guardar las flores y los objetos litúrgicos antes de la boda.

Era una habitación apenas usada, con muebles antiguos cubiertos con sábanas blancas y montañas de papeles viejos apilados en estanterías.

El aire estaba viciado, con olor a humedad y a madera podrida.

Mientras apartaba una pila de legajos polvorientos para hacer espacio, mis dedos rozaron un sobre más reciente, de color azul pálido, que sobresalía de entre la documentación.

No era como los demás. Parecía fuera de lugar.

Mi nombre estaba impreso en él con una caligrafía elegante. Carmen Vega.

Lo abrí con lentitud, sintiendo una punzada de extraña anticipación. Dentro encontré un extracto de cuenta bancaria.

Mis ojos se posaron en el encabezado. Era de un banco de Pontevedra. Y no era el mío.

Y debajo, un nombre que me hizo detener la respiración: Don Esteban Salgado, Notario.

Part 2

Mis ojos bajaron por la hoja, buscando alguna explicación coherente. No era la cuenta de Don Rodrigo, ni mucho menos la mía. Era de un registro, un documento oficial que no reconocía.

Pero lo que apareció a continuación me dejó sin aliento.

Había un movimiento. Una transferencia bancaria. Once mil euros. Once mil euros que habían sido pagados.

La cifra era astronómica para alguien como yo. Era casi la totalidad de mis ahorros de toda una vida, el fruto de años de trabajo duro en mi pequeña huerta y de cada céntimo guardado para la vejez.

Pero el dinero no fue lo que me hizo temblar. Fue el concepto de la transacción lo que heló mi sangre y apretó mi garganta como una soga invisible.

Decía: “Compensación por servicios de custodia y contención espiritual del Pazo de San Amaro. En virtud del acta notarial firmada por Dña. Carmen Vega, con fecha…”

No podía ser.

Mis manos comenzaron a sudar con fuerza, arrugando el papel entre mis dedos. ¿Acta notarial? ¿Firmada por mí? Yo no había firmado absolutamente nada con ningún notario en años.

Mis ojos, llenos de incredulidad y un terror creciente, recorrieron de nuevo el documento, buscando alguna clave, algún error obvio.

Y entonces lo vi con claridad cristalina.

El pago, de once mil euros, había sido ordenado por Don Rodrigo de Castro. Directamente. Y el destinatario era el Notario Esteban Salgado.

Todo se encajó en mi mente con una frialdad aterradora.

No era un pago para mí. Era un pago que mi vecino había hecho al notario, para formalizar mi “nombramiento” sin mi consentimiento.

Don Rodrigo no me había invitado a la boda por reconciliación, ni por un gesto de buena voluntad. Me había estado usando desde el principio como una herramienta más, una pieza en su tablero.

Me había asignado legalmente la responsabilidad de cuidar y “contener” a los once niños espectrales del ala oeste de su mansión. Los susurros, el frío constante, la ausencia de luz… todo cobró un sentido macabro y siniestro.

Era una trampa. Una trampa perversa y calculada con una crueldad inhumana, diseñada para liberarse de una maldición familiar a mi costa.

No era una invitada de honor. Era la sacrificada.

CAPÍTULO 2: El murmullo de los viñedos

El sol apenas calentaba los tejados de pizarra del mercado de Valdomiño. Caminé entre los puestos, con el extracto bancario arrugado en el bolsillo, buscando una cara familiar.

Había sido parte de este pueblo toda mi vida.

“Buenos días, María”, le dije a la vendedora de quesos. “Quería preguntarle algo sobre Don Rodrigo.”

María me miró, sus ojos desviándose hacia una señora que compraba pan.

“Ay, Carmen, de verdad”, dijo, sin levantar la vista de su mostrador. “Lo siento, hoy tengo mucho que hacer.”

No era el ajetreo habitual del mercado. Era un muro invisible.

Intenté con el pescadero, un hombre que siempre me saludaba con una broma.

“¿Tienes un buen rape hoy, José?”, le pregunté, intentando sonar normal.

José se encogió de hombros, sin sonreír.

“Poco y caro, Carmen. Como todo en esta vida.”

No me ofreció la pieza que había apartado para mí el día anterior.

Escuché murmullos mientras me alejaba del puesto.

“Pobre Carmen, con la edad se le va el juicio.”

“Dice el señor de Castro que está amargada, que siempre ha envidiado a su familia.”

