CHAPTER 1: El Amuleto de Obsidiana
Part 1
💸 Pagué una fortuna para celebrar a mis suegros en un pazo ancestral — pero me abandonaron para una ‘broma’ que era mucho más oscura.
Pagué €32,000 para llevar a la familia de mi esposo a un centenario pazo gallego para celebrar el trigésimo aniversario de mis suegros.
Apenas llegamos, mi esposo y su familia nos dejaron a mi hijo y a mí abandonados durante horas en el sombrío vestíbulo.
Luego, publicaron alegremente fotos cenando y riendo, afirmando que todo había sido “una broma”.
No fue una broma; fue la confesión de su desprecio.
Mateo se encogió a mi lado.
Sus pequeños hombros temblaban.
“Mamá, tengo hambre”, susurró con la voz apenas audible.
El eco de su voz se perdió en el vestíbulo vacío y helado.
Mi teléfono vibró en mis manos.
Era una notificación de Ricardo.
Una foto grupal.
Mis suegros, sus hermanos, Ricardo… todos sonriendo, levantando copas de Albariño.
La mesa estaba repleta de mariscos frescos.
La leyenda decía: “¡Qué sorpresa, Elena! Creíamos que ya estabas cenando. Es una broma, ¿sabes? Un poco de humor para romper el hielo”.
La indignación me quemó por dentro.
¿Humor?
Mi hijo y yo llevábamos tres horas sentados en este lugar gélido, sin una palabra, mientras ellos celebraban.
El vestíbulo del pazo, aunque majestuoso, se sentía como una celda.
“Voy a llamar a tu padre”, le dije a Mateo, forzando una sonrisa.
La llamada sonó y sonó.
Finalmente, Ricardo respondió.
Su voz sonaba demasiado, artificiosamente, alegre.
“¡Ah, ahí estás!”, dijo.
Pude oír risas de fondo, la música suave de un violín.
“Creíamos que ya estabas cenando. ¿No te has unido a nosotros? Es una broma familiar. Un chiste”.
El tono de su voz era condescendiente.
La sangre me hirvió.
“¿Una broma, Ricardo? ¿Dejar a tu hijo y a tu esposa abandonados durante horas en un vestíbulo helado es tu idea de humor?”
Hubo un silencio breve.
Luego, un suspiro impaciente.
“No seas dramática, Elena. Sabes cómo es mi madre. Un poco de teatro. Te veremos más tarde, no te preocupes”.
Y colgó.
Un empleado del pazo se acercó, con la mirada evasiva.
“Señora Pérez”, dijo en voz baja. “Disculpe el retraso. Su habitación está lista. Por aquí, por favor”.
No era la gran Suite del Comendador que había reservado y pagado yo misma.
Era una habitación más pequeña, en el ala menos noble del pazo.
“¿Y la Suite del Comendador?”, pregunté, mi voz apenas un susurro.
El hombre titubeó.
“Ha habido un pequeño cambio, señora. Doña Isabella pensó que esta sería más adecuada por ahora”.
Me llevó a la habitación.
Era cómoda, pero austera.
Demasiado lejos del lujo que esperaban mis suegros y mi propio esposo, a mi costa.
Mateo se durmió casi de inmediato, agotado.
La humillación me carcomía.
La rabia me mantenía despierta.
Horas después, la luna se asomaba por la ventana.
No podía descansar.
La imagen de Ricardo riendo en esa foto me perseguía.
Decidí que no podía seguir así.
Tenía que ver la Suite del Comendador.
La había pagado yo, después de todo.
Salí de nuestra habitación en el ala trasera.
Caminé por los pasillos silenciosos y grandiosos.
Mis pies me llevaron al ala principal.
Hasta la puerta de la Suite del Comendador.
Estaba apenas entreabierta, un resquicio oscuro.
La curiosidad y una extraña determinación me vencieron.
Empujé la puerta y entré.
La suite estaba impecable, como recién preparada.
Imaginé a Doña Isabella supervisando cada detalle, cada adorno.
Me acerqué a la cama, sintiendo una punzada de amargura.
