CHAPTER 1: La Ofensa Real y el Desafío
Part 1
👑 La Infanta me humilló por mis ‘remedios de anciana’ y me desterró — pero el destino del Príncipe Heredero ahora depende de ellos.
En la corte del Palacio Real, ofrecí una humilde sugerencia para el Príncipe Heredero enfermo, basándome en años de experiencia.
La Infanta Leonor de Castilla, a quien crié desde niña, me humilló públicamente, tirando al suelo mis hierbas y ungüentos ante la mirada de todos.
Con la dignidad intacta, me agaché y recogí cada frasco roto.
Ella, aún más enfurecida por mi calma, me desafió a curar una tos persistente en un guardia, ofreciéndome un doblón de oro.
Mi mirada, entonces, reveló una convicción que nadie en esa corte esperaba ver.
“¿Estás segura, Doña Elena?”
La voz de la Infanta Leonor era un escalofrío de desprecio.
“¿Un doblón de oro para tus ‘curas de viejas’? ¿Por una simple tos?”
El Marqués Fernando de Herrera, su primo y adulador, soltó una risita burlona a su lado.
“Parece que nuestra antigua nodriza ha olvidado su lugar, Leonor.”
Un murmullo recorrió a los cortesanos, que observaban la escena con una mezcla de curiosidad y desaprobación.
No respondí a Fernando.
Mis ojos permanecieron fijos en Leonor, su rostro juvenil torcido por el orgullo y la ira.
“Acepto vuestro desafío, Infanta.”
Mi voz era tranquila, pero resonó en el silencio.
“Solo necesito que me concedáis permiso para ver al guardia. Y tiempo.”
Leonor se cruzó de brazos, sus joyas destellando.
“Que así sea, entonces. ¡Pero no esperes milagros!”
Se giró hacia un guardia cercano.
“Lleva a esta mujer al sargento de armas, Capitán Diego. Es el que padece la tos que no cesa.”
Un día después, me llevaron de nuevo ante la corte.
No era la gran sala del trono, sino un salón menor, abarrotado de los mismos rostros curiosos.
Don Mateo Vargas, el Médico de la Corte, observaba con los brazos cruzados, su expresión rígida e impenetrable.
Leonor estaba sentada, impaciente.
“¿Y bien, Doña Elena?”
Su tono goteaba impaciencia.
“¿Ha obrado vuestra magia? ¿O debemos esperar a que este pobre hombre tosa su último aliento?”
En ese momento, la puerta se abrió y el Capitán Diego entró en la sala.
Su entrada fue lo único notable.
No hubo tos.
No hubo carraspeo.
Su rostro, antes pálido y sudoroso, tenía un color saludable.
“Mi tos… ha desaparecido, Infanta.”
Su voz era clara, sin el menor rastro de ronquera.
“Por completo. Ha sido un milagro.”
Un murmullo de asombro se extendió por la sala.
Los ojos de Don Mateo Vargas se abrieron ligeramente.
Leonor se puso de pie, su rostro pálido de rabia.
Su mirada se fijó en mí.
Era una mezcla de incredulidad, vergüenza y una ira apenas contenida.
“¡Imposible!”
Exclamó, su voz apenas un susurro.
“Esto… esto es alguna treta. ¡Una farsa!”
Fernando de Herrera intentó intervenir, pero su voz vaciló.
“Mi prima, quizás la tos del Capitán… era solo un resfriado menor.”
“¡Ha estado tosiendo durante semanas, Fernando!”
Leonor le interrumpió, su furia desviándose hacia él por un momento.
Luego volvió a mí, sus ojos como dagas.
“No permitiré tales supersticiones en la corte del Rey. ¡Y mucho menos cerca de mi hermano!”
Se acercó a mí, su voz baja y cargada de veneno.
“Habéis logrado vuestro doblón, ‘curandera’. Pero este es vuestro último acto.”
Con un gesto gélido, la Infanta Leonor declaró públicamente que Doña Elena tenía prohibido acercarse al Príncipe Carlos, exiliándola de sus aposentos principales, justo cuando la tos de Carlos se tornaba en una fiebre inquietante.
Part 2
La fiebre del Príncipe Carlos no cesó.
Al día siguiente, su cuerpo comenzó a arder.