Los cuchicheos eran suaves, como el viento entre los viñedos, pero afilados. Comprendí en ese instante que Don Rodrigo había sembrado sus mentiras. Había usado su influencia, su nombre, para aislarme.

Nadie me ayudaría. Nadie me creería. Estaba sola.

CAPÍTULO 3: Los once nombres de la sombra

El camino a la aldea de mi tía Encarnación era una senda estrecha, casi olvidada, entre robles centenarios. Su casa de piedra olía a humo de leña y a hierbas secas.

Tía Encarnación, con 91 años, me recibió con sus ojos límpidos.

“Ya sé por qué vienes, Carmen”, dijo, su voz un susurro. “Lo he visto en el fondo del pozo.”

Me senté frente a ella, junto al fuego.

“Don Rodrigo…”, empecé.

“No es solo Don Rodrigo”, me interrumpió, moviendo una mano huesuda. “Es el Pazo de San Amaro.”

Se levantó con dificultad y regresó con una libreta de cuero descolorido. La apoyó en sus rodillas, sus dedos temblaban levemente.

“Mi abuela me contó esto”, dijo. “Hace doscientos años, el bisabuelo de Rodrigo hizo un pacto para la riqueza de su linaje.”

Abrió la libreta, que contenía nombres y símbolos extraños.

“Sacrificó la inocencia de once niños de la comarca, uno por cada año de prosperidad que exigió.”

Mi piel se erizó.

“Sus espíritus quedaron atados al ala oeste del pazo”, continuó mi tía. “Son los guardianes del tesoro familiar.”

“Pero, ¿qué tiene que ver conmigo?”, pregunté, la garganta seca.

“Cada cierto tiempo, la maldición exige un ‘guardián de sangre’ para contenerlos”, explicó. “Alguien que no sea de su linaje, pero con una conexión cercana a la tierra.”

Señaló un párrafo de caligrafía antigua.

“Si no hay un guardián de sangre presente en la medianoche de un día importante para la familia… un matrimonio, un nacimiento…”, dijo, mirándome a los ojos. “Los once se desatan. Devoran el alma de todos los presentes y la casa se consume.”

CAPÍTULO 4: El sello del notario

La oficina del Notario Don Esteban Salgado era un laberinto de estanterías polvorientas. Su cara era una palidez húmeda bajo la luz de un flexo.

“Don Esteban”, dije, deslizando el extracto bancario por la mesa. “¿Puede explicarme esto?”

El notario carraspeó. Se secó el sudor de la frente con un pañuelo ya mojado.

“Carmen, yo… solo seguí las instrucciones”, balbuceó.

“¿Instrucciones para transferirme la custodia legal de un inmueble sin mi consentimiento?”, pregunté, la voz firme.

Miró el papel con nerviosismo.

“Los 11.000 euros… fueron por el registro”, admitió. “Para validar los documentos de servidumbre espiritual.”

“¿Y las firmas? ¿Las de mi difunto marido?”, insistí.

Bajó la mirada.

“Don Rodrigo… tiene medios para acelerar ciertos procesos”, dijo. “Se aseguró de que todo pareciera en orden.”

“¿Falsificó la firma de un muerto?”, mi voz resonó en la pequeña oficina.

“Se utilizaron unos sellos antiguos de su familia, de su primo lejano, que era un notario honorable”, confesó, señalando un viejo diploma en la pared. “Parecían auténticos. La ley los consideró válidos.”

El notario me miró, sus ojos llenos de súplica.

“Legalmente, Carmen, usted es la depositaria de la servidumbre. Ya no puede renunciar a la carga antes de la medianoche de la boda.”

“¿Y si no lo hago?”, pregunté.

“Las consecuencias… no son algo que desee conocer”, respondió, su voz apenas audible.

CAPÍTULO 5: La compra del silencio

No sentí desesperación. Sentí una furia fría, como el hierro forjado. Don Rodrigo no solo había intentado condenarme a mí, sino que había mancillado la memoria de mi marido.

Salí de la notaría y conduje directamente a la sucursal bancaria de Pontevedra. No era mi banco habitual.

“Necesito retirar 18.500 euros”, le dije a la cajera, que me miró sorprendida. “Todo lo que tengo en mi cuenta de ahorros.”

El dinero eran billetes arrugados, el fruto de toda una vida de trabajo. No dudé ni un instante.