Y debajo de la almohada, noté un pequeño bulto.
Tiré de ella.
Allí, sobre la mesita de noche, reposaba un amuleto.
Una pieza de obsidiana negra pulida, lisa y fría al tacto.
Tenía grabados arcaicos que no reconocía, símbolos extraños.
Pero este amuleto no era un adorno olvidado.
Era demasiado deliberado.
Demasiado específico.
¿Qué tipo de “broma” implicaba un objeto tan antiguo y oscuro, dejado allí solo para mí?
Part 2
La obsidiana estaba helada en mi palma.
Esto no era una broma.
Esto era un mensaje.
Bajé de nuevo al ala trasera con una nueva resolución.
No iba a ceder a su desprecio.
Encontré a Mateo aún dormido en la cama de la modesta suite.
A la mañana siguiente, no pedí el desayuno en la habitación.
En su lugar, saqué mi teléfono y llamé a la administración del pazo.
“Cancele todas las reservas para la familia Valeriano, incluyendo comidas y tratamientos de spa, a partir de hoy”, dije.
Mi voz sonó firme.
“Incluidas sus habitaciones en el ala principal. El pago de mi tarjeta no debe procesarse para ellos”.
Una hora más tarde, mi teléfono sonó sin parar.
Era Ricardo.
Su voz estaba llena de una furia que nunca antes me había dirigido.
“¿Qué has hecho, Elena? ¡Mi madre está furiosa! ¡Nos han cancelado todo!”
“Tu madre y tú me abandonasteis a mí y a vuestro hijo”, respondí, mi voz monótona.
“Eso no fue una broma, Ricardo. Fue la confesión de vuestro desprecio”.
Hubo un silencio tenso.
“Y con ese desprecio, anulasteis cualquier oferta de aceptación que yo pudiera haberos hecho”.
Colgué antes de que pudiera responder.
Me senté en la cama, el corazón latiéndome con fuerza.
Miré alrededor de la suite, tan distinta del lujo del ala principal.
Mis ojos se posaron en una librería de madera oscura, llena de volúmenes antiguos.
Era más un adorno que una funcionalidad real.
Me levanté y pasé los dedos por los lomos polvorientos.
Uno de los libros estaba suelto.
Se movió.
Lo empujé más fuerte.
La librería entera giró hacia dentro, revelando una abertura estrecha y oscura.
Detrás, un pasadizo diminuto me llevó a un pequeño altar rudimentario.
Sobre él, junto a una foto de mi difunta madre, yace un diario antiguo y ajado.
Capítulo 2: La Ofrenda de la Sombra
Sostuve el diario antiguo, mi corazón latiendo con fuerza en mi pecho. Las páginas amarillentas hablaban de una “Ofrenda de la Sombra”, un ritual que se celebraba cada 30 años en los aniversarios especiales.
El propósito era claro: “fortalecer el linaje” Valeriano con la “energía de la tristeza” de un invitado ajeno, preferiblemente alguien en duelo. El abandono no había sido una broma; había sido el inicio de un ritual.
Mi propia pena por la muerte de mi madre, mi vulnerabilidad, todo estaba siendo explotado. Me sentí enferma del estómago al comprender la magnitud del engaño.
Más tarde, en un pequeño café del pueblo, buscaba un momento de calma. Allí, encontré al Dr. Sergio Morales, un historiador local, revisando unos papeles.
Le pregunté discretamente sobre la historia del pazo. Él se lamentó de lo difícil que era acceder a los archivos privados de los Valeriano, una queja puramente académica.
“Ciertas familias antiguas aquí en Galicia,” dijo el Dr. Morales, con un tono casi distraído, “dicen tener ‘pactos de prosperidad’ con ‘espíritus del umbral’.”
Él tomó un sorbo de su café, ajeno a mi creciente horror. “Estos pactos se refuerzan con ‘ofrendas de tristeza’ de forasteros.”
La frase resonó en mi mente como un eco frío del diario. La mención de forasteros y “ofrendas de tristeza” cerró el círculo.