Don Mateo Vargas y los demás médicos de la corte corrían por los pasillos, sus rostros tensos.
No había explicación para el empeoramiento tan rápido del joven Príncipe.
Sus paños fríos eran inútiles.
La Reina Isabel estaba al borde de la desesperación, sus ojos enrojecidos de tanto llorar.
“¿Qué le pasa a mi hijo, Don Mateo?”
Su voz era un lamento ahogado.
Don Mateo, con la cabeza baja, la llevó a un lado.
“Su Majestad…”
Su voz era apenas un susurro.
“Debo confesaros algo, con gran vergüenza.”
La Reina lo miró con el corazón en un puño.
“Hace meses, cuando el Príncipe sufría los primeros accesos de tos… Doña Elena le dio unas infusiones.”
Los ojos de la Reina se abrieron de golpe.
“Él… él mejoró por un tiempo, Su Majestad.”
Don Mateo tragó saliva con dificultad.
“Pero mi orgullo… no me permitió admitir que sus métodos, que yo consideraba supersticiones, tuvieron algún efecto. Lo oculté.”
La Reina Isabel se tambaleó, apoyándose en la pared.
“¡Traedla! ¡Traed a Doña Elena de inmediato!”
Su grito resonó por la habitación.
Ordenó a los guardias que la encontraran sin demora.
Poco después, un capitán regresó, con el rostro sombrío.
“Su Majestad,” dijo el capitán, “Doña Elena ha desaparecido de los terrenos del palacio.”
“No hay rastro de ella.”
El Príncipe Carlos yacía en la cama.
Su respiración era apenas un suspiro.
La fiebre lo consumía, y los médicos se habían quedado sin ideas.
Ahora, sin Doña Elena, ¿quién podría salvarlo?
Capítulo 2: La Desaparición de la Curandera
Los susurros se propagaban como la pólvora por los pasillos del Palacio Real. No eran los rumores habituales de amoríos o intrigas, sino murmullos desesperados sobre el Príncipe Carlos y una curandera desterrada.
Fray Julián, un erudito dominico de paso por la corte, escuchaba con atención estos fragmentos de conversación. Había oído hablar de la “milagrosa” curación de un guardia y del subsiguiente destierro de la mujer que la había llevado a cabo.
Los detalles de la fiebre y las extrañas erupciones del Príncipe, descritos por las doncellas asustadas, encendieron una chispa de reconocimiento en la mente del fraile. Le recordaron algo que había leído en antiguos códices, textos raros que hablaban de una “enfermedad astral” con síntomas muy específicos.
La corte había desestimado a Elena como una simple sirvienta, pero Fray Julián intuía que ella poseía un conocimiento olvidado. Su curiosidad académica se despertó.
Pasó las siguientes horas preguntando discretamente, siguiendo las migas de pan que dejaban los sirvientes, hasta que un mozo de cuadra le indicó la dirección de un pequeño convento en las afueras de la ciudad. Fray Julián creyó encontrar allí el refugio de Doña Elena, a quien la corte, en su arrogancia, había expulsado.
El fraile se puso en camino, convencido de que la respuesta al misterio del Príncipe no se hallaría en los dogmas de la medicina palaciega, sino en la sabiduría silenciosa de una mujer despreciada.
Capítulo 3: El Erudito y la Antigua Profecía
El aire en el pequeño convento era tranquilo, lleno del aroma a cera y hierbas secas. Fray Julián encontró a Elena en el jardín, con las manos en la tierra, cuidando algunas plantas medicinales.
Se presentó con una inclinación respetuosa, compartiendo sus inquietudes sobre la enfermedad del Príncipe. Elena escuchaba con una calma sorprendente, pero sus ojos se abrieron con asombro cuando el fraile citó pasajes de un tomo esotérico, describiendo con exactitud la “enfermedad astral”.
“Este saber… no es solo un mito, Fray Julián”, dijo ella, su voz apenas un susurro.
Elena desabrochó un pequeño relicario de plata que siempre llevaba colgado al cuello. Dentro, protegida por una capa de seda, guardaba una carta amarillenta, sellada con el emblema de su abuela, una curandera de renombre que había servido en una corte anterior.