Durante las siguientes 48 horas, mi vieja furgoneta se convirtió en mi oficina. Contraté un taxi cuando la mía falló.

Viajé por toda la provincia de Pontevedra, de aldea en aldea. Visité a cada curandero, a cada sanador tradicional, a cada custodio de lo “diferente” que conocía mi tía Encarnación. Eran seis en total.

Me senté con cada uno, puse los fajos de billetes sobre la mesa.

“Necesito sus servicios”, les dije. “Solo para la noche del sábado. Exclusividad total.”

“¿Exclusividad?”, preguntó el primero, un hombre con una barba larga.

“Nadie más podrá trabajar esa noche. Y deberán firmar un contrato de confidencialidad”, expliqué. “Cualquier otra oferta deberá ser rechazada.”

Los 18.500 euros se repartieron, una pequeña fortuna para ellos. Los contratos se firmaron con un bolígrafo gastado.

La compra estaba hecha. El silencio de los guardianes estaba asegurado.

CAPÍTULO 6: La trampa sin salida

El día antes de la boda, un aire de pánico empezó a circular por el Pazo de San Amaro. Los capataces de Don Rodrigo, hombres rudos con caras curtidas, se movían de un lado a otro.

Los vi por la ventana de mi cocina. Subieron a una furgoneta, hablando por teléfono con exasperación.

“¡A Vigo! ¡Y si no, a Ourense!”, gritaba uno, con el móvil pegado a la oreja.

Don Rodrigo había notado la ausencia de los preparativos espirituales. La capilla, que yo había limpiado con tanto esmero, seguía sin los símbolos de protección que los curanderos solían colocar.

Esperaba mi protesta. Esperaba que lo suplicara. Pero yo no había hecho nada.

Horas después, la furgoneta regresó, las caras de los capataces más largas que antes.

Entraron al pazo con pasos pesados. Uno de ellos, un hombre corpulento llamado Benito, discutía con otro.

“No hay nadie disponible, Don Rodrigo”, escuché la voz de Benito desde el jardín. “Todos están ‘ocupados’ esa noche.”

“¿Cómo que ocupados?”, bramó Rodrigo, su voz resonando por los muros del pazo.

“Con contratos firmados, señor. Dicen que por la señora Vega.”

Un silencio tenso se apoderó del jardín. Rodrigo se quedó helado. La trampa se había cerrado.

CAPÍTULO 7: El peón inocente

No lo vi venir. Nunca esperé que Don Rodrigo bajara tan bajo.

Un Mercedes negro, impoluto, se detuvo frente a mi casa. El chofer, un hombre con guantes blancos, bajó.

“¿Está el joven Mateo?”, preguntó con una sonrisa educada.

Mi sobrino Mateo, de apenas 12 años, salió corriendo de la casa, su mochila al hombro. Estaba fascinado con los coches de lujo y la “alta sociedad”.

“Mateo, ¿qué ocurre?”, le pregunté, una punzada de inquietud.

“¡Tía Carmen! ¡Don Rodrigo me ha invitado a ser monaguillo de honor en la boda!”, exclamó, con los ojos brillantes.

El chofer le entregó una pequeña caja de terciopelo.

“Un regalo del señor de Castro por su noble servicio”, dijo.

Mateo abrió la caja para revelar un pequeño reloj de plata, brillante y elegante. Su cara se iluminó con una sonrisa.

“¡Es el reloj más bonito del mundo!”, dijo. “Voy a ir al pazo a ayudar.”

Intenté hablar, intenté razonar, pero Mateo ya estaba subiendo al coche.

“¡Volveré por la mañana, tía!”, gritó mientras la puerta se cerraba.

El coche se alejó, llevando consigo la inocencia de mi sobrino y mi tranquilidad. Rodrigo había usado a Mateo como su peón más cruel.

CAPÍTULO 8: Cenizas en el Parador

El sol se ponía sobre el Atlántico, tiñendo el cielo de naranja y violeta. En el Parador de Baiona, a 40 kilómetros de Valdomiño, me senté en una mesa con vistas al mar.

Llevaba un elegante traje de terciopelo azul que había guardado para ocasiones especiales. Esta era una.

Un camarero amable me entregó la carta.

“Una botella de Albariño de Rías Baixas, por favor”, pedí. “Y la mariscada completa. La más grande que tengan.”

El marisco, fresco y abundante, llegó poco después. Centollas, nécoras, langostinos… una festín digno de un rey.