No era una leyenda; era su manual de operaciones.
Capítulo 3: El Eco del Pazo
La cabeza me daba vueltas con las revelaciones del Dr. Morales y el diario. Necesitaba hablar con alguien, así que llamé a Ana, mi amiga.
Le conté todo sobre el historiador y las extrañas coincidencias con lo que había leído. Ana escuchó pacientemente, pero su voz sonaba distante, buscando la lógica.
“Elena, cariño,” dijo, su tono cargado de escepticismo, “estoy segura de que es el duelo por tu madre. Estás viendo cosas donde no las hay, tu mente está frágil.”
Sus palabras, aunque bien intencionadas, se clavaron en mí como una pequeña crueldad. Sentí que me invalidaba, que mi dolor era una enfermedad que me hacía imaginar horrores.
Esa noche, el frío del pazo pareció colarse bajo las mantas. Mateo se despertó de repente, llorando con un gemido agudo que me sobresaltó.
Me acerqué a su cama, sintiendo su pequeño cuerpo temblar. “Mamá, la sombra… había una sombra fea en mi habitación.”
Mateo se acurrucó contra mí, su descripción infantil de una “sombra fea” erizando mi piel. Su miedo era real, demasiado real para ser solo la imaginación de un niño.
Abrazándolo con fuerza, sentí cómo mi propia convicción vacilaba. Si antes había dudado de mi cordura, ahora la existencia de esa “sombra” me hacía dudar de la mismísima realidad.
Capítulo 4: El Archivo de las Desapariciones
Sabía que Ana no me creería, pero otra persona sí podría. Necesitaba la ayuda de alguien que entendiera el folklore y los misterios.
Así que contacté a la Dra. Elena Vargas, la periodista especializada en leyendas gallegas que el Dr. Morales había mencionado. Le propuse una “historia familiar peculiar” que podría interesarle.
Vargas, una mujer resuelta y curiosa, aceptó visitarme en el pazo. Escuchó con atención mi relato sobre el abandono, el amuleto y el diario ancestral, sus ojos brillando con interés profesional.
Mientras yo hablaba, ella tomó notas, haciendo preguntas perspicaces sobre las fechas y los nombres. Su escepticismo inicial se transformó en una concentración palpable.
Al día siguiente, regresó al pazo con una pila de documentos. “Elena, tus ‘coincidencias’ son demasiado precisas,” dijo, con una expresión sombría.
Ella desdobló una copia de un antiguo periódico. “He estado investigando misteriosas ‘desapariciones’ en la zona, casos nunca resueltos de gente que se esfumó.”
Vargas señaló unas fechas en un listado manuscrito. “Las ‘bajas’ históricas en la línea de los Valeriano, reportadas como ‘desapariciones’, coinciden con las fechas de tus ‘Ofrendas de la Sombra’.”
Los nombres de las víctimas, según sus archivos, eran siempre de “invitados” que habían sido atraídos al pazo bajo el pretexto de celebraciones. No eran forasteros cualquiera, eran ofrendas.
Mi familia política no solo me había abandonado; habían seguido una tradición de usar y desechar a los demás. La crueldad no era casual, era ancestral.
Capítulo 5: La Ira de Isabella
La presencia de la Dra. Vargas y la cancelación de los servicios de lujo no pasaron desapercibidas. Doña Isabella Valeriano, con su rostro afilado como una cuchilla, me encontró en el salón principal.
Su mirada era un hielo penetrante que prometía tormenta. Se acercó a mí con una furia fría que la hacía parecer una estatua animada.
“¿Así es como agradeces nuestra hospitalidad, Elena?” espetó, su voz baja pero venenosa. “Cancelando los arreglos, invitando a la prensa a husmear.”
Me acusó de ser una “ingrata” y una “usurpadora”, de no ser digna del nombre Valeriano. Al mismo tiempo, susurraba al personal que yo era “frágil” por el duelo.
Uno de los camareros, un hombre joven que antes me había sonreído, me lanzó una mirada de lástima y preocupación. Sentí el golpe de la difamación, cómo mi reputación era destrozada en silencio.