La sujetó con cuidado, su superficie rugosa por el tiempo, como si tuviera miedo de romperla. Había guardado este secreto durante años, consciente de que en la corte de Castilla sería tachado de brujería.
“El destino del Príncipe Carlos”, continuó Elena, sus ojos fijos en el pergamino, “bien podría estar escrito en estas viejas palabras”.
Capítulo 4: La Carta de la Abuela
Elena desdobló con cuidado la carta ante Fray Julián, revelando una caligrafía intrincada pero legible. Su abuela, Doña Isabel de Soto, había poseído un conocimiento ancestral, considerado “folklore” por la corte.
“Mi abuela documentó esta enfermedad astral con una precisión asombrosa”, explicó Elena, señalando ciertas frases. “Describió cada síntoma y el tratamiento exacto, una combinación específica de hierbas, en un tiempo donde la medicina académica la habría rechazado”.
La carta hablaba de una conexión ineludible con un raro presagio celestial, un evento que solo ocurría una vez cada varios siglos. Era una condición tan infrecuente que parecía casi mítica.
“Mi abuela creía que esta enfermedad no era solo del cuerpo, sino del espíritu, conectada a los cielos”, añadió Elena.
La escritura continuaba, revelando cómo esta afección solo aparecía en ciertos linajes y en momentos específicos, uniendo el destino de su propia estirpe con la curación de los herederos reales de Castilla. Aquel conocimiento, vital para la corona, había sido guardado en secreto por generaciones, relegado al olvido por el desprecio de la corte hacia las viejas costumbres.
Capítulo 5: La Duda de Don Mateo
La Reina Isabel había actuado con rapidez. Al día siguiente, Don Mateo, el médico de la corte, llegó al convento, con el rostro tenso y un aire de superioridad que no había perdido.
Su mirada era fría y despectiva al ver a Fray Julián y, especialmente, a Elena. Don Mateo creía firmemente en la ciencia de los libros y desconfiaba de cualquier “remedio de ancianas”.
“Infusiones y fábulas sobre estrellas”, masculló, su voz cargada de condescendencia. “Mientras el Príncipe se consume, ¿esperan que aceptemos supercherías?”
Intenté hablar, pero su mirada me silenciaba, llena del mismo desdén que había visto tantas veces en la Infanta Leonor. Él se negaba a creer en la “enfermedad astral” o en la autenticidad de la carta ancestral.
Fray Julián intentó razonar con él, citando otros textos antiguos que respaldaban la existencia de tales afecciones. Pero el orgullo profesional de Don Mateo era una pared infranqueable, un baluarte de convicción inquebrantable.
“Mi deber es con la medicina de la academia, fraile”, declaró Don Mateo, su mandíbula apretada. “No puedo permitir que el destino del Príncipe caiga en manos de misticismos”.
Capítulo 6: La Última Oportunidad de la Reina
De vuelta en el palacio, la visión del Príncipe Carlos destrozó el último vestigio de esperanza de la Reina Isabel. Su rostro era un sudario, su respiración, apenas un hilo frágil.
Su piel, que antes tenía un brillo cerúleo, ahora estaba cubierta de extrañas erupciones violáceas, exactamente como Elena había predicho días atrás. La Reina se llevó una mano temblorosa a la boca, sus ojos llenos de un dolor insoportable.
Con una voz quebrada por la desesperación, la Reina confrontó a Don Mateo en la antesala de la habitación. “¡Médico, os ordeno que dejéis a un lado vuestro orgullo!”, gritó, con una intensidad inusual. “¡Escuchad a Elena, pues no nos queda ninguna otra opción!”
Don Mateo apenas pudo asentir, su rostro ceniciento por el fracaso. Justo en ese instante, el Príncipe Carlos se agitó en su lecho, sus ojos se abrieron por un momento.
Una mirada suplicante se encontró con la de su madre, un último destello de conciencia. Luego, su cuerpo se arqueó en una convulsión violenta, dejando a la Reina sin aliento, al borde del colapso.
Capítulo 7: El Diagnóstico Final
El clamor en la habitación del Príncipe resonaba como el tañido de una campana fúnebre cuando Don Mateo, Fray Julián y yo regresamos. Carlos estaba en medio de violentas convulsiones, su cuerpo se retorcía de una manera antinatural.