Mientras comía, mi teléfono empezó a vibrar. El nombre de Don Rodrigo de Castro parpadeaba en la pantalla. Una y otra vez.

Lo silencié. Apoyé el teléfono boca abajo en la mesa. Las llamadas no se detuvieron.

No miré los mensajes. No pensaba en el pazo, ni en la boda, ni en los espectros.

Solo sentía el sabor salado del marisco y el ligero amargor del vino blanco. Era una cena de 210 euros, la más cara de mi vida.

Y la más tranquila.

CAPÍTULO 9: La medianoche del pazo

A las 23:45, mientras el vals nupcial llenaba el salón de cristal del Pazo de San Amaro, las luces parpadearon y se apagaron de golpe. Un murmullo de sorpresa recorrió a los invitados.

Un estruendo, como el de maderas viejas rompiéndose, vino del ala oeste. Las puertas, que llevaban siglos cerradas, se hicieron añicos.

Un escalofrío de un frío sobrenatural barrió el salón. Sin un guardián, sin los símbolos de contención que debían haber estado en el altar espiritual, la barrera se rompió.

Siluetas tenues, como niños de sombra, flotaron desde la oscuridad. Once de ellos.

Un candelabro de araña, pesado y de cristal, se desprendió del techo con un crujido. Cayó al suelo, rompiéndose en mil pedazos.

Los gritos comenzaron.

Una cortina se encendió espontáneamente, un fuego azul que no producía humo. Los invitados, ataviados con sus mejores galas, corrieron en todas direcciones.

El pánico se apoderó de la fiesta. La celebración se había convertido en una pesadilla.

CAPÍTULO 10: La llegada del hampa

El caos era absoluto. Los invitados huían del pazo en sus coches de lujo, derrapando en el camino de grava. El fuego se extendía, alimentado por una fuerza invisible.

Pero no fue la policía quien llegó.

Tres todoterrenos negros, con los cristales tintados, subieron por la carretera de acceso. No había sirenas, solo el rugido de los motores.

De los vehículos bajaron hombres con chaquetas oscuras, con el porte frío de quien no conoce la piedad. Tomás “El Mudo” estaba entre ellos, su mirada inmutable.

Tomás había financiado las deudas ancestrales del pazo. El pacto con los espectros era una garantía para su negocio de contrabando de reliquias oscuras.

Don Rodrigo, con el traje arrugado y la cara descompuesta, intentó esconderse tras un seto.

“¡Mi propiedad! ¡Mi familia!”, gritaba, con la voz rota.

Los hombres de Tomás no buscaban salvar la boda. No les importaban los invitados. Solo veían una garantía rota, un pacto incumplido.

Lo rodearon. El más grande de ellos lo agarró del brazo, con una fuerza implacable.

“La fianza, Don Rodrigo”, dijo uno de los hombres, su voz grave. “Se ha ejecutado.”

CAPÍTULO 11: La confesión sobre la mesa

El estruendo del pazo en llamas no llegaba hasta Baiona. El sonido de las olas era mi única compañía.

Mientras tomaba un café y terminaba mi mariscada, un mensajero en motocicleta se detuvo en la entrada del Parador.

El recepcionista me trajo un sobre grueso. Era para mí.

El remitente era Don Esteban Salgado.

Abrí la carta con manos firmes. Era manuscrita, la caligrafía nerviosa.

“Carmen”, empezaba. “Le escribo desde la frontera con Portugal. No pude soportarlo más.”

Describía con detalle el fraude bancario, las firmas falsificadas, los pactos ocultos de Rodrigo. Mencionaba nombres, fechas, cifras exactas.

Incluso detallaba la conexión de Rodrigo con el sindicato de contrabando de Tomás “El Mudo”, revelando cómo el aristócrata había usado el pazo como almacén de reliquias oscuras a cambio de financiación.

Al final, había un pequeño USB adjunto. “Las pruebas. Lo siento, Carmen.”

El notario había huido, pero no sin antes soltar la bomba. La confesión estaba sobre la mesa, clara y rotunda.

CAPÍTULO 12: El regreso bajo la lluvia

Mi teléfono, que había permanecido silenciado toda la noche, vibró con urgencia. Deslicé el dedo por la pantalla.

Era un mensaje de mi hermana. “Carmen, ¿está Mateo contigo? No ha vuelto a casa.”

Un frío helado me recorrió la espalda. El marisco, el vino, la calma… todo se desvaneció.