Intenté defenderme, explicarle la verdad, pero sus palabras eran como dagas que cortaban mi cordura. “Estás desequilibrada, Elena, el dolor te consume.”
Ella me hizo sentir pequeña, loca. No solo me manipulaban; estaban borrando mi realidad.
Sus ojos brillaban con una malicia que me heló la sangre. “Quizás este pazo sea demasiado para tu mente tan delicada,” siseó, con una sonrisa cruel.
Capítulo 6: La Sombra en el Vestíbulo
Los rumores de mi “inestabilidad” crecieron con cada hora que pasaba. Me sentí acorralada, la presión de Doña Isabella y su manipulación se hacía insoportable.
Me dolía la cabeza, sentía náuseas. El dolor de mi duelo se mezclaba con la sensación de estar atrapada en una pesadilla.
Un día, mientras cruzaba el vestíbulo principal, la tensión acumulada me venció. Me derrumbé en un banco, las lágrimas brotando sin control.
Mateo, que estaba a mi lado, se asustó. “¡Mamá!” gritó, señalando un punto oscuro en la distancia.
“¡La sombra! ¡Mira la sombra fea otra vez, mamá!” Su voz era un hilo de terror.
Mis ojos, llenos de lágrimas, no vieron nada concreto. Solo una mancha difusa en la penumbra.
En ese instante, con un crujido estruendoso, un antiguo cuadro que representaba a los ancestros Valeriano se desprendió de la pared. Cayó al suelo con un impacto brutal.
El marco se hizo añicos, revelando no solo el yeso, sino una veta de obsidiana negra incrustada en la piedra del muro. La piedra parecía pulsar, emitiendo una extraña y sutil energía.
El ruido fue ensordecedor, y el pazo pareció contener la respiración. Miré la obsidiana, mi respiración entrecortada.
Capítulo 7: La Piedra de Alma
La Dra. Vargas y yo examinamos la veta de obsidiana negra, apenas visible en la pared. Su superficie rugosa parecía absorber la poca luz que había.
Vargas tomó fotos, su interés profesional era evidente. El Dr. Morales, con quien habíamos contactado de nuevo, llegó al pazo, su semblante más serio de lo habitual.
Él raspó un pequeño fragmento de la piedra. Su lupa revelaba cristales irregulares, su composición extrañamente densa.
“Esto no es obsidiana volcánica común,” murmuró el Dr. Morales, con el ceño fruncido. Su escepticismo habitual se desvanecía.
Pasó horas investigando, consultando viejos tomos en la biblioteca del pazo con un permiso de Vargas. Finalmente, regresó, su rostro pálido.
“Según el folklore gallego… hay un mineral legendario.” Su voz era apenas un susurro.
“Se le conoce como ‘piedra de alma’,” explicó. “Amplifica las energías emocionales y sirve de ancla para entidades de otro plano.”
La veta incrustada en la pared del pazo no era una coincidencia geológica. “Ha sido trabajada,” continuó, “diseñada para canalizar la energía emocional hacia un punto central dentro de la estructura.”
La idea de que el pazo mismo era un conducto, una trampa, me heló la sangre. El dolor que había sentido no era solo emocional; estaba siendo literalmente drenado.
Capítulo 8: La Confesión de Ricardo
La noticia de la “piedra de alma” y la investigación de Vargas se filtró. La tensión en el pazo era insoportable.
Ricardo, mi esposo, me buscó a la mañana siguiente. Entró en mi suite, con los ojos hinchados y el rostro marcado por el pánico.
“Elena, por favor, detente,” suplicó, las palabras le salían entre lágrimas. Parecía un niño asustado.
Se sentó en el borde de la cama, temblaba incontrolablemente. “Mamá… ella me obligó.”
Confesó que Doña Isabella le había forzado a participar en el ritual del abandono. “Me amenazó con desheredarme,” dijo, su voz quebrada.
“Pero no solo eso,” continuó, susurrando, “iba a revelar un secreto oscuro sobre mi propia debilidad de sangre.”
Según la matriarca, esta “debilidad” me impediría tomar las riendas del pazo, rompiendo así la cadena de mando Valeriano. Él vivía bajo el terror de su madre, de su juicio.
“Ella cree firmemente en la entidad,” añadió, con los ojos vidriosos. “Cree que es la fuerza que mantiene a nuestra familia.”
Su confesión fue un golpe, pero también una confirmación. Mi esposo no era solo débil; había sido cómplice de algo mucho más oscuro de lo que jamás imaginé.
Capítulo 9: El Corazón de la Oscuridad
La confesión de Ricardo, aunque tardía, confirmó nuestras peores sospechas. La Dra. Vargas y yo sabíamos que teníamos que encontrar ese “punto central” al que se canalizaba la energía.
Con la información del Dr. Morales y un mapa rudimentario del pazo que encontramos, rastreamos la veta de obsidiana. Nos llevó a una sección olvidada del sótano.
Tras mover unas viejas estanterías mohosas, descubrimos un pasadizo estrecho y oscuro. El aire se volvió frío y pesado, con un olor a humedad y a algo antiguo.
Nos adentramos con linternas, el silencio del pazo pesando sobre nosotros. El pasadizo se abrió a una cámara subterránea, una cripta oculta.
Las paredes de la cripta estaban toscamente labradas. Las vetas de obsidiana negra eran más pronunciadas aquí, casi palpables.
Era una cámara ritual, sin duda. Un lugar olvidado, empapado de una energía latente.
Nos detuvimos en el umbral, el frío calándonos hasta los huesos. Sabíamos que habíamos encontrado el corazón de la manipulación, el lugar donde la oscuridad de los Valeriano cobraba forma.
Capítulo 10: La Efigie del Engaño
Nos adentramos más en la cripta, con las linternas temblando en nuestras manos. La Dra. Vargas exploraba los rincones, documentando cada detalle.
En el centro de la cámara, descubrimos una efigie de piedra, tosca y grotesca. Estaba cubierta de amuletos antiguos y de objetos personales.
Alumbré con la linterna y reconocí algunas de las descripciones del diario. Era el “corazón” de la entidad Valeriano, el lugar donde se absorbía la tristeza.
“No era simbólico,” susurré, la voz apenas un hilo. La “ofrenda de tristeza” no era una metáfora.
Era una alimentación directa, una extracción de energía vital. Mis emociones, mi dolor, habían sido literalmente la comida de esa cosa.
La Dra. Vargas se quedó en silencio, procesando la macabra verdad. Su rostro mostraba una mezcla de asombro y horror.
De repente, una ráfaga de aire helado barrió la cripta con una fuerza antinatural. Las llamas de nuestras linternas parpadearon violentamente antes de apagarse por completo.
Nos quedamos en la oscuridad más absoluta, la presencia de algo antiguo y hambriento haciéndose sentir en cada fibra de nuestro ser. El pazo nos tenía en sus garras.
Capítulo 11: Los Registros Oscuros
El susto en la cripta nos dejó heladas, pero también más decididas. Salimos de allí con la promesa de exponer la verdad.
La Dra. Vargas se enfocó en la parte más tangible de la investigación. “Necesitamos pruebas irrefutables, algo que los Valeriano no puedan negar,” me dijo.
Gracias a sus contactos en el mundo de la investigación periodística, y con no poca dificultad, consiguió acceder a registros financieros históricos de la familia Valeriano. Días después, volvió con más documentos.
Extendió los papeles sobre una mesa, señalando columnas y fechas. “Mira esto, Elena.”
Había un patrón claro: inversiones milagrosas, ganancias inexplicables, transacciones que desafiaban la lógica económica. Siempre coincidían con las fechas de las “Ofrendas de la Sombra” documentadas en el diario.
“Su prosperidad no es accidental,” concluyó Vargas, su voz llena de indignación. “Está directamente vinculada a sus rituales, a las ‘ofrendas’.”
Este era el talón de Aquiles de los Valeriano. La prueba de que su riqueza no venía de los negocios, sino de un pacto oscuro.
Lo que más temían perder era el dinero, la influencia, el estatus que la entidad les había otorgado. Su depravación era más profunda de lo que imaginaba.
Capítulo 12: La Presión
Con todas las pruebas en la mano, la Dra. Vargas y yo nos enfrentamos a Ricardo. Lo citamos en un lugar neutral, lejos del pazo, para una última confrontación.
Le mostramos los diarios, los registros financieros, las pruebas de la piedra de alma y la efigie. Ricardo se desplomó en la silla, con el rostro lívido.
“No puedo… no puedo traicionar a mi madre,” murmuró, con la mirada perdida. Estaba atrapado entre dos mundos.
“Ella está preparando una última ceremonia,” nos reveló, su voz apenas audible. “Para ‘reafirmar’ la conexión con la entidad y ‘limpiar’ tu presencia del pazo.”
Intentó justificar a Doña Isabella, insistiendo en que solo buscaba el bien de la familia. “Ella cree que es lo único que nos protege,” dijo.
Su ignorancia, su negación de la verdadera naturaleza del horror que su madre perpetuaba, era casi tan cruel como las acciones de Isabella. Él no entendía, o no quería entender, la verdad.
Pero la urgencia en su voz era real. La última ceremonia de Isabella era inminente, y su advertencia me puso la piel de gallina.
Capítulo 13: La Última Ofrenda
La mención de una “última ceremonia” me heló la sangre. La Dra. Vargas y yo nos miramos con una terrible comprensión.
“No está reafirmando nada,” dijo Vargas, su voz tensa. “Está intentando una ofrenda final.”
Nos dimos cuenta de que la desesperación de Doña Isabella podría llevarla a usar a Mateo o a mí como una ofrenda final para la entidad, ahora que su pacto estaba en peligro. Era un movimiento desesperado.
Vargas tomó una decisión. “Tenemos que exponerlos ahora mismo,” afirmó con determinación.
Comenzó a convocar a los medios, planeando una conferencia de prensa improvisada frente al pazo. Era la única forma de detenerla.
Mientras tanto, en lo más profundo del pazo, sentía una agitación. La entidad, debilitada y expuesta, se estaba moviendo.
Imaginé a Isabella en la cripta, susurrando palabras ininteligibles a la efigie de piedra. Una sombra oscura, casi palpable, parecía agitarse a su alrededor, hambrienta.
El tiempo se agotaba. El pazo entero parecía vibrar con una energía tensa, esperando el desenlace final.
Capítulo 14: La Conferencia de Prensa
La mañana siguiente amaneció gris y fría. La Dra. Vargas había conseguido reunir a varios periodistas locales en la entrada del pazo.
Los pocos huéspedes restantes y el personal observaban con curiosidad y recelo. Me preparé para unirme a ella, con Mateo aferrado a mi mano.
Sentí su mano pequeña y temblorosa en la mía. La tensión era palpable, el aire mismo parecía denso.
El pazo, con sus muros de piedra antiguos, parecía observarnos, una presencia silenciosa y ominosa. Vargas sostenía los diarios ancestrales y los documentos financieros, lista para revelar la verdad al mundo.
De repente, un movimiento en el balcón principal captó nuestra atención. Doña Isabella y Don Alonso Valeriano aparecieron.
Sus rostros eran máscaras de furia fría, sus ojos clavados en nosotros. El enfrentamiento era inminente, el pazo entero se había convertido en un escenario.
Capítulo 15: El Amanecer de la Verdad (CLÍMAX)
La Dra. Vargas se situó en el centro de la atención mediática. Su voz resonó con claridad, a pesar del viento frío.
Comenzó a leer en voz alta, desgranando fragmentos del diario ancestral. Narró la historia de la “Ofrenda de la Sombra” y la cruel manipulación de los Valeriano.
Doña Isabella y Don Alonso, desde el balcón, observaban con furia contenida. Su rostro de mármol se agrietaba bajo la exposición.