Sus movimientos, los espasmos de sus extremidades y el color de su piel, todo coincidía con la descripción exacta en la carta ancestral de mi abuela. Cada palabra que Fray Julián había leído se materializaba ante nuestros ojos.
Don Mateo miró con horror la escena, sus ojos fijos en el Príncipe, luego en mí, luego en la carta. Su rostro se descompuso.
Todo lo que había descartado como “superstición” ahora se manifestaba con una realidad innegable. La evidencia era brutal, aplastante.
El médico de la corte se derrumbó de rodillas junto al lecho, su voz ronca por la derrota. “Lo siento, Su Majestad”, sollozó, incapaz de mirarla. “No puedo curarlo. Mi ciencia no tiene respuesta. ¡Elena, por favor, haced lo que sea necesario!”
Capítulo 8: El Remordimiento de Leonor
El eco de la desesperación en la habitación del Príncipe llegó hasta los aposentos de la Infanta Leonor. Atraída por el clamor, se asomó a la puerta, su rostro una máscara de curiosidad y desdén, hasta que sus ojos se posaron en mí.
Me vio allí, junto a la cama de Carlos, preparando mis hierbas con manos temblorosas. Un escalofrío helado recorrió su espalda.
El rostro de Leonor se volvió lívido al comprender la gravedad de la situación, al darse cuenta de su error. Su decisión de desterrarme había puesto la vida de su hermano en el más grave de los peligros.
Un miedo primario, uno que nunca antes había sentido por su hermano, la paralizó. Su orgullo, sin embargo, era una cadena demasiado fuerte.
No pudo forzarse a pronunciar una disculpa, ni a intervenir a mi favor. Se retiró en silencio, con el rostro desencajado, cerrando la puerta con un suave clic que selló su propio terror.
Capítulo 9: El Remedio Preparado
En la penumbra de la habitación del Príncipe, cada movimiento mío se sentía cargado de un peso inmenso. Bajo la atenta mirada de Don Mateo, que ahora observaba con una mezcla de pavor y asombro, y la guía de Fray Julián, preparé el complejo remedio herbal de mi abuela.
Era un proceso meticuloso, que requería una precisión extrema. Molí hojas secas de hierbas raras, mezclé resinas aromáticas y disolví polvos finos en una base de agua de rocío, cada ingrediente crucial.
La tensión en el ambiente era palpable; cada leve tintineo de los morteros se escuchaba con esperanza y temor. La carta de mi abuela indicaba un “punto crítico” para la administración del bálsamo, una ventana de tiempo que se cerraba rápidamente.
Finalmente, el líquido dorado brilló en la cucharilla, listo, bajo la luz parpadeante de las velas. Justo en ese momento, Fray Julián se inclinó hacia la ventana, susurrando con una voz cargada de asombro.
“Está amaneciendo… el Cometa de Sangre…”
Capítulo 10: Bloqueo de Fernando
Con la poción lista, me dispuse a acercarme al Príncipe Carlos, mis manos temblaban, pero mi propósito era firme. De repente, el Marqués Fernando de Herrera, con el rostro pálido y los ojos inyectados en sangre, se interpuso en mi camino, sus brazos extendidos.
“¡Alto!”, exclamó, su voz sonando hueca en el silencio. “¡Esa mujer no puede envenenar al Príncipe con sus pócimas!”
Su intento era un último esfuerzo desesperado, instigado por el terror de Leonor de ser expuesta, aferrándose al viejo decreto de destierro. La Reina Isabel, al borde del colapso, lo miró con una furia silenciosa, un brillo peligroso en sus ojos.
Antes de que la Reina pudiera articular una palabra, Fray Julián intervino. Levantó la carta ancestral, su pergamino amarillento contrastando con el pálido rostro de Fernando.
“Su Majestad”, anunció Fray Julián con una voz clara y resonante. “Esta carta contiene la verdad, y es de vital importancia que sea leída ahora mismo, ante todos”.
Capítulo 11: La Revelación Inminente
La Reina Isabel, con los ojos llenos de súplica y un leve temblor en los labios, asintió con la cabeza. Fray Julián se posicionó junto al lecho del Príncipe, el foco de todas las miradas.
Desenvolvió con una solemnidad casi ritual la carta amarillenta. Un silencio sepulcral, espeso y denso, cayó sobre la habitación, solo roto por la respiración entrecortada de Carlos y el crepitar de las velas.