Mateo. El monaguillo. El peón inocente.

Un vuelco sangriento en el corazón.

Tiré las llaves del coche sobre la mesa del restaurante, olvidándome de la cuenta, de todo. Corrí hacia el aparcamiento.

La lluvia caía a mares. Una tormenta torrencial se había desatado, el viento aullaba.

Conduje a toda velocidad, las luces del Parador desapareciendo en el espejo retrovisor. Las ruedas patinaban en el asfalto mojado.

El cielo se iluminaba con relámpagos que revelaban la ladera del monte. Y, en la distancia, una columna de humo negro se alzaba contra la oscuridad.

El Pazo de San Amaro ardía. Y mi sobrino estaba allí.

CAPÍTULO 13: El altar de los escombros

El Pazo de San Amaro era un esqueleto humeante bajo la tormenta. Las llamas lamían las últimas vigas de madera.

Salté de la furgoneta, ignorando la lluvia y el barro. Corrí hacia la entrada principal, esquivando trozos de tejas rotas.

Vi a los hombres de Tomás. Rodeaban a Don Rodrigo, que gritaba, su voz ahogada por el viento y el fuego.

“¡Por favor! ¡Piedad! ¡Lo he perdido todo!”, suplicaba.

Pero no había piedad en los ojos de Tomás. Rodrigo fue arrastrado sin contemplaciones hacia uno de los todoterrenos negros, su figura desapareciendo en la oscuridad. Nunca más se le volvería a ver.

Me abrí paso entre los restos, mis ojos buscando.

“¡Mateo!”, grité, mi voz desgarrada por la desesperación. “¡Mateo!”

La capilla era un montón de escombros calcinados. El altar, donde Mateo debía haber servido, estaba destrozado.

Rebusqué entre las cenizas, mis manos doloridas. Encontré algo.

Un pequeño reloj de plata, deformado por el calor, el cristal derretido. El regalo de Rodrigo. La medalla de Mateo.

Alrededor de los restos de la capilla, vi las sombras. Once siluetas etéreas, los niños espectrales, que se desvanecían en el monte, liberados para siempre del linaje De Castro.

Pero se habían llevado algo más que su venganza. Mateo había desaparecido, arrastrado por las sombras del ala oeste antes de que nadie pudiera rescatarlo.

CAPÍTULO 14: La ley del silencio

La Guardia Civil y los bomberos llegaron con las primeras luces del alba. El pazo era un amasijo de ruinas humeantes.

Había equipos por todas partes, pero solo se escuchaban preguntas sin respuesta.

“No hay rastro de Don Rodrigo”, dijo un sargento, hablando con su radio. “Ni de los vehículos.”

Buscaron a los invitados, a los sirvientes, a cualquier superviviente. Pero la red de Tomás había sido meticulosa.

No había pruebas de la ejecución de la deuda. No había testigos de la desaparición de Rodrigo. Las huellas del hampa habían sido borradas bajo la lluvia.

La búsqueda de Mateo fue infructuosa. Los bomberos removieron los escombros, los perros rastreadores olfatearon el aire. Nada.

Los periódicos locales informaron al día siguiente de un “trágico incendio fortuito en una propiedad aristocrática”. Se habló de un fallo eléctrico, de una desgracia.

La verdad se mantuvo en silencio, enterrada bajo las cenizas del pazo y la ley implacable del hampa.

CAPÍTULO 15: La mañana gris

El día siguiente por la mañana, con el cielo tiñéndose de un gris ceniza que no era ni luz ni oscuridad, Carmen caminó lentamente entre los escombros embarrados de la entrada del Pazo de San Amaro. Sus pasos eran lentos, pesados.

Las ruinas seguían humeantes, el olor a madera quemada impregnaba el aire.

Se detuvo junto al umbral quemado, el lugar donde Mateo solía jugar, donde corría con su risa inocente.

Sus ojos, vacíos, recorrieron la desolación. La victoria sobre Rodrigo no traía consuelo. La venganza no llenaba el vacío.

Sus dedos, temblorosos, se agacharon y recogieron de la tierra un pequeño zapato chamuscado. El zapato de Mateo.

Lo apretó contra su pecho, el material áspero y quemado. No había alegría, solo la helada certeza de su soledad.

Apagué el fuego de sus mentiras con mi silencio, pero en las cenizas de su mansión dejé guardado el único pedazo de mi alma que me quedaba.


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