Luego, Vargas levantó una mano, indicando una entrada específica del diario. “Este pasaje describe cómo la entidad puede ‘elegir’ un nuevo anfitrión si la conexión de la familia original se debilita.”
Mi corazón dio un vuelco. “El amuleto de obsidiana que Elena encontró no era para su ‘protección’,” continuó Vargas, su voz subiendo de volumen, “sino una marca, para vincularla a la entidad si el plan del ritual fallaba.”
En ese instante, una ráfaga de viento helado y antinatural azotó el pazo. Las luces exteriores parpadearon y se apagaron.
Los vidrios de las ventanas vibraron estrepitosamente. Mateo gritó, su pequeño dedo señalando el balcón.
Una sombra difusa, como una nube de humo oscuro y serpentino, parecía intentar materializarse cerca de Doña Isabella. La matriarca se tambaleó, aferrándose al balcón con desesperación.
Capítulo 16: La Caída de los Valeriano
El caos estalló en la conferencia de prensa. La sombra pareció envolver brevemente a Doña Isabella antes de disiparse tan rápido como había aparecido.
La matriarca se quedó pálida, con una expresión de terror absoluto grabada en su rostro. Los periodistas, aunque confusos por el fenómeno sobrenatural, grabaron la acusación de Vargas y la visible alteración de Isabella.
La noticia se propagó como la pólvora por toda Galicia. La reputación de los Valeriano quedó devastada, reducida a cenizas.
Los pocos huéspedes restantes abandonaron el pazo de inmediato, huyendo del escándalo y del miedo palpable. Las autoridades comenzaron una investigación sobre las irregularidades financieras y las desapariciones históricas.
Aunque la naturaleza sobrenatural de los eventos les presentaba un desafío, no podían ignorar las pruebas. Ricardo, desheredado por una furiosa Isabella, intentó huir del pazo.
Lo vi salir, liberado de su madre, pero también aterrorizado por la inminente ira de la entidad que ahora no tenía quien la alimentara. Su libertad se sentía agridulce.
Capítulo 17: El Silencio del Pazo
Con la familia Valeriano despojada de su poder y al borde de la bancarrota, el pazo quedó sumido en un silencio sepulcral. Su energía oscura parecía más potente que nunca, una presencia constante.
Doña Isabella y Don Alonso se refugiaron dentro, prisioneros de su propia creación, sin atreverse a salir. Los rumores sobre la “maldición” del pazo se extendieron por toda Galicia.
Bajo la protección de la Dra. Vargas y Ana, Mateo y yo abandonamos el pazo. Habíamos logrado una victoria, pero una inquietante sensación de que la entidad aún residía allí, su influencia no completamente erradicada, permanecía.
Unos días después, recibí un mensaje de Ricardo. Estaba arrepentido, pidiendo perdón.
“La entidad ha comenzado a susurrarme a mí también,” confesó, su terror palpable incluso a través del texto. Su propio pacto roto lo dejaba expuesto.
Dos años después, Elena vive en una tranquila casa en Santiago de Compostela con Mateo, que ha florecido lejos de la sombra de los Valeriano. La Dra. Vargas ha publicado varios artículos y un libro sobre la historia del Pazo de la Sombra Antigua, ganando reconocimiento, aunque la naturaleza ambigua del desenlace aún genera debate.
En una breve llamada telefónica, Ana le comenta a Elena que el pazo ha sido puesto en venta, pero nadie se atreve a comprarlo, y que Doña Isabella y Don Alonso han desaparecido de la vida pública, viviendo recluidos, con rumores de que la matriarca padece una enfermedad misteriosa y está consumida por el miedo. Elena, tras colgar, se sienta en su porche, observando a Mateo jugar en el jardín.
Se permite un momento de tranquila satisfacción, sabiendo que, aunque la oscuridad aún puede acechar, ha encontrado su propia luz. Al anochecer, Elena enciende unas velas en el pequeño altar que ha creado en su casa para su madre, un gesto simple de recuerdo y conexión.
La verdadera fuerza no reside en controlar las sombras, sino en negarse a ser consumido por ellas.
Leave a Reply