Las sombras danzaban largas y fantasmales en las paredes mientras todos se preparaban para escuchar lo que revelaría el antiguo pergamino. Leonor y Fernando se miraron el uno al otro, un escalofrío de aprensión visible en sus rostros.
Comprendieron que algo irrevocable estaba a punto de ocurrir, que sus acciones serían juzgadas. Fray Julián carraspeó, y su voz profunda rompió el silencio como un trueno distante.
“Esta es la misiva de Doña Isabel de Soto, curandera mayor de vuestra abuela…”, comenzó, y cada palabra se sentía como el peso de un juicio.
Capítulo 12: El Cometa de Sangre
Fray Julián comenzó a leer, y la voz de mi abuela resonó a través de sus palabras. La carta describía la “enfermedad astral” con una precisión escalofriante, nombrando cada síntoma presente en el Príncipe Carlos, desde las erupciones hasta las convulsiones, y el remedio herbal exacto que yo acababa de preparar.
Mientras él leía, administré discretamente la poción dorada a Carlos. La carta continuó, detallando una profecía: solo una curandera de corazón puro y conocimiento ancestral, desestimada por los de alto estatus, sería la única en reconocer y curar esta rara aflicción cuando apareciera el “Cometa de Sangre”.
Justo cuando Fray Julián terminó de leer la última palabra de la profecía, la puerta de la habitación se abrió de golpe. Una doncella irrumpió, con el pecho jadeante, los ojos desorbitados por el asombro y el terror.
“¡Su Majestad! ¡Ha aparecido en el cielo!”, gritó, con la voz ahogada. “¡El cometa! ¡El Cometa de Sangre!”
En ese mismo instante, Carlos emitió un débil gemido. Para asombro de todos, su cuerpo tenso se relajó, su respiración se volvió más profunda y uniforme, mostrando los primeros signos de una mejoría inexplicable. La dramática coincidencia era innegable, forzando incluso a los más escépticos a reconocer un elemento sobrenatural o impulsado por el destino en la curación.
Capítulo 13: La Caída y el Silencio
La Reina Isabel, con lágrimas de alivio, se inclinó y me abrazó, un gesto silencioso que lo decía todo sobre su gratitud y mi vindicación. Era un reconocimiento que valía más que cualquier título.
La Infanta Leonor, con el rostro pálido y la humillación grabada en cada rasgo, se precipitó fuera de la habitación. Su imagen de control y superioridad se hizo añicos ante la mirada de la corte.
Fernando intentó balbucear una defensa, sus palabras huecas, pero fue silenciado por la mirada de fuego de la Reina. Su fracaso y su complicidad estaban expuestos.
Don Mateo, con el rostro cubierto de vergüenza y asombro, empezó a tomar notas febrilmente. Documentaba cada detalle del remedio de mi abuela, completamente humillado pero también con una nueva luz en sus ojos, la luz del descubrimiento.
Mientras tanto, Carlos respiraba con más regularidad. El color regresaba lentamente a sus labios, y la amenaza inminente de la muerte se retiraba de sus jóvenes facciones.
Capítulo 14: La Mañana Siguiente
En el vasto jardín del palacio, bajo la luz suave del amanecer, Elena tendía su pequeño lecho de tomillo y romero. La paz de la mañana contrastaba con la intensidad de la noche anterior.
Una doncella se acercó, su expresión de respeto era palpable. “Doña Elena”, dijo con una reverencia, “el Príncipe Carlos ha preguntado por vos”.
Elena asintió, una sonrisa apenas perceptible en sus labios. El Príncipe, aunque aún débil, estaba fuera de peligro.
“Y Su Majestad desea que sepáis que el despacho cerca de la enfermería está listo para vos”, añadió la doncella.
La Infanta Leonor permanecía encerrada en sus aposentos, negándose a ver a nadie, su futuro incierto en la corte. Elena tenía un lugar para continuar su trabajo, discreto, sin un puesto formal en la jerarquía, pero reconocido por la Reina.
Cada hoja, cada tallo que cuidaba, era un recordatorio silencioso de su propósito. El destino, a veces, susurra la verdad más fuerte que cualquier decreto real.